sábado, 24 de junio de 2017

Jorge Carrión: Barcelona. Libro de los pasajes


Idioma original: español

Año de publicación: 2017
Valoración: bastante recomendable (mucho si vives en Barcelona)

Pues vaya: me sale por casualidad que esta reseña se publica el día de Sant Joan y se me ocurre que, después de Sant Jordi, se trata de una fecha particularmente adecuada. Sant Joan es ese día festivo en Catalunya, el solsticio de verano y la gente empezando a mitigar el calor y haciendo eso tan catártico de quemar cosas en hogueras. Cosas que quieren dejar atrás. Y me di cuenta tarde de que el libro muestra un sello del Ajuntament de Barcelona, hoy mismo presidido accidentalmente por un ciudadano de origen argentino. Cuestión, la del sello oficial, que puede confundir. Hablamos de este libro aquí como literatura porque así es. No es un catálogo promocional de la ciudad o de partes de la ciudad. Esto último, con más fotos, y con un texto más neutro, ya hubiera habido más que de sobra para lograrlo. 
Pero Carrión es un escritor bregado y aprovecha la coartada para llevar el libro a su terreno, y la crónica o el ensayo o la mezcla en distintas proporciones de ambos es el territorio donde mejor se mueve.
Así que Barcelona. Libro de los pasajes empieza con el pretexto de un proyecto parecido de Walter Benjamin (hablar de los pasajes, esas anomalías urbanas esparcidas por doquier con los motivos más estrambóticos) y pronto encontramos al autor discurriendo por distintos caminos. La historia de Barcelona es una recurrente, nos vamos siglos atrás en búsqueda tanto de la situación que configuró la creación del espacio como del entorno que acompañaba esos hechos. 
Y también saldremos de la ciudad, cómo no, el texto, aunque sigue esa estructura del recorrido por barrios (hay pasajes elegantes y pasajes inhóspitos o casi disfuncionales) y las fotos, tomadas por el mismo escritor, nos van refiriendo a alguno familiar, (pero, en mi caso, saldría disparado a ver algunos de ellos, a situarme en ellos y respirar esa sensación), el texto va expandiéndose en referencias históricas y literarias locales y universales y se da cuenta uno de que Carrión, pillo leído él, se ha apropiado en el buen sentido de la idea inicial y la ha reconducido obteniendo un texto culto, ameno, abierto y, aclaremos, para nada deudor de que el libro sea una publicación con un aire de interés público. Así que no sólo personajes barceloneses afloran en la narración. Está Miró y está Josep Pla o Sert, pero hay espacio para Joe Gould, el héroe neoyorquino, para Baudelaire y para Benjamin. No nos dejemos engañar ni tan solo por el título. Esta es una obra ambiciosa, que abarca muchos más límites que estrechas calles cortas que salpican el mapa urbano de una ciudad costera europea. Esto es casi una reflexión sobre el hombre que siente curiosidad e indaga allí donde pasos, físicos o virtuales, le transportan.

viernes, 23 de junio de 2017

Ernest William Hornung: La cámara diabólica

Idioma original: Inglés
Título original: The camera fiend
Traducición: Susana Prieto Mori
Año de publicación: 1911
Valoración: Está bien

Ernest William Hornung fue un prolífico escritor inglés conocido, fundamentalmente, por dos de sus personajes, A.J. Rafflles y Bunny Manders, ligeramente inspirados en los celebérrimos Sherlock Holmes y Watson. Da la casualidad, además, de que Hornung estaba casado con una hermana de Arthur Conan Doyle. Pero tampoco vamos a hablar más de sir Arthur, ni de Watson y Holmes. Bastante tendría el pobre Hornung con aguantarle a su cuñado en los eventos familiares, ¿no?

Mejor hablemos de "La cámara diabólica", una novela negra con ligeros toques de ciencia-ficción. En ella, un informal y optimista, aunque algo despistado, Tony "Pocket" Upton se ve obligado a pasar la noche en las peligrosas calles de Londres. Para su desgracia, se ve involucrado en un asesinato del que todo parece indicar que es culpable.

A partir de ese momento, la novela se desarrolla en dos direcciones. Por un lado, un extraño doctor, gran aficionado a la fotografía y a las ciencias ocultas, "salva" a Upton y le oculta en su casa. Por otro, la familia de Upton, con la colaboración de un detective de extrañas maneras, emprende su búsqueda.

Tenemos, por tanto, un joven un tanto alocado, extraños doctores con bizarras pretensiones, hermosas jóvenes, detectives de métodos dudosos y una familia bien que trata de encontrar a su descarriado vástago.

Todo ello conforma un puzzle que Hornung consigue formar poco a poco, encajando las piezas con precisión y ofreciendo un libro tan británico como el Big Ben o el Palacio de Buckingham. Además, la novela tiene ritmo, se nota el oficio del autor y el desarrollo de la trama es coherente con el desenlace. En cambio, y de ahí en parte la valoración, me da la impresión de que los más de 100 años transcurridos desde su publicación no juegan precisamente a su favor. Pese a todo, creo que se trata de una buena opción para estos días de calor que se avecinan (en algunos sitios ya los sufrimos desde hace días), en los que lecturas ligeras como esta pueden ser interesantes.

jueves, 22 de junio de 2017

Hisham Matar: El regreso



Idioma original: Inglés

Título original: The return

Año de publicación: 2016

Traducción: Javier Guerrero

Valoración: Recomendable

              
Nacido en Nueva York en 1970, educado entre El Cairo, Suiza y Gran Bretaña –donde acabó licenciándose como arquitecto y residiendo- Hisham Matar podría pasar como prototipo del exiliado mundano, desenvuelto. Que no del refugiado, puesto que su familia disponía de patrimonio suficiente como para pagar internados helvéticos. Escritor en inglés -reconoce que le cuesta hablar en público en su lengua materna, el árabe- en los libros de Hisham Matar está siempre la presencia de la figura del padre arrebatado, desaparecido, deseado y, posiblemente, idealizado. 

En sus dos novelas anteriores -Solo en el mundo e Historia de una desaparición- concebidas como ficción aderezada de recuerdos y vivencias personales, la narración surgía desde el punto de vista del niño que va conformando su existencia con el enorme vacío causado por la falta –ocasional o definitiva- de la figura paterna. Y, aunque la ficción no era estrictamente autobiográfica, sí que se nutría de la propia experiencia del autor. Su padre, Jaballa Matar, fue secuestrado en El Cairo en 1990 por la policía egipcia y entregado al régimen de Gadafi, que lo recluyó en la prisión de Abu Salim, de la que ya nunca salió. En El regreso el cambio de registro es total y Hisham Matar nos relata su vuelta a Libia en marzo de 2012 (“Ahí estaba la tierra. Oxidada y amarilla. Del color de la piel recién curada.”), después de 33 años de ausencia, tras la caída del dictador y antes de que el enfrentamiento sectario entre milicias desgarrase de nuevo al país abocándolo al caos, la violencia y la ley del más fuerte.

Así que en El regreso confluyen el relato de los preparativos, la llegada y el reencuentro con la familia y los lugares sentidos como propios –Ajdabiya, Bengasi, Trípoli-, a la luz mediterránea que acoge, ampara y reconforta. O, por así decirlo, la esfera de la objetividad personal, con toda la carga emocional y psicológica que conforma la propia personalidad del autor: la ansiedad por encontrar respuestas, por llenar vacíos, por saldar cuentas. Y es quizás en esta simbiosis donde el relato pierde pegada, se ahoga en una excesiva contención y se echa en falta un clímax, pues toda esta sustancia humana y vital, colectiva y política, que podría dejar noqueado al lector, pierde parte de su enorme carga potencial de impacto entre regresiones, flash backs y párrafos para contextualizar.

Aunque, por supuesto, el relato tiene el interés de descubrirnos lugares y personas cuyo tratamiento por los medios de comunicación resulta bastante superficial y, sobre todo, nos acerca a la tesitura de los exiliados, siempre divididos entre el aquí y el allí, el ahora y el antes, lo que hay y lo que se perdió, lo deseable y lo posible. Hay también algún momento tenso, escalofriante, como el que Hisham Matar dedica a su trato –conversación, llamadas, mensajes…- con Seif el Islam, al que se tenía por el hijo más moderado del sanguinario déspota. Uno de esos personajes -todopoderoso, cínico, fanfarrón- de los que uno no querría tener jamás la necesidad de esperar algo. El regerso ha obtenido el premio Pulitzer 2017 en su categoría de “Biografía o Autobiografía”.

miércoles, 21 de junio de 2017

Libros sobre la pérdida de un ser querido

No es fácil tratar un tema tan doloroso como la muerte de un ser querido: un padre, una madre, una hija o un hijo, un compañero o compañera, un amigo. Hace falta una honestidad profunda y una gran capacidad de contención para adentrarse en el dolor absoluto de la pérdida sin recurrir al cliché ni al melodrama, para no falsear o embellecer los sentimientos o los recuerdos, o hacerlo lo menos posible. En esos momentos de dolor y de soledad, la escritura puede convertirse en una forma de curación o exorcismo, de rememoración gozosa o trágica, de perdón o de venganza. En esta entrada se recogen algunas obras (solo algunas, naturalmente) que se han esforzado por alcanzar ese límite casi absoluto que es escribir desde el desgarramiento por la pérdida.

La muerte del padre provoca, en muchos escritores, una reflexión sobre la propia vida, sobre la relación con el pasado y con el futuro, con la muerte y con la inmortalidad. Efectivamente, en este tema es inevitable recordar un clásico de las letras españolas: las "Coplas a la muerte de su padre" de Jorge Manrique: un poema en el que el elogio al padre se combina con una estoica reflexión sobre la fugacidad de la vida y la vanidad de nuestras ambiciones.

Ya en épocas más cercanas, y en prosa, autores como Karl Ove Knausgard (del que ya sabéis lo que pienso), Héctor Abad Faciolince en El olvido que seremos o Paul Auster, en La invención de la soledad, han reflexionado sobre la orfandad y sus vacíos a través de una profunda y dolorosa indagación en la memoria. En El comensal de Gabriela Ybarra o También esto pasará, de Milena Busquets, por su parte, es la muerte de la madre la que espolea el proceso de rememoración y escritura, aunque en el primer caso esta muerte se combina con otra: el secuestro y asesinato del abuelo de la escritora por parte de ETA. También se trata el tema en Te me moriste de José Luis Peixoto: un breve texto en que el autor se despide de su padre con un tono poético que por momentos puede resultar demasiado recargado.

Un caso diferente es el de Nana, de Chuck Palahniuk, una novela de terror escrita como consecuencia del brutal asesinato del padre del escritor y su nueva pareja a manos del ex-marido de esta. Mientras discurría el juicio y se decidía si se aplicaba la pena de muerte al asesino, quizás a modo de exorcismo o de venganza, Palahniuk escribió esta obra, en la que quien muere no es un padre, sino niños, muchos niños, como consecuencia de una canción de cuna contenido en un libro diabólico.

Si es difícil afrontar la muerte de los padres, la de un hijo es, dicen, una de las peores experiencias que la vida puede reservar; transformar esa experiencia en belleza, aunque sea una belleza oscura, es por lo tanto una labor admirable. Esto es lo que consigue, sin duda, Francisco Umbral en Mortal y rosa, un libro complejo y que consigue transmitir el dolor contenido a través de una prosa poética y muy personal.

Con un tono menos poético, pero con igual honestidad y contención, narró Sergio del Molino la enfermedad y muerte de su hijo en La hora violeta, un libro duro pero sin patetismo en el que acompañamos paso a paso el infructuoso tratamiento del pequeño. Isabel Allende, por su parte, adoptó la forma de la novela autobiográfica para exorcizar la pérdida de su hija en Paula, en coma irreversible a causa de la porfiria; la carta confesional a la hija se mezcla en este caso con los acontecimientos políticos del momento, y con la actualidad de la vida de la escritora.

Quizás uno de los libros más cerebrales y al mismo tiempo más conmovedores sobre el duelo sea Una pena en observación, de C.S. Lewis (el autor de las Crónicas de Narnia): tras el fallecimiento de su esposa, la también escritora Joy Gresham, Lewis realiza una disección de sus recuerdos, sus sentimientos y sus creencias, con una sinceridad que por momentos raya en la crueldad consigo mismo, al mismo tiempo que busca un Dios que dé consuelo o explicación al dolor. También son imprescindibles, por su hondura y su honestidad, las obras de dos escritoras estadounidenses, autoras de sendas obras sobre la muerte del marido: en fechas bastante próximas, Joan Didion publicó El año del pensamiento mágico y Joyce Carol Oates sus Memorias de una viuda, dos libros con un tema común, el duelo por el marido, y dos estilos bastante diversos: más clínica y exhaustiva Oates, más concisa Didion.

La lista no pretende, no puede pretender ser exhaustiva; los comentarios están abiertos para que añadáis otros títulos de duelo y superación de la pérdida. Pero la entrada no podría acabar sin recordar el gran poema de luto por la muerte de un amigo: la "Elegía a Ramón Sijé" de Miguel Hernández:

Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano.
.
Alimentando lluvias, caracoles
Y órganos mi dolor sin instrumento,
a las desalentadas amapolas
.
daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado,
que por doler me duele hasta el aliento. 
 [...]
A las aladas almas de las rosas...
de almendro de nata te requiero,:
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero. 

martes, 20 de junio de 2017

Fernando Arrabal: La torre herida por el rayo

Idioma original: castellano
Año de publicación: 1.982
Valoración: Se deja leer

Pues sí, aunque parezca mentira, en ULAD todavía quedan huecos, algunos vacíos inexplicables, como no haber reseñado nada de Fernando Arrabal en más de ocho años. Puede que sea simple casualidad, o que el autor genere algún tipo de aversión que nos quite las ganas de leerle (a mí me ocurre a veces, no diré con quién o quiénes). Porque, bueno, Arrabal es un autor sumamente prolífico y relativamente aclamado –más fuera que dentro de España, es cierto-, quizá más conocido por su obra dramática, y ha tocado prácticamente todos los palos en materia literaria, incluso algunos en otras artes. Pero también es cierto que se ha creado un personaje (o caricatura) que desde luego es claramente reconocible, pero que también puede suscitar rechazo. La nómina de artistas-histriones es muy amplia y variada, pero las performances de don Fernando en los medios de comunicación, aunque poco frecuentes, son de las realmente sonoras e inolvidables.

‘La torre herida por el rayo’ es quizá una de las más conocidas obras de Arrabal en el campo de la narrativa, quizá por haber coincidido con su etapa de mayor exposición pública, o tal vez por haber ganado el premio Nadal. La verdad es que la novela tiene inicialmente muy buena pinta, pivotando en torno a una partida de ajedrez entre dos grandes maestros, en los que se centrará la totalidad del relato. Elías Tarsis es un andorrano intelectualmente superdotado con una trayectoria vital del todo errática, que discurre por los ambientes de prostíbulos en Barcelona, el noviciado en los jesuitas de Valencia, o trabajos de fresador (tornero, o algo así) en diversos lugares de España y Francia. Su única continuidad son las partidas de ajedrez por correspondencia, y una peculiar espiritualidad que a veces le conduce hacia la mística religiosa y otras hacia el desenfreno sexual, ese binomio que tanto le gusta a Arrabal. Frente al tablero, Tarsis es el talento innato y la intuición, por encima de todo.

Al otro lado está Marc Amary, un científico suizo que en poco tiempo realiza una asombrosa inmersión en el mundo de los grupúsculos marxistas más marginales. Si Tarsis parece dar continuos tumbos en todas direcciones, Amary se diría programado para orientar su inmensa inteligencia hacia el activismo izquierdista más extremo y radical. En la partida decisiva, el suizo es objetividad, análisis y precisión, un ‘robot’, como inmediatamente queda definido. De esta forma se va desarrollando el relato, desgranando cada una de las jugadas de la partida decisiva –ilustradas en plan pasatiempo de periódico-, que nos sirven de pie para ir escudriñando en la peculiar vida de los jugadores.

El planteamiento resulta sugerente, pero más pronto que tarde el interés empieza a decaer, porque las historias resultan más bien endebles. Los dos personajes se comen por completo el relato, y el puntito original empieza a diluirse en una sucesión de situaciones extravagantes, por donde emerge el particular universo del autor, con los restos del surrealismo y el Grupo Pánico al fondo. La disidencia política (también marca de la casa), la religiosidad y el sexo, todo ello llevado a extremos delirantes, forma una especie de terremoto de búsqueda/desorientación que va marcando la trayectoria de los dos personajes, una absolutamente lineal, la otra por completo azarosa.

La cuestión es que, claro está, esto es una novela, y como tal se sostiene muy difícilmente sólo con estos ingredientes. Para colmo, Arrabal parece incapaz de mantenerse dentro de un tono uniforme, y se desliza a intervalos pero con mucha frecuencia hacia una especie de lenguaje coloquial que no se justifica, algo entre una jerga gamberra y los latiguillos arcaizantes de las ‘Acacias’, pero todo seguidito y sin pausa. No me resisto a dejar el ejemplo:

‘Al cabo de dos años, con más dinero que un indiano, de sopetón, paró el carro, colocó su potosí para que le luciera el pelo… y ¡a vivir de las rentas! Aquel tesoro escupía doblones por todas partes; Amary sólo tenía que dejar correr la moneda como si fuera tesoro de duende’.

Inconsistencia de las historias y esa prosa a ratos muy cuestionable forman un conjunto que nos deja una sensación un tanto enojosa, bordeando la decepción. No obstante, sería injusto quedarnos sólo con estas carencias. Hay también algunos momentos memorables, como el rapto de locura mística que ataca a la antigua novia de Tarsis, y una parte final muy bien resuelta, en la que Arrabal consigue tejer el argumento de forma convincente, con sorpresa final incluida. Gracias a ello se salva en mi opinión el libro. El resultado final dista mucho de ser redondo, parece una buena idea poco desarrollada, que se ha quedado en sólo unos pequeños brotes de buena literatura pero que, con todo, abandonamos con un aroma no del todo desagradable.

lunes, 19 de junio de 2017

Kevin Birmingham: El libro más peligroso


Idioma original: inglés
Título original: The Most Dangerous Book
Año de publicación: 2016
Traducción: Óscar Palmer
Valoración: obscenamente muy recomendable

Este es uno de esos libros que hace que quienes comentamos sobre literatura nos vengamos algo arriba. Una conjunción de factores demasiado tentadora. Un estudio literario sobre una obra cumbre de la literatura (un clásico contemporáneo) que combina elementos diferentes, todos ellos atractivos a priori. Buena escritura, temática con aromas épicos, sentido del suspense, ritmo adecuado en lo narrativo combinado con la oportuna puesta en contexto de todo el entorno que rodeó la publicación de la obra en cuestión. Que es Ulises de James Joyce. La clase de libro cuya reseña, gracias, Juan, uno espera que un blog como el nuestro (conocido en ciertos círculos como blogcillo barato) incluya orgulloso integrando algo parecido a un fondo de armario en lo que a contenidos concierne. La clase de libro a la que tanta y tanta gente ha intentado meterle mano, saliendo escaldada en muchos casos de su difícil lectura y comprensión.
Y en función de lo leído en esta inclasificable obra, más de uno puede preguntarse si el mito que rodea a Ulises, que no es la única obra difícil y extensa de la literatura universal ni mucho menos, hubiera sido tan enorme de no mediar todo lo que El libro más peligroso describe. O, que viene a ser lo mismo, si esta obra no fue una de esas demostraciones fehacientes de que "lo importante es que hablen de uno, aunque sea mal".
Lo que se describe aquí queda en una atractiva confluencia que por momentos me ha recordado aquel magnífico ensayo/biografía sobre Salinger que reseñé aquí, guardando las debidas distancias, pues puede ser que Birmingham se centre algo más en el proceso de un libro en particular, sin ahondar tanto en detalles biográficos. Aunque todo lo que se escribe aquí sobre la vida de James Joyce viene a cuento. Su curiosa historia de amor con su esposa Nora Barnacle. Sus problemas de salud, concretamente los derivados de las enfermedades venéreas (frecuentaba prostíbulos) y los que afectaban a su visión, condicionando la escritura de la obra, un proyecto personal que todas las circunstancias convierten en obsesión.
Y, por supuesto, el centro del libro, la colosal lucha que supuso para él conseguir que Ulises fuera publicado tal como lo concibió, lucha que se hizo titánica a raíz de los sucesivos avances de sus capítulos en revistas cuyas publicaciones iban acompañadas de escándalos, de acusaciones por obscenidad de los respectivos capitostes atrincherados en las rancias y puritanas instituciones de la época, más pendientes de una descripción demasiado minuciosa del deseo sexual que de algo que hoy nos parece tan obvio como permitir que las mujeres votaran. Las maniobras, tanto para evitar su publicación como para conseguirla, convierten esta lectura en un cierto juego de suspense del cual, aunque conocemos el final; no deja de sorprendernos el encono de uno y otro bando. Joyce contó con la ayuda de importantes factores, aunque hubo de recurrir a ciertos entresijos que hoy nos dejan pasmados, apelar a editores, libreros, incluso tuvo que sufrir el veto de ciertos talleres de imprenta que no querían verse relacionados con lo que se consideraba una obra obscena y escandalosa. Cuesta creer que así estuvieran las cosas apenas hace un siglo y que hoy aún haya zonas de nuestro planeta en las que la moral inculcada por la religión y la pura religión coarten de tal manera la libertad de expresión, tanto a nivel personal como en lo que se refiere al proceso de creación artístico. Cuesta creer también que en ese momento algo como la literatura movilizara a la sociedad de la época, cuando a la de la nuestra parece que solo la movilicen pocas cosas, y prefiero no pararme a pensar cuáles.

domingo, 18 de junio de 2017

Adam Haslett: Imagina que no estoy

Idioma original: inglés
Título original: Imagine me gone
Año de publicación: 2016
Valoración: muy recomendable

Autor poco prolífico con únicamente tres obras en su haber, Adam Haslett alcanzó rápidamente el estrellato cuando su primera obra, consistente en una recopilación de cuentos, fue finalista al National Book Award y al Premio Pulitzer. No son pocos logros, como carta de presentación.

El libro objeto de esta reseña, último publicado de este autor hasta la fecha, se centra en el retrato de una familia bastante disfuncional. Estructurada en tres momentos diferentes (separados por tres grandes capítulos) y narrada por los distintos miembros de la familia, el autor nos teje una obra coral en torno a la familia y a la compleja relación entre sus distintos miembros.

El autor es realmente hábil en la forma de contar la historia. Narrada en primera persona por los distintos personajes que forman parte de la familia, en ningún momento uno pierde el foco sobre la historia. Así, nos retrata perfectamente cada uno de ellos, llenándolos de los suficientes matices para que los comprendamos, sin dejar ninguno de lado y logrando que empaticemos con todos ellos. El autor nos va introduciendo diestramente a los personajes, oyéndolos con sus propias voces, a través de sus propias reflexiones internas, lo que nos facilita que empaticemos con ellos y los comprendamos. A la vez, sabe mantener el interés, rodeando la historia, ya desde el inicio, de un áurea de misterio que nos mantiene atrapados desde justo el principio de la historia, en un viaje realizado por la familia, donde ya percibimos que algo se cuece bajo la superficie, creando un clima de tensión que sirve para marcar las líneas maestras que dan indicios sobre la personalidad de cada miembro.

A partir de ahí, sembradas ya las primeras semillas de lo que puede venir, el autor da un salto temporal y nos sitúa de pleno en la historia, detallando la compleja personalidad de sus personajes. Así, nos encontramos con John, padre fracasado, al que todo parece irle mal y se regodea en su propia miseria, demorando enfrentarse a su bajo estado de ánimo; Margaret, su mujer, tratando por todos los medios de sostener una familia, a pesar de que parece que es la única a la que le importa. Y los hijos: un Michael sabelotodo y avanzado a su edad, que nos divierte con sus análisis y conclusiones y con exceso de verborrea incontrolable, compulsivos enamoramientos y con claras tendencias hacia la obsesión (obsesión compartida a partes iguales entre la música y sus tormentosas relaciones amorosas), lo que le lleva a una adicción a los ansiolíticos; Celia, con su profesión de terapeuta y su afición por el atletismo, que comparte su vida al lado de un atractivo escritor de teatro en horas bajas, en un matrimonio ya en declive; y finalmente Alec, el pequeño de la familia, que utiliza esta condición para salirse con la suya desde pequeño («entendió las reglas desde el punto de vista de quién podía romperlas») y al que le gusta buscar relaciones esporádicas con chicos a los que apenas conoce.

El ritmo de la narración es alto, casi contagiándonos de la verborrea de Michael, que es quien conforma el eje central de la historia. La debilidad de su carácter, la necesidad que tiene de atención y la inestabilidad psicológica heredada del padre, son los puntos comunes de la historia narrada y el núcleo central desde donde, de forma casi magnética, centra y atrae al resto de elementos de la familia.

Hasta ahora he hablado de los personajes, pero no de lo que ocurre. Porque la historia y lo que sucede es lo que mantiene al lector atrapado, el querer saber a donde lleva, el querer descubrir qué hay detrás de todo, el querer averiguar cómo afrontan los personajes la historia que el autor, hábilmente, va desengranando.

En un estilo que nos recuerda al Franzen de «Las correcciones» pero también a Foster Wallace por su rapidez (y cierta dispersión) narrativa, el retrato que nos hace Haslett de la familia media americana es hilarante a ratos, a la vez que enternecedor. Pero esto es si hablamos únicamente de la superficie porque, bajo ese manto de sarcasmo y ciertos episodios que rozan la parodia, habita una historia conmovedora, triste en algunos momentos; si conseguimos rascar la superficie, vemos que más allá de una aparente comicidad nos cuenta una historia de tristeza, de limitaciones, de inseguridades, pero también de unión familiar, de superación, de estima y de sacrificios.

La novela y el poso que nos deja Adam Haslett en esta novela son de los que calan hondo, de los que hacen que nos acordemos días después de acabar el libro. De los que logran que nos enternezcamos con cada uno de los personajes y les cojamos cariño. De los que consiguen que, echando la vista atrás, no olvidemos especialmente esas cien últimas páginas que se leen de un tirón, donde todo encaja y donde todo queda asentado. Es ahí, especialmente, donde el autor nos ofrece el máximo de su calidad, donde queda evidente la valía literaria de su autor y lo que pretendía con esta obra: un canto a la familia, un canto al sacrificio, un canto al esfuerzo y una defensa de la tolerancia a los defectos de cada uno; un áurea de ternura que envuelve la familia, formada por pequeñas pinceladas de imperfecciones; un canto a la soledad compartida, a la proximidad emocional en la distancia y a la comprensión de las diferencias. Una obra que nos lleva a reflexionar sobre la responsabilidad, la dedicación a los demás y dar aquello que necesitan de nosotros, aunque sea a costa de dejar de lado nuestra propia vida.