lunes, 23 de abril de 2018

Herbert Lottman: La Rive Gauche

Idioma original: inglés
Título original: The Left Bank
Traducción: José Martínez Guerricabeitia
Año de publicación: 1982
Valoración: Entre Recomendable y Está bien


Oh là là! La Rive Gauche, esa zona algo difusa en la orilla sur del Sena que tiene su corazón tal vez en Saint-Germain-des-Prés, y que identificamos como el distrito VI y parte del V, aunque con frecuencia se confunde con el Barrio Latino. Desde allí se siente la proximidad de los Jardines de Luxemburgo, la Sorbona y la Escuela Normal Superior, por donde pasaron unos cuantos de los protagonistas de este libro. Todo alrededor sugiere vida cultural, creatividad y un cierto modo de vida ‘parisino’, algo bohemio, entre cafés y editoriales. Seguramente todo eso se ha ido diluyendo en las últimas décadas, y hoy queda más bien el paisaje burgués para el turista, la terraza con consumición a precio de oro, y el metro cuadrado de cuchitril, reservado a pijos o hipsters con posibles.

Pero allá por los años 30 del siglo pasado la cosa era diferente, y es eso lo que en principio retrata el norteamericano Herbert Lottman, especialista en la época y en el mundo cultural de nuestros vecinos del norte (lo que aquí llamamos ‘hispanista’, que no sé cómo se diría en este caso). En ese tiempo la Rive Gauche era el epicentro intelectual de Paris y por tanto el faro hacia el que miraba el mundo entero. Gide, Malraux, Montherlant, Tzara, Mauriac, Aragon, Sartre… toda una nómina de grandes popes de la literatura y el pensamiento frecuentan una misma zona, acuden a las mismas recepciones y, a base de discusiones, charlas y mítines, acaban por definir, dentro de su dispersión ideológica, eso que se conoce como el ‘intelectual comprometido’ (más bien ‘escritor comprometido’, ya que Lottman, no sé por qué, ignora casi por completo el mundo artístico no literario).

El fascismo (así, en sentido amplio) emergía en Europa, y frente a este nuevo fenómeno los intelectuales adoptan una posición mayoritariamente beligerante, aunque hay también cierto número de partidarios, en mayor o menor medida. Lottman describe con minuciosidad la actividad palpitante del momento, sin dejar de incidir en la presencia –ideológica, pero también sobre el terreno- del comunismo soviético y sus efectos sobre ese heterogéneo grupo de escritores. Ahí empezarán a surgir las primeras fricciones internas entre los antifascistas, empezando por la desafección mostrada por André Gide tras un viaje a la URSS.

Es llamativa la exhaustividad del texto: tenemos descripciones de las andanzas de todos estos personajes –que son muchos-, sus reuniones, manifiestos, revistas en que colaboran, desencuentros, todo escrutado hasta el mínimo detalle y, de momento, sin valoraciones ni una visión global que oriente al lector. Este enfoque tiene la virtud de mostrar la pluralidad del colectivo y los matices de la personalidad de los intelectuales. Así, tenemos por ejemplo al citado Gide, cabeza visible del grupo en su primera fase, pero contradictorio y que siempre parece coquetear con la deserción. Malraux es el héroe de la Resistencia, pero sólo tras haber pasado una buena temporada viviendo tranquilamente en territorio Vichy. Paulhan parece tener un don para subsistir durante la ocupación mientras maniobra clandestinamente contra los nazis. Drieu es el más significado proalemán, pero no dejará de defender a sus viejos colegas. De forma que el trabajo de Lottman es un poco notarial y da como resultado una perspectiva absolutamente humana: aquí no hay (casi) héroes ni villanos, sino individuos, equivocados o no, dubitativos, contradictorios, a veces débiles, mezquinos o injustos, otras veces valientes y decididos. Es sin duda un tanto a favor del autor.

Pero el esquema tiene también efectos adversos. La avalancha de información abruma un tanto al lector, al menos hasta que se va haciendo con esa estructura peculiar, al texto le falta fluidez y cierta coherencia cronológica, existe algún desorden expositivo y se advierten contradicciones. Da la sensación de ser un trabajo acumulativo y se echa de menos algo de elaboración, de ‘cocina’ propia del historiador –aunque Lottman no lo es. Espontaneidad a cambio de rigor, vaya lo uno por lo otro.

Una buena parte se dedica a la etapa de la ocupación alemana y el gobierno de Vichy, y resulta interesante seguir observando la trayectoria –a veces errática- de los intelectuales y escritores que nos han sido presentados al principio. Algunos se manifiestan como abiertamente colaboracionistas –Céline es un buen ejemplo- y el resto adoptan posiciones variadas de oposición más o menos severa. El autor también parece mantener algunas reservas sobre el grado de compromiso real de buena parte de los intelectuales, y aquí nos aproximamos a cierto sesgo ideológico que impregna el libro.

Porque, aunque centrado en este elenco de personajes de las letras, el texto pone el foco en la vertiente política del ‘compromiso’, y muy especialmente en la influencia del comunismo sobre esta élite intelectual. En este aspecto, Lottman comparte con buen número de autores estadounidenses una especie de obsesión por la mano negra de Moscú, y este prejuicio, ya latente pero visible durante todo el texto, brota con especial potencia en la última parte, correspondiente a la postguerra. Esta actitud, entendible por la brutal polarización de la época que se describe, incluso en las décadas posteriores, resulta llamativa en un texto escrito en 1982, y desde luego supone una pérdida de objetividad, al menos parcial, del enorme trabajo que se expone. Hasta nos hace dudar de si el mismo título no contiene cierto matiz irónico.

De forma que, observándolo en conjunto, el libro deja la extraña sensación de una tarea ingente de documentación, que con interés y algo de paciencia puede aportar una visión global de la época y el mundo que retrata, pero que queda algo devaluada por una perspectiva ideológica más bien poco equilibrada.

domingo, 22 de abril de 2018

Manuel Vilas: Ordesa


Idioma original: español
Año de publicación: 2018
Valoración: a quién le importa lo que yo haga (a quién le importa lo que yo diga)

Un momentito. Acabo una carta y empiezo:
Queridos responsables de promoción de las editoriales. Primero de todo agradeceros las copias que de vez en cuando me enviáis, aunque a veces los libros no acaben de gustarme. Ya sabéis lo de la coherencia y la independencia a ultranza de este blog. Solo un detalle a comentaros: cuidado con exagerar con determinadas obras. Ya sabemos que habéis de vender libros y que los super-ventas (se dice) pueden permitir acometer proyectos más artísticamente arriesgados. Pero cuidado con las expectativas. Y con lo que ponéis en las fajas, ya de paso.
Pues eso. Que las grandes expectativas son un arma de doble filo. Cuidado si estas son exageradas (una de mis valoraciones alternativas para el libro era : Dembélé).
El resultado es, entonces, la desazón. Bueno, si uno ha leído todas esas críticas inflamadas y ha leído esos tweets con menciones a pasajes del libro (uno en concreto fue el que hizo que me decidiera a leerlo)  como si Ordesa fuera EL PUTO FUTURO DE LA NARRATIVA, lo de desazón puede que se quede corto. Hablemos de decepción, hablemos de engañifa, hablemos de cabreo, de un cabreo de dimensiones considerables.
Lo he de confesar: desde la página 24 o así tenía claro lo que pensaba de este libro. Las 363 adicionales (interminables) solo lo han corroborado y, eso sí, me han permitido hacer acopio de montones de ejemplos por lo general bastante sonrojantes, que voy a usar más que nada para a) demostrar que he leído todo el libro y b) hacer un poquito llevadera esta reseña que, a la fuerza, va a resultar un poco reiterativa.
Pág. 84.
Eran guapos. Los dos eran guapos. Por eso estoy escribiendo este libro, porque los estoy viendo.
Los vi entonces, cuando eran guapos, y los veo ahora que están muertos.
Que mis padres fueran tan guapos es lo mejor que me ha pasado en la vida.
Vilas se muestra incapaz de parar en la descripción de obviedades. Su prosa es formulaica. Frases sueltas, ideas poco floridas, de esas que algún reseñista sobreexcitado llamaría dardos o flechas o vete a saber qué. Otros podemos decir que algunas son frases para jarras de Mr. Wonderful. Unas cuantas de ésas y entonces, patapum, frase larga que apuntala y desarrolla y aglutina los conceptos y mirad cómo me extiendo. Y conclusión final, a modo de remate. Una y otra vez. Esa combinación busca abarcarlo todo. No hay duda de ello. Pero hay capítulos que parecen redacciones de alumno de ESO. Manolito: escríbeme un folio sobre alguien de tu familia.
Pág, 219
 Los muertos anónimos están libres del ridículo del paso del tiempo. No fueron motivo de fotografías recordadas. Son nadie, son viento, y el viento no hace el ridículo.
Y vuelta a empezar. 387 páginas de insistencia narcisista (o de otro tipo, otra de mis valoraciones posibles era: onanista),  de un narcisismo masoquista, como si fuera el único que ha perdido a los padres y se ha separado y vive la crisis de la media edad. Como si ello fuera suficiente para mostrarlo al mundo, para convencer a alguien más que a familia y amiguetes para que te lean. Coño, escribe un blog, confórmate con eso, como hacen muchos. Porque forzar cada acto de la existencia humana como una analogía de la trascendencia es risible. El pasaje que mencionaba el tweet hablaba de atar una bolsa de basura como una especie de catarsis de la existencia. Qué pretensiones, madre. No es una opinión mía. Es un hecho. O es que el extremo de banalizarlo todo es teñirlo todo de sentido del destino. Al final, uno acaba pensando que se trata de una simple falta de madurez.
Este libro es, por todo ello, un absoluto desastre. Este libro, semblanza autobiográfica que no moviliza al lector salvo, especulo, por curiosidad morbosa, rollo reality-show, me ha traído a la cabeza a Loriga, a Pérez Andújar, a Trueba. Mediocres por distintos caminos, pero escritores de los que nadie se acordará en el futuro.
Pág. 197
No puedes renunciar a la catástrofe, es el gran orden de la literatura, el viento de la maldad y el viento de todas las cosas que han sido.
Qué pesao con el viento. Obviamente, Vilas también tiene como ejemplo a Knausgard. Me lo va a negar. Solo espero que algunas de las elipsis de este libro (adolescencia, matrimonio, relación con el alcohol) no sirvan para eventuales nuevas entregas. Pero Knausgard, al menos, escribe con fuerza y convicción, puede que hasta con chulería. Vilas combina momentos de complejo de inferioridad con arreos de intelectual sensible y esa combinación no funciona. NO FUNCIONA.
Pág. 17
 Antes la vida valía menos. Ahora vale más.
Sí: página 17. Ver lo que quedaba por delante me ha causado cierto desasosiego. Porque una de las características (la cuarta de mis valoraciones posibles era estéril) de la literatura ha de ser interesar, interesar lo suficiente como para seguir, ya puestos, seguir hasta la 361 en que el autor nos regala 26 páginas de epílogo poético como para recordar que es un gran narrador pero también un gran poeta. Poesía, interpreto para este caso, es coger un párrafo en prosa y recortarlo de forma caótica para que uno piense que, en vez de leerlo ha de recitarlo.
Pág. 371
El poder en todo tiempo siempre igual a sí mismo.
La historia humana en todo tiempo como ya fue hace tiempo.
El mismo tiempo siempre.
Repitiéndose la esencia de España, la esencia del mundo grande.  
Vilas, por eso, es el típico escritor que genera cierto efecto de llamada. Algún pesado (me viene a la cabeza Risto Mejide), lee un libro así, se entera de su inexplicable exitazo, y piensa qué guay, que sencillo, ser escritor no parece difícil, yo podría intentarlo. 
Pág. 29
Los muertos no fuman 
Pero a mí, sobre todo, me ha venido a la cabeza otro plasta: Albert Espinosa. Otro maestro de la repetición y la vuelta una y otra vez sobre el mismo registro.  
Luego pasa lo que pasa. 
Con Sant Jordi aquí al lado, alguien tenía que decirlo. 

sábado, 21 de abril de 2018

Carlos G. Gurpegui: El soñador de Providence


Idioma original: Castellano
Año de publicación: 2018
Valoración: Recomendable para interesados

Sé que soy un pesado, siempre hablando de Lovecraft, pero es que me encanta su obra. Además, de Lovecraft hay que hablar; al fin y al cabo, el autor de Providence es una figura clave en la transición del terror gótico al horror moderno. Ah, y no olvidemos su rol en la gestación de la llamada proto ciencia ficción o la literatura weird. Así que dejad que os dé un poco más la lata con este señor, ¿vale?

Y sí, también sé que los fans de este autor siempre intentamos relacionarlo con todo, buscando su influencia hasta en el tapizado, ese "horror indescriptible", del sofá de nuestra abuela. Pero no se puede negar que ha influenciado sobremanera a la cultura popular, tanto del siglo XX como del XXI. Literatura, películas, juegos de rol, videojuegos y hasta grupos de música se han visto tentados a usar, de forma más o menos directa, el imaginario o el estilo del maestro de Providence. Y ya que hablamos de la influencia de Lovecraft, dejad que os señale que para Gurpegui, autor del libro que hoy nos ocupa, hay dos clases de adaptaciones del horror lovecraftiano: las que se quedan en la mera referencialidad por limitarse a ofrecer terminología o reminicencias estéticas del autor de Providence, o las que se nutren del fondo de su obra.

Pero bueno, no nos adelantemos. El Soñador de Providence es un ensayo riguroso y actualizado. Su estructura, correcta: permite a Gurpegui ir entregando, de forma ordenada, la información que necesita revelar para articular su discurso. Debo reconocer que algunas ideas o pasajes del libro se repiten en varios apartados, pero nunca de forma molesta. Pese a que también encontré ciertos altibajos en el estilo con que está  escrito, suceden de forma puntual y no entorpecen la lectura del texto en su conjunto. De modo que este es un ensayo fluido y hasta adictivo, si tienes interés en explorar la figura del Soñador.

En él, Gurpegui hace un repaso de distintos frentes. A grosso modo podríamos enmarcar estos frentes en tres grandes cajones: la biografía de Lovecraft, su literatura y su influencia. No obstante, es justo decir que el reclamo principal de esta obra es el apartado de la influencia que ejerció Lovecraft. Y, en especial, la que ejerció en los videojuegos. Al fin y al cabo, el subtítulo ("El legado literario de H. P. Lovecraft y su presencia en los videojuegos") promete este enfoque, ¿no?

Uno acude a El Soñador de Providence esperando hallar un análisis de la influencia que las creaciones de Lovecraft han tenido en el lenguaje y las mecánicas de ciertos videojuegos; queremos encontrar reflexiones sobre algunos de los títulos del octavo arte que beben profundamente de su filosofía y visión estética. Y aunque algo de esto hay, reconozco que esta parte del libro se me antojó más limitada que las demás; es por ello que he salido de ella un poco decepcionado. Quizás urgía publicar el libro aunque aún estuviera en un estado de gestación, o puede que Gurpegui se entretuviera demasiado en apartados previos del mismo, no lo sé. El caso es que el apartado dedicado a la influencia de Lovecraft en los videojuegos no me ha aportado mucho. Y aviso que quizás mi impresión no la compartan todos; al fin y al cabo, hay una fuerte comunidad en Youtube de analistas de videojuegos, tanto anglosajones como hispanohablantes, que llevan años diseccionado la presencia de Lovecraft en los videojuegos, y probablemente, por conocerlos previamente, el ensayo no me ha iluminado tanto en ese sentido.

En cambio, hay otras secciones del texto que han conseguido cautivarme. El Soñador de Providence repasa, en una larga introducción, la vida del escritor estadounidense, además de sus influencias literarias y el fenómeno que generó a su alrededor, conocido como el Círculo de Lovecraft. Y lo hace, como ya os adelantaba antes, basándose en fuentes actualizadas que rebaten muchas de las concepciones erróneas que se tenían sobre el autor. En este sentido, el ensayo es tremendamente relevante. Así pues, aquellos que quieran comprender a Lovecraft lo agradecerán. Y es que en España, el autor ha calado en el imaginario popular como si de una leyenda se tratase, pero casi ninguno de los prejuicios que se tienen de él son ciertos. Esta inexactitud se debe, básicamente, a la falta de fuentes traducidas a nuestro idioma que exploren su obra y vida. De hecho, la única biografía de Lovecraft traducida al español está totalmente refutada a estas alturas.

En conclusión, recomiendo este ensayo por la actualización biográfica que hace de Lovecraft, así como por su labor aglutinadora de diversos estudios literarios que desmenuzan su obra. Por otro lado, aunque es innegable que en él se aborda la influencia del autor en juegos de rol o videojuegos, no sé si satisfará del todo a los que lo compren solamente por esta razón. Conmigo, al menos, no sucedió así. O no del todo.

viernes, 20 de abril de 2018

John Mortimer: Los casos de Horace Rumpole, abogado

Idioma original: inglés
Título original: Rumpole of the Bailey
Año de publicación: 1978
Traducción: Sara Lekanda Teijeiro
Valoración: está bien

Hace un tiempo leí el libro (que reseñé aquí, por supuesto) El devorador de calabazas, cuyo mayor interés en su momento de publicación residió en que suponía un roman à clef sobre la crisis matrimonial entre su autora, Penelope Mortimer y su marido John, también escritor, pareja al parecer bastante conocida en el Londres "artístico" de los años 60. La novela me dejó, y me tiene aún, bastante desconcertado, pero me hizo fijarme en la figura del marido -quien, por otra parte, no sale demasiado bien parado-, así que me propuse leer algún libro suyo, algún día... Pero todo llega, amigos y amigas de ULAD...

Personaje interesante, por lo demás, este John Mortimer: abogado (mejor dicho, barrister, esa peculiar figura del sistema judicial británico quizás más cercano a la interpretación que a las leyes) progresista, defensor en casos sobre la libertad de expresión, llegó a representar ante los tribunales a la actriz porno Linda Lovelace y a los Sex Pistols; dramaturgo y guionista de televisión (suya es, sin ir más lejos, la célebre y celebrada adaptación de Retorno a Brideshead); novelista conocido sobre todo por su serie del diputado Titmuss y por estos relatos del también abogado -o mejor barrister, cómo no- Rumpole. Casado con dos Penelopes, John Mortimer tuvo además un montón de hijos e hijastros, dentro y fuera de sus matrimonios, algunos de los cuales se han dedicado al oficio actoral... entre ellos una de mis debilidades, la cautivadora Emily Mortimer (quien viera la última gala de los premios Goya, tal vez la recuerde como la dama sentada al lado de Isabel Coixet, hablando un euskera bastante aceptable).

Los relatos que componen este libro están protagonizados por el, ya digo, abogado defensor -por lo  general de oficio- Horace Rumpole, un correoso veterano del Old Bailey al que la comparecencia ante los tribunales, la interpretación ante jueces y jurados y las triquiñuelas para derrotar sus advesarios  motiva  mucho más que lo que podría ganar dedicándose a variedades más rentables aunque aburridas del Derecho. Rumpole es dicharachero, irónico, aficionado a la poesía -cita con frecuencia a Wordswoth, Byron o Keats- y amante de los vinos baratos y los puritos malolientes. Es también, me temo, un poco machista para el estándar de comportamiento actual, aunque quizás lo sea más a modo de chanza viejuna que por convencimiento: cierto es que a su esposa la llama Ella, la que Ha de Ser Obedecida, por ejemplo y habla con cierta condescendencia de las mujeres que trabajan en su ámbito, pero también aprecia a su colega Trant, en la que ve más espíritu litigante que en cualquiera de sus socios varones. Ahora bien, este machismo un tanto jocoso (que se puede considerar como producto de su época, más que nada) ya chirría demasiado en uno de los episodios, en los que Rumpole ha de defender a un político acusado de violación. O quizá lo que incomoda, sobre todo, es lo que recuerda a casos de desgraciada actualidad, así como el trato dispensado a la víctima de la supuesta violación. E incomoda todavía más la justificación que da Rumpole a su actuación en el juicio: que todo acusado merece ser defendido por todos los medios al alcance de su defensor... Incomoda, en fin, porque hace pensar sobre si esto es cierto o no, y por qué sí o por qué no.

Lo cierto es que, pese al tono desenfadado que muestran casi todas las páginas del libro -el típicamente irónico humor inglés a raudales, anécdotas sobre la vieja y alegre delincuencia londinense o sobre los honorables y peculiares jueces del sistema judicial británcio...- subyace en todos los casos presentados una reflexión sobre la aplicación de la justicia y, lo que es aún más ionteresante, sobre los efectos de esa aplicación en los individuos afectados y en la sociedad a la que pertenecen. Porque la otra pata en la que se apoya este libro , además del humor y los vericuetos de la Justicia, es el reflejo del cambio social que sobrevino en la sociedad británica (una potencia que acababa de dejar de ser un Imperio, al menos nominalmente) durante los años 60 y 70... ¡caramba si aparece hasta una colonia de hippies, qué atrevimiento! Una sociedad que aún confiaba, pero cada vez menos, en sus instituciones, aparentemente sólidas y asentadas con el peso de los siglos, aunque ya bastante abolladas y resquebrajadas por aquel entonces...Y todavía les faltaba pasar  los años del thatcherismo (y el post-thatcherismo, que también está teniendo su punto)... Mortimer aún pudo verlo y sufrirlo, pero Rumpole, el pobre, no sé si habría sobrevivido.

(Para quien haya leído el libro con agrado o esté interesado en hacerlo, mencionar que se acaba de publicar en español, por la misma y exquisita editorial, una segunda parte titulada Los juicios de Rumpole).


jueves, 19 de abril de 2018

Leonora Carrington: Memorias de abajo

Resultado de imagen de memorias de abajo de leonora carringtonIdioma original: inglés
Título original: Down Below
Año en que se escribieron: 1943
Valoración: Está bien


Empecé a interesarme por el personaje de Leonora Carrington (1917-2011) cuando leí la biografía novelada que, ya en sus últimos meses de vida, le dedicó la escritora mejicana de origen polaco Elena Poniatowska, quien la conoció y trató durante cincuenta años y le hizo numerosas entrevistas –que nunca llegó a leer como tampoco leyó el texto que lleva su nombre– porque lo que se decía sobre ella no le interesaba en absoluto. Este simple detalle refleja una personalidad tan peculiar como apasionada e indómita, que la empujó a renunciar a sus privilegios de cuna y a vivir en su juventud experiencias tan dolorosas como la detención de su pareja (el pintor surrealista Max Ernst) y su internamiento en un campo de concentración nazi, su propia reclusión en un establecimiento psiquiátrico (de los de entonces) en tierras santanderinas y la huída desesperada de un país a otro, en plena guerra mundial, para escapar de la institución y, sobre todo, del largo brazo paterno, capaz de ejercer su influencia sin necesidad de trasladarse.
La primera parte del volumen que he manejado –y a continuación de un prólogo de Fernando Savater– son las Memorias de Abajo propiamente dichas, escritas en 1943. En ellas, y a modo de diario personal, narra sus recuerdos del horror que supuso ser retenida con poco más de veinte años, entre completos desconocidos, sin apoyos familiares ni amistosos, sometida a tratamientos que no estaba en condiciones de valorar ya que carecía de conocimientos psiquiátricos y porque, debido a la medicación suministrada, vivía privada de lucidez la mayor parte del tiempo. ¿Estuvo Carrington trastornada realmente o sus delirios de esa época fueron únicamente fruto de los medicamentos que se vio obligada a consumir, que la mantuvieron alejada del mundo real durante meses, y que, junto a su tendencia a fantasear y su querencia por el surrealismo, le inspiraron un conjunto de visiones tan disparatadas como sugestivas tal como han llegado hasta nosotros? Aunque ella reconoce en estas notas su locura, nunca lo sabremos con certeza, pues gran parte de los episodios narrados y su propia conducta en ellos no son recuerdos propios sino reconstrucciones basadas en el relato de sus terapeutas.
Las Memorias consisten, pues, en una sucesión de despropósitos –tras los que se atisba con cierta nitidez lo que de verdad estaba ocurriendo– escritos a finales de agosto de 1943, y por tanto reconstruidos cuando Carrington se encontraba ya a salvo en tierras americanas. Las cierra un epílogo –referido oralmente a una testigo cuatro décadas más tarde– en el que explica las circunstancias de su evasión. En conjunto, se trata de un conmovedor testimonio de las experiencias más dolorosas que puede sufrir un ser humano, sumido en la alienación y abandonado a su suerte en todos los sentidos, cuya sinceridad y crudeza resultan difíciles de asimilar por cualquier lector medianamente sensible.
Resultado de imagen de La giganta carrington
Autorretrato (1937)
A continuación se incorpora una colección de relatos titulados genéricamente La dama oval, y otros dos independientes: La casa del miedo, con prefacio de Max Ernst, y El pequeño Francis, el más largo y complejo de todos. Excepto este último y El enamorado, ninguno tiene un desenlace claro, más bien parecen argumentos a medio acabar. Teniendo en cuenta que su desarrollo tampoco mantiene una progresión al uso, sino que dan vueltas sobre sí mismos apoyados en las potentes imágenes que surgen de la mente de su autora y en su extraordinaria capacidad descriptiva, podría decirse que se trata más bien de cuadros surrealistas, aunque expresados con palabras, que se van sucediendo uno tras otro. Dicho de otra forma, las historias no son más que un pretexto para transmitir su potentísimo y complejo imaginario, no obediente a la lógica sino a leyes internas establecidas por ella misma y muy próximas al mundo de los sueños.
No es posible evaluar la prosa de Carrington pues las memorias fueron dictadas en su día, y los relatos –todos escritos entre 1937 y 1938– han sido corregidos y revisados por sus respectivos traductores.
Se incluyen, además, unas cuantas fotografías, así como las pinturas más significativas de Leonora Carrington, y hasta un demencial plano del sanatorio que, salvando las distancias, recuerdan a los que aparecen en algunas obras del género fantástico.

miércoles, 18 de abril de 2018

CONCURSO ENSADA DE RESEÑAS: Primer Premio: Charles Dickens: Oliver Twist por José Ángel Gordillo

Lengua original: Inglés
Título original: Oliver Twist
Traductor: Enriqueta Sevillano
Año de publicación: 1837-1838
Valoración: Imprescindible

Poco puede decirse de esta obra que no se haya dicho ya.  De las aventuras del huérfano Oliver Twist (de su paso por asilos de beneficencia, de sus pinitos en la profesión funeraria, de sus buenas y no tan buenas compañías londinenses o del afortunado y feliz desenlace de sus vivencias) están al tanto incluso los peor informados. La guarida de Fagin resulta al común de los (lectores) mortales tan cara como el camarote del Pequod, las habitaciones del 221B de Baker Street o las mesas de la posada del Almirante Benbow. 
Charles Dickens da cabida en su prosa a dos pulsiones narrativas contradictorias. Por un lado tenemos al Dickens mordaz; el Dickens que se vale de la frase aguda, de la fina ironía y de la crítica sardónica para aniquilar con sus retórica cáustica las vergüenzas y los vicios más obscenos de la sociedad que le tocó vivir. Es en estas ocasiones, cuando modela desde el desenfado su prurito criticón y olvida cualquier compromiso con la corrección formal y política, cuando su crítica se hace más efectiva; más vigorosa y sagaz. Esta fuerza se transmite a su prosa, que interpela y conmueve al lector, aunque sea haciéndole reír a base de bien. 
Este impulso viene a menudo acompañado de otro de signo contrario. Hablamos en este caso del Dickens ampuloso y afectado, el que con solemnidad excesiva y poco entrenada pretende conmovernos. Esta afectación se adereza a menudo con una prosa almibarada hasta extremos intolerables y que otorga a la narración a un patetismo poco saludable. Donde el Dickens mordaz conmovía sin pretenderlo, el Dickens hiperbólico ni remotamente se aproxima a lo que de forma tan clara ambiciona.
Del mismo modo que conviven en el autor, las descritas pulsiones cohabitan su obra. Así pues, raro es el caso en que ambas no aparecen de consuno, entremezcladas en mayor o menor medida, combinadas con tino dispar y divergente fortuna; pero juntas, al fin y al cabo. Quizá sea Oliver Twist la novela que de un modo más claro da cuenta de la bicefalia dickensiana.  En esta novela Dickens retrata dos mundos antagónicos: el mundo de los Brownlow y el mundo de los Fagin. El primero es el universo de la burguesía acomodada y biempensante; de la clase media aburrida y anodina, preludio de la encorsetada (e hipócrita) moral victoriana. El mundo de los saciados, de los que, viviendo de las rentas (pues poco es lo que sabemos de la procedencia de sus emolumentos) no paran mientes a la hora de ofrecer pingües recompensas para conseguir lo que ambicionan. Este universo lo retrata el segundo Dickens. El mundo de Fagin es el mundo subterráneo; el mundo del subsuelo y de los bajos fondos. Un mundo habitado por ladinos proxenetas, pillastres carteristas, simpáticas meretrices y coléricos criminales. Mundo de tascas, de timbas y figones; de atmósfera congestionada por el humo del tabaco y el aroma de los licores. Territorio dominado por los “chavales del arroyo” (Pasolini dixit), donde la disipación y los más bajos (y humanos) instintos no se esconden, sino que se muestran con orgullo. Aquí utiliza el autor su otro registro, sulfúreo y penetrante. 
Hasta cierto punto, la dicotomía se plantea en términos de elección, pues a menudo es tan profunda la fractura entre una y otra dimensión que ciertos fragmentos podrían formar parte de novelas completamente distintas. En consecuencia, el lector quedará prendado de uno de estos universos y acabará odiando al otro. El propio Oliver, con su inocencia lacrimógena y su benevolencia ingenua, pertenece más al primero que al segundo; de ahí que nuestra afinidad para con el protagonista dependa de hacia donde se incline la balanza de nuestras preferencias. Yo tengo clara mi elección; pero, ¿cómo no quedar prendado de Dawkins, ese caballerete con ínfulas de lord? ¿Cómo no dejarse contagiar por la exagerada hilaridad de Charley Bates? ¿Cómo permanecer impertérrito ante la profunda y plebeya muestra de coraje y honradez dada por Nancy? Hasta la retórica enfurecida de William Sikes ejerce sobre el lector una intensa atracción.
¿Por qué imprescindible? Charles Dickens constituye una de las mas aplaudidas y admiradas figuras de la narrativa decimonónica y de la literatura universal; Oliver Twist, en tanto que epítome de toda su obra, en tanto que encarnación de su naturaleza bipolar, merece ser considerada como un jalón imprescindible dentro de la obra de un autor imprescindible. Pero al lector de esta reseña poco o nada ha de interesar la opinión de quien escribe; pase, lea y juzgue por usted mismo. 

martes, 17 de abril de 2018

Alejo Carpentier: El acoso

Año de publicación: 1955
Valoración: Imprescindible (o casi)

Se me ocurren muchos adjetivos para describir esta estupenda novela del cubano Alejo Carpentier: compleja, densa, psicológica, barroca, sensorial, simbólica… Vayamos por partes.

Se trata de una novela compleja en la que, al menos en apariencia, la forma predomina sobre el fondo. El fondo es la huida desesperada de un hombre, acosado por sus antiguos correligionarios, durante los 46 minutos que dura la ejecución de la Sinfonía Heroica de Beethoven. La forma son los tres actos en los que se divide la novela, en los que Carpentier juega con el tiempo y con las tres voces que llevan el peso de la novela: la del narrador, la del hombre acosado y la del taquillero del teatro en el que se aquel se refugia durante el concierto. 

Digo que Carpentier juega con el tiempo y lo hace a través de la estructura de la novela. En el primer acto contemplamos, desde la óptica de las tres voces ya comentadas, la entrada en escena del hombre acosado. En el segundo acto, el más extenso, logramos averiguar cómo y porqué ha llegado el hombre acosado a la situación en la que se encuentra. En este acto entra absolutamente todo: infancia, adolescencia, juventud y días previos al desenlace, que constituiría el tercer y último acto. Presente, pasado más o menos lejano y presente unidos con tenues hilos que van componiendo la madeja de los hechos. 

Se trata de una novela densa porque en sus apenas 160 páginas (en edición de bolsillo) entra todo: relaciones raciales en la Cuba de los años 30, sexo, vida, muerte, religión, traición, culpa… Y es psicológica hasta tal punto que vendría a ser una especie de “Crimen y castigo” en versión caribeña y reducida, para que os hagáis una idea. 

Es también una novela barroca, sobre todo en el lenguaje. La erudición de Carpentier se hace notar. Profusas y detalladas descripciones de ambientes y lugares y un riquísimo vocabulario llenan las páginas del libro. En este sentido, recuerda a otras obras del propio Carpentier, sin ese elemento real-maravilloso que sí tiene, por ejemplo, “El reino de este mundo”, y a obras de autores como Miguel Ángel Asturias o Lezama Lima. 

Además, es una novela tremendamente sensorial. Lo fácil sería hablar de la sinfonía de Beethoven, pero es que hay música, en cualquiera de sus formas, por todas partes (la sinfonía, la música que se oye en los edificios, el ruido de la omnipresente lluvia y de los truenos), olores (a comida, a sexo, a muerte), sabores, etc. 

Y es, por último, una novela plagada de simbolismos, hasta tal punto que uno llega, por mero desconocimiento de la realidad política cubana de la época, a perderse algunos de ellos. Los más claros, en mi opinión, son los relacionados con la religión. Y es que vida, muerte y una suerte de éxtasis místico recorren el segundo acto de la novela. 

En definitiva, y como habréis podido imaginar, es un libro magnífico del que destacaría, sobre todo, el maravilloso manejo por parte de Carpentier tanto de los recursos (técnicos, lingüisticos, estilísticos) como de la información, hasta el punto de terminar construyendo un retablo casi perfecto. 

También de Alejo Carpentier en ULAD: Concierto barrocoEl reino de este mundo