viernes, 20 de octubre de 2017

Deborah Levy: Nadando a casa

Idioma original: inglés
Título original: Swimming Home
Año de publicación: 2011
Traducción: Susana de la Higuera Glynne-Jones
Valoración: está bien (supongo...)

Veamos: novela corta, compacta, con pocos escenarios y tan sólo un puñado de personajes: se trata de un famoso poeta que pasa las vacaciones con su familia y unos amigos en una villa de la Costa azul, cerca de Niza. Comienzo llamativo, prometedor: un día en la piscina de la finca aparece desnuda una hermosa y enigmática joven -tranquis, que no está muerta; esto no va de crímenes-, que es invitada por la esposa del poeta a quedarse con ellos... Todo apunta a tragicomedia sobre las debilidades y contradicciones de la clase burguesa intelectualoide, con la chica, Kitty Finch, actuando de catalizador. Prosa más que correcta, por otra parte; "esto me lo ventilo yo en una tarde", piensa uno...

Pues que si quieres arroz, Catalina... me ha costado un número inconfesable de días terminar esta novelita. Sin duda, no es culpa suya; ya digo que creo que cualquiera podría con ella en una tarde, a lo sumo dos. Y es cierto que tanto mis circunstancias personales como los acontecimientos políticos (para qué les voy a contar) han hecho que me dispersara lo impredecible con esta lectura. Que, por otra parte, de cómica tiene muy poco y sí bastante de tragi-; amén de que la figura de Kitty sí resulta ser un catalizador de los problemas larvados, aunque no exactamente como yo preveía... (esto, he de decirlo , me parece lo más interesante de la novela). Fatalismo, autodestrucción y desequilibrio como ingredientes fundamentales del plato. Desencuentro. Infelicidad. Desamparo existencial, si se quiere... En suma, una serie de cosas que hacen que una historia más o menos dramática no pinte mal, lo que supongo que significa que está bien. O viceversa.

Pero el caso es que, al final, lo que se impuso fue el ruido de fondo, lo que impidió que este mediocre lector se concentrara y ahora, más aún, le impide dar un dictamen consistente sobre lo leído. Porque si, como se dice, es el lector el que escribe o al menos completa un libro cada vez que éste es leído, a mí me ha salido un libro difuso, fragmentario e irregular. Cosa que, probablemente, no sea cierta, si quien lo lee es uno de vosotros. Pero también puede que, si una narración, por interesante que nos parezca a priori, no logra mantener nuestra atención, subyugarnos, por decirlo así, entonces tampoco cumpla su primera función. Que no es la de enseñarnos cosas, entretenernos ni deleitarnos con la belleza del lenguaje, sino absorbernos, arrebatarnos y mientras duren sus páginas otorgarnos un plus de vida, una intensificación de nuestra existencia como no podría hacerse de otra manera...

Aunque igual estoy equivocado ¿qué opináis?



jueves, 19 de octubre de 2017

Stefan Zweig: Clarissa

Idioma original: alemán
Título original: Clarissa
Año de publicación: 1976
Valoración: inclasificable

Empezaré la reseña explicando el porqué de esta inusual valoración. Este libro se publicó de forma póstuma y es un libro inconcluso. Debido a este aspecto, es difícil calificarlo debidamente puesto que el final es totalmente abierto y uno es incapaz de saber cómo tenía pensado Zweig terminarlo, e incluso hacia donde avanzar la trama (aunque sí se indican brevemente las intenciones del autor en los capítulos finales). Si tuviera que hacer una valoración lo dejaría en un «está bien», siendo consciente que sería algo injusto hacerlo (al ser inconcluso) aunque también es cierto que debemos valorar el libro por lo que es y no por lo que promete (o prometía).

El libro trata sobre Clarissa, protagonista absoluta de la novela. Ya en un inicio, el autor nos narra la infancia de la protagonista y el frío ambiente familiar en el que crece, viviendo desde pequeña aislada del resto de su familia. Huérfana de madre, quien muere durante el parto, el núcleo familiar está formado por su hermano (quien casi no aparece en la novela) y su padre, militar ausente volcado absolutamente en el trabajo haciendo tareas de documentación. Las funciones del padre radican en recabar tanta información como sea posible sobre las tropas enemigas, tarea que desempeña con una minuciosidad extrema. El carácter del padre, quien carece de la capacidad de demostrar afecto, marca la relación con Clarissa, y sus charlas (ocasionales) se reducen principalmente a comprobar que su hija progresa como se espera de ella en el colegio. De esta manera, con la misma exigencia, rigor y meticulosidad que aplica al trabajo educa a su hija (desde la distancia), dejando de lado cualquier acto o gesto cariñoso hacia ella, sin mostrarle ternura ni afecto. En este entorno frío y solitario crece Clarissa, hasta que llega a la edad suficiente para empezar su carrera profesional como ayudante de un profesor, quien la enviará a una conferencia en Suiza. Allí se abrirá su mundo y conocerá a Léonard, un joven francés de quien se enamora. Pero los tiempos son convulsos en la Europa de 1914, y los caminos de Austria y Francia no van en la misma dirección.

Con esta premisa, y sirviéndose de la Primera Guerra Mundial como telón de fondo, Zweig nos narra una historia donde la guerra, las relaciones, los deseos y la corrección se entretejen hasta elaborar un retrato de Europa de principios de Siglo XX. Así, encontramos en Clarisa muchas características de la obra de Zweig como la relación sentimental entre personajes y hasta sus características: él comedido y prudente, ella agradable e inquieta. En este libro póstumo también aparece mencionada la figura de Montaigne, al que Zweig admira como ya demostró en la biografía que publicó sobre el humanista (reseñada también en ULAD). Y es que la obra de Zweig, como es habitual en él, gira en torno a sus personajes, a sus fragilidades y aspiraciones, a la rectitud y la delicadeza de los corazones que buscan sentirse arropados por almas parecidas.

Escrito con prosa ágil, la obra se lee con la calma que el propio libro imprime, contagiándose uno de la belleza siempre existente en la narrativa de Zweig. Sin embargo, y sin poner en duda la calidad literaria del autor (sería casi un sacrilegio), hay cierta repetición de temas y planteamientos que ya encontramos en muchas de sus obras y este hecho reduce el impacto causado por su lectura. Las similitudes son evidentes más allá de su estilo, y la trama se desenvuelve en un entorno parecido al que podríamos encontrar en «La piedad peligrosa o La impaciencia del corazón» o «Carta de una desconocida». A medida que uno avanza en la lectura de este libro, tiene la sensación de haber leído algo parecido antes, y la reiteración de temas y enfoque ya no sorprenden. Eliminado el factor sorpresa en su obra, queda la calidad de su escritura. Con eso al menos sí nos podemos quedar y, tratándose de Zweig, no es poco.

Otras obras de Stefan Zweig en ULADEl mundo de ayer¿Fué él?Fouché. Retrato de un hombre políticoMendel el de los librosMaría AntonietaTiempo y mundoCarta de una desconocidaNovela de ajedrezVeinticuatro horas en la vida de una mujerViaje al pasadoLos ojos del hermano eternoLas hermanasMontaigne, La piedad peligrosa o La impaciencia del corazón

miércoles, 18 de octubre de 2017

Claudio Magris: No ha lugar a proceder

Resultado de imagen de no ha lugar a proceder amazonIdioma original: italiano
Título original: Non luogo a procedere
Año de publicación: 2015
Valoración: Muy recomendable



No ha lugar a proceder nunca podrá ocultar su autoría. No solo por la particular forma de entender la literatura de Magris, sino porque así lo evidencian su enorme erudición, esos fantasmas tan suyos (Trieste, la historia entendida como apoyo de ideas o la conflictiva convivencia entre los pueblos) y las huellas de una dilatada trayectoria ensayística.
A la ciudad donde nació le dedicó un ensayo hace una década, las vicisitudes del panorama europeo se encuentran descritas –a su modo– en el magnífico El Danubio. A pesar de su talante, conciliador y contrario a totalitarismos, el autor no pierde de vista la complejidad del tablero de ajedrez en que vivimos. Por eso, la gran pregunta que, entiendo, plantea esta novela, a saber, ¿es posible erradicar la violencia? se responde implícitamente, como no podría ser de otro modo, sin ingenuidad aunque con un atisbo de esperanza.
Esta es una forma de narrar que me atrae particularmente, pero intentaré no dejarme llevar por el entusiasmo, o no mucho, para no confundir –y esto es un aviso a caminantes– a los partidarios de un relato más convencional. Se la clasifica como novela porque en ella aparecen personajes ficticios que actúan y sobre los que actúan las circunstancias, pero son más bien estas: la historia, la geografía, la política, incluso el azar quienes van dejando su huella en ellos. De ahí esa indefinición de los personajes, que casi podríamos ser cualquiera, y ese empeño en situarlos dentro de un marco tan amplio como sea posible. Con esto, Magris traslada a los lectores su personal concepto del mundo, nos resume su pensamiento actual –tras tantos años de vida, lecturas, viajes, escritura, y curiosidad por el ser humano– utilizando lo que se ha denominado género híbrido, en realidad una mezcla de géneros, que en este caso abarcaría la narración, el ensayo y la historia. Un texto que, siguiendo una tendencia ya poco novedosa pero todavía muy actual y muy en sintonía con los objetivos del autor y con su forma de entender la literatura, apuesta por el relato fragmentario (a base de anotaciones, datos, frases, retazos de la historia), por personajes con rol pero sin rostro –excepto los dos principales–, por alternar tiempo y espacios, por la divagación, la acumulación de datos, las enumeraciones y todo lo que pueda dar consistencia a eso que quiere transmitir y que, al no hacerse de forma explícita sino, como los impresionistas, mediante pinceladas conceptuales, el lector tendrá que recomponer extrayendo sus propias conclusiones.
La prosa –impecablemente traducida por Pilar González Rodríguez– es rápida, nerviosa, en zigzag, para poder cambiar sin previo aviso de escenario, personaje o época.
No creo que me equivoque si afirmo que se trata de una sátira del comportamiento humano. Y, como todas las sátiras, parte de una situación, absurda en principio, pero real en este caso, aunque solo como punto de partida: alguien, un paisano del autor, anuncia en la prensa de 1963 la compraventa de material bélico con el propósito de exponerlo en una especie de museo de los horrores que serviría de mensaje antibelicista. Tal como aclara Magris en su nota final –y la necesidad de este mensaje aclaratorio es lo único que, en mi opinión, desentona en el conjunto–, todo el resto de la trama, así como los rasgos de los personajes y los datos de todo tipo que incluye, le pertenecen por completo.
El triestino que dedicó su vida a una misión de esa envergadura tiene nombre y apellidos, no así el protagonista de la novela, por cierto, fallecido ya desde el inicio en un supuesto incendio del local que iba a alojar su proyecto. El lector se enfrenta, pues, a los pensamientos y recuerdos de la encargada de continuarlo, Luisa Brooks, doctora, antigua alumna del personaje principal e hija de la desolación nazi, con una historia a sus espaldas de culpas y silencios, que repasa anécdotas de su familia o la vida de una tal Luisa de Navarrete –secuestrada por indígenas, fugada años más tarde, delatora a la fuerza– cuyo nombre se le impuso con la idea de honrar su memoria, y describe los elementos que se van incorporando al museo, su disposición y recursos didácticos, la misantropía de su mentor, la vida casi monacal que llevaba, su organizado y altruista síndrome de Diógenes. Y para compactar esa mezcla salpicada de metáforas y símbolos, el telón de fondo del nazismo, sus mandamases–comparados en algún momento a los cactus– convertidos muchos de ellos en ciudadanos respetables a la llegada de la paz gracias a un puñado de cómplices. Además, un escenario fundamental, la ciudad natal del autor, tierra de tránsito y miscelánea de culturas, que albergó en la Risiera de San Sabba el único campo de concentración de Italia, en cuyas paredes se grabaron nombres que alguien borraría más tarde dejando a los culpables impunes.


También de Claudio Magris: El Conde y otros relatos, El infinito viajar

martes, 17 de octubre de 2017

Rubem Fonseca: Bufo y Spallanzani

Idioma original: portugués
Título original: Bufo & Spallanzani
Año de publicación: 1985
Valoración: Muy recomendable

Gracias a dios que hace tiempo que la novela policiaca no se considera como un género menor, sin importancia o interés; ya casi nadie se atrave a despreciar un género que nos ha dado las novelas de Camilleri, Petros Markaris, Manuel Vázquez Montalbán o Leonardo Padura, por mencionar a unos cuantos. Y es en esa digna tradición de la novela policiaca bien escrita y bien pensada donde se sitúa Rubem Fonseca, escritor brasileño de justa merecida fama internacional.

Hace ya algún tiempo que reseñé por aquí El seminarista, una novela que clasifiqué como "divertida"; sin embargo, después de leer Bufo y Spallanzani, aquella otra empalidece y parece claramente una obra inferior, por su menor complejidad y ambición. En Bufo y Spallanzani, el enredo policiaco existe (de hecho adopta la clásica forma del whodunit, del crimen violento que el detective debe resolver), pero este enredo es secundario en una obra que juega a crear distintos niveles narrativos y textuales superpuestos, casi como Si una noche de invierno un viajero de Italo Calvino aunque con más humor.

En realidad, crímenes hay tres, sucedidos en tres momentos y lugares diferentes: el asesinato de la millonaria Delfina Delamare; el supuesto fraude de un hombre que se finge muerto para cobrar el seguro; y el asesinato de una mujer en una villa de retiro en medio de la selva. Lo que los tres crímenes tienen en común es la coincidencia de dos personajes: el escritor (y narrador encubierto de la novela), Gustavo Flavio, antes conocido como Ivan Canabrava, y el policía Guedes, que se encargará de investigar los tres crímenes en distintos momentos de su carrera.

Pero como digo, lo de menos es al final descubrir quién cometió los tres crímenes; lo mejor es el juego de historias dentro de historias; de voces que se suplantan unas a otras, con distintos nombres y distintas personalidades; las autoreferencias metaliterarias (el escritor Gustavo Flavio está obsesionado con escribir una novela titulada Bufo & Spallanzani) o el sentido del humor propio de Rubem Fonseca, que se manifiesta en su estilo desenfadado (que, una vez más, no sé cómo habrán conseguido mantener en la traducicón española), y en la galería de personajes alocados que rodean a los protagonistas y que crean un mundo tan irreal como creíble.

Tengo entendido que esta es la obra maestra de Rubem Fonseca, y como decía al principio, comparándola con El Seminarista se ve claramente que existe en esta una mayor ambición, una complejidad mucho mayor y un deseo consciente de experimentar con la forma y con el género. En todo caso, si la calidad de las obras (y el placer de lectura que proporcionan) se mantiene en el nivel de estas dos, no cabe duda de que vale la pena seguir leyendo al escritor brasileño. Sobre todo, si eres amante de la buena literatura policial.

lunes, 16 de octubre de 2017

Valeria Luiselli: Los niños perdidos

Idioma original: español
Año de publicación: 2017
Valoración: recomendable

Son ciento y pico páginas y se leen en algo más de una hora y media. Certifican que los residentes en los USA, de forma legal o de forma ilegal, ya empiezan a resignarse a vivir en lo que llaman Trumplandia y ya empiezan a concienciarse que la cosa va para largo o algo muy gordo ha de suceder para que esto no sea así. Aunque no culpan solamente al pasado más reciente. Alguna de las normativas que se mencionan a lo largo de estas páginas ya refieren al periodo Obama y no sería justo olvidarlo, mejor, sería muy injusto optar por eso tan correcto de culpar a Trump de todo la malo y a Obama de todo lo bueno.
El subtítulo de este libro es Un ensayo en cuarenta preguntas. Y esas cuarenta preguntas son las que integran un formulario que los niños que cruzan ilegalmente la frontera mexicana y se introducen en los USA han de responder, y sobre esas respuestas la autoridad de inmigración de la land of the free decide qué hacer. Valeria Luiselli, a su vez una inmigrante pero ya con su green card y todo, usó. para escribir este texto que puede ser considerado fríamente como revelador pero podría calificarse, según el día, de "escalofriante", su experiencia como entrevistadora y posterior traductora de las respuestas de los menores . Respuestas en función de las cuales los menores podrían ser repatriados o acceder al status de refugiados. Preguntas que parecen las de esos complejos tests de personalidad en que se pregunta básicamente lo mismo reformulado una y otra vez, pero que vienen a delatar la enorme aura de superioridad (y por tanto desconfianza hacia lo ajeno) de las autoridades de USA, cuestión que, aunque sea comprensible, pasa a un nivel paranoico cuando se habla ya de cuestiones religiosas. Las preguntas no es que vulneren el principio de privacidad y el derecho a la intimidad. Es que no puedo deciros por donde se pasan ese derecho, que me echan del blog. Formuladas a un menor, que puede ser de 5 o de 16 años pero que puede incurrir en un terrible error al contestarlas y que ello, acompañado de poca pericia en algún abogado que ha tomado el caso porque no había otro, acarree con su deportación y con su colocación en el sitio de donde ha escapado, y de su futuro no me hables que no me importa y que pase el siguiente. Los menores huyen de la injusticia o de la pobreza o de las bandas que los coaccionan para que se integren en ellas, a veces han tomado un tren o un autobús (La Bestia) y sus familias se han endeudado no para que persigan un sueño sino para que se alejen de una pesadilla. A veces van a unirse a sus padres que han hecho de avanzadilla. Pero son menores y normalmente han pasado un tiempo expuestos a riesgos ("escalofriante": que el 80% de las menores sean violadas en ese trayecto y que ya tomen anticonceptivos antes de emprenderlo, como pura medida de precaución para que la cosa no "pase" de eso), han recorrido kilómetros a miles y han traspasado más de una frontera.
En fin, el libro nos pone al corriente, con corrección y oficio, de un enorme drama del que la mayoría somos ajenos, y que parece que irá a peor. Como digo más de una vez, muy libres todos de seguir mirando hacia otro lado, por supuesto. Cómo no.

domingo, 15 de octubre de 2017

Steven Patrick Morrissey: Autobiografía

Idioma original: inglés
Título original: Autobiography
Traducción: Rubén Martín Giráldez
Año de publicación: 2016
Valoración: Se deja leer


Está bastante claro por qué uno lee una autobiografía: morbo y cotilleos al margen, casi siempre porque se considera interesante lo que determinado personaje ha hecho, su obra, y a veces también su vida. En mi caso –poco mitómano- la trayectoria musical de Morrissey, especialmente en su primera parte, figura en la zona más alta de mis preferencias, y el caballero en cuestión parecía presentar peculiaridades que me movían a la curiosidad. Por si alguien no lo sabe todavía, Morrissey –como así se le conoce, a secas- fue el vocalista y letrista del grupo británico The Smiths, que lo petó allá por los años 80 del siglo pasado, ese intenso periodo en el que muchas joyas de la música coexistieron con una cantidad nada desdeñable de basura acústica. Si no me equivoco, editaron cuatro discos de estudio en otros tantos años, además de varios recopilatorios, de los que ‘Hatful of hollow’ (para mí, el mejor) tiene una reseña publicada hoy mismo en el elegante blog Un disco a la semana. A partir de ahí inició una carrera en solitario, ya más bien crooner y que he seguido con menos entusiasmo, aunque también está a buen nivel.

Aparte de por qué leer una autobiografía, la otra gran cuestión es por qué se escribe una autobiografía. Las posibles respuestas serían: a) Por dinero b) Porque alguien considera que su vida es muy interesante c) Para ajustar cuentas. Al final de esta reseña quizá tengamos una idea clara de la que en este caso es la respuesta correcta.

Morrissey es el hijo menor de la típica familia numerosa irlandesa emigrada a Manchester, donde nació Steven. Sin ningún preámbulo entramos en su infancia y adolescencia, entre viejas casas, pesadumbre y gente desnortada, en una ciudad cubierta por una ‘nube de amargura’. Casi todo el primer cuarto del libro se centra en la aterradora experiencia escolar: Morrissey despacha mandobles con saña, página tras página, hacia aquellos profesores –con nombres propios- que en su día dedicaban a sus alumnos castigos físicos continuos, pero sobre todo desprecio y hostilidad sin límites. Esta crítica al sistema educativo, feroz y cargada de rencor visceral, es bastante frecuente en Inglaterra (en el ámbito musical, véase el famoso ‘Another Brick in the Wall’, de Pink Floyd), lo que resulta muy significativo. Llegado a los 14 o 15 años, Morrissey parece estar ya en el límite (‘seguramente soy parte de un experimento científico de aguante, o una broma de Dios’), y la música es la única e improbable luz que cree descubrir.

No se puede decir que Moz se haya esmerado mucho en contarnos su entrada en el mundo de la música y la creación de los Smiths. Todavía menor de edad, empieza a quedar fascinado por sucesivos artistas y bandas (Bowie, Patti Smith, sobre todo los New York Dolls), y un breve contacto con un músico le conduce, casi por casualidad, a conectar con Johnny Marr. De ahí a los Smiths, los conciertos y el inicio del éxito van poquitas páginas, y habrá que esperar a más adelante para encontrar algún comentario sobre aquellas experiencias iniciales.

Todo el texto es una especie de avalancha de recuerdos o más bien sensaciones sin interrupción, y a veces parece la letra de una canción interminable. Apenas encontramos algún que otro punto y aparte –generalmente, colocados sin mucho sentido- y desde luego ningún apartado, capítulo o epígrafe que ordene un poco el relato. Se diría que el autor va soltando ideas como si estuviera bajo hipnosis, y el estilo tampoco ayuda en absoluto, es un tono a veces adolescente, intenso y metafórico, cargado de una ironía amarga, y a ratos tan confuso que uno renuncia a entender del todo ciertas frases. Tampoco la traducción da la sensación de ser capaz de dominar esa prosa encrespada, que a veces quiere ser poética y otras se regodea en el lodazal. Vamos, que no es una lectura de la que se disfrute precisamente, y hay que ir extrayendo las ideas con paciencia si queremos progresar.

Sorprende también no encontrarnos los elementos habituales en la biografía de gente de la música: poco sexo (o casi nada), alcohol a cuentagotas (casi literalmente) y nada en absoluto de drogas. No sé si Morrissey se lo salta porque no lo considera interesante, o simplemente porque hay poco o nada de todo eso (difícil de creer, pero podría ser), pero hay que decir que tampoco se echa de menos exactamente. Eso de las juventudes edificadas sobre el perico, las orgías y el whisky, está muy visto y a nadie escandaliza ya.

La posición del músico mancuniano es siempre crítica con casi todo lo que le rodea, pese a ser ya algo parecido a una estrella y los Smiths un grupo reconocido y relativamente vendedor. Las tortas se reparten por igual hacia su discográfica Rough Trade, críticos musicales y emisoras de radio, sin que se libren sus propios compañeros de banda, incluido el genial Marr. De manera que la irritación y hostilidad que parecían justificarse en un jovenzuelo inadapatado no sólo se mantienen, sino que se incrementan. Y así, la disolución de los Smiths, envuelta en un considerable mal rollo, termina años después en un juicio al que dedica ¡50 páginas! de hiel y furia incontrolable.

Su carrera en solitario tampoco consigue frenar del todo el ímpetu destructivo, y hasta que llegamos a las últimas páginas no encontramos un ápice de alegría, casi ni un brote de simpatía, de afecto, ninguna sensación positiva. Es una retahíla de reproches, tonos desabridos, chistes ácidos, resentimiento contra todo y contra todos, conjunto tampoco muy entendible en un tipo que ha triunfado. Vamos, que ya tenemos clara la respuesta a la cuestión inicial sobre el porqué del libro. Movido por la paranoia y el victimismo, Morrissey es, en sus propias palabras, un tipo ‘intolerablemente egocéntrico e impostadamente depresivo’. Bueno, al menos es sincero. Y, por decirlo todo, terminando el libro parece colarse en su vida una brizna de satisfacción a la vista de la gente que acude a sus conciertos, de forma que nuestro músico parece haber encontrado algo de paz espiritual.

Pero, claro, esto es una autobiografía y, aunque no esté realmente muy bien escrita ni disfrutemos casi nada de la lectura (parece escrita a la carrera, quizá no muy bien traducida y más bien mal editada), resulta que consigue plenamente el objetivo, no sé si del autor, pero sí del género: retratar con fidelidad al personaje. De manera que tenemos una descripción, cruda y seguramente veraz, de un tipo que parece permanentemente infeliz. O tal vez todo se resuma en aquella frase que cantaba en la maravillosa 'How soon is now?':

'I am human and I need to be loved'

sábado, 14 de octubre de 2017

Danielle Collobert: Asesinato

Idioma original: francés
Título original: Meurtre
Año de publicación: 1964
Traducción: Pablo Moíño Sánchez
Valoración: Muy recomendable

Si uno se fija únicamente en el título del libro, “Asesinato”, puede llegar a pensar que se encuentra ante una novela negra. Nada más lejos de la realidad. Ni novela ni negra. Y no es necesario adentrarse demasiado en el libro para darse cuenta de por dónde irán los tiros porque ya en la tercera o cuarta página puedes leer “y a qué agarrarse cuando uno ya no reconoce ni sus propias manos, ni su propio paso, ni siquiera la pequeña dosis de desesperación cotidiana”.

Se trata, como poco a poco vas comprobando, de un libro, a medio camino entre el diario, el relato breve y el poema en prosa, con el que la autora parece colocarse frente a un espejo para estirar el brazo,  sacarse las vísceras y, así, extirpar el dolor (dolor de vivir, dolor de sentir).

No es, como ya habréis imaginado, un libro “fácil” ni “cómodo”. Es un libro breve, de unas 130 páginas, que apenas ofrece resquicios por los que entre el aire fresco, con el dolor, la muerte y la desesperanza como hilos conductores, plagado de imágenes y sensaciones, y tremendamente personal. Es uno de esos libros no "hechos para disfrutar".

En cuanto a posibles influencias o similitudes, la más evidente es “El oficio de vivir”, de Cesare Pavese. Párrafos como los que transcribo a continuación podrían formar parte del testamento vital y literario del italiano sin ningún problema:

Tengo la impresión de vivir una muerte

Estoy perdida en las calles…El día se desgarra

Una mañana tendría que rechazar el cansancio del día, todo el cansancio de los días por venir. Marcharme

Estoy sin fuerza. Me aferré a ella y por eso la engullí, la vomité, la pisoteé.

Como con un buril, en cobre, tengo que grabar las últimas palabras, en el centro de un dibujo que debería traducir la calma la serenidad, y también todo ese tiempo vivido y devorado


Pero no solo Pavese. También tiene uno la impresión de estar leyendo, por momentos, a un “Maldoror” infinitamente más terrenal que el de Lautreamont, aunque cargado de la misma lucidez y radicalidad. Y también, en ocasiones, uno cree estar inmerso en alguna de esas búsquedas,  imprecisas y condenadas de antemano al fracaso, de los personajes de Modiano.

En cualquier caso, esto son solo referencias para tratar de situar una obra altamente recomendable, densa y oscura, a la que no conviene acudir en caso de depresión. Avisados estáis.

viernes, 13 de octubre de 2017

David Rubín + Marcos Prior: Gran Hotel Abismo

Idioma: español
Año de publicación: 2016
Valoración: entre recomendable y está bien

Si comenzamos una reseña diciendo que la obra que nos ocupa contiene referencias a Lúkacs, Adorno o Steiner, posiblemente más de uno de nuestros lectores pensaría que el que esto escribe es un maldito pendante hablamos de un ensayo sociopolítico o de un libro de filosofía. Pues hala, no: como puede deducir cualquiera por las ilustraciones que acompañan a la reseña de hoy, nos encontramos ante una novela gráfica-llámala-mejor-cómic, de lo más modernuqui, eso sí, dentro del panorama historietista hispano.

El cómic que nos ocupa destaca, sin duda, por su aspecto gráfico.. y eso que la historia que nos cuenta o pretende hacerlo, resulta también de lo más rupturista: la crónica -de aquella manera- del estallido de una revolución en un mundo distópico que se parece , por otro lado, bastante al real. Esta especie de crónica está articulada en cuatro capítulos. en el primero, se nos presenta una manifestación reivindicativa pero pacífica que acaba en trifulca general a partir de la actuación de un personaje cachotas y encapuchado que llaman "el Animador" (sí, como en los hoteles para jubilados de Benidorm). Vaya , que el tío la lía parda y hasta ahí puedo leer... No obstante, lo más interesante es cómo se reflejan las reacciones subsiguientes -y para todos los gustos-que tienen lugar en esa esfera virtual compuesta por tele y redes sociales y que se ha convertido en omnipresente en nuestro mundo tan empantallado (no digamos en el de este cómic).

El segundo capítulo narra el secuestro de un o de esos funcionarios-economistas que gobiernan en los organismos internacionales y que parecen hallarse por encima del bien y del mal. El tercero, un incendio en un hotel que sirve para reflejar la escasa intimidad que nos queda ya, a causa las vidas paralelas que llevamos muchos en esa esfera virtual que he mencionado antes. Para muestra, los datos a los que cualquiera puede acceder a través de Fakebox  o la Willywonkapedia (sic). Ah, y por cierto, lo de bomberos y policías dándose leña no sé a qué me recuerda; humm... dejadme que piense...

El último capítulo cuenta la resolución de ese proceso revolucionario -tranquilos, que no voy a contar en qué acaba la cosa-, con la curiosa inserción de un par de guiños culturetas (que yo haya pillado): al célebre Eternauta, por un lado (quien nos lea desde Argentina sin duda sabrá de quién hablo) y al mismísimo Velázquez por otro. En fin, esto es lo que hay... la historia tampoco busca la profundidad ni la instrospección de sus personajes; el guión, con tener ciertos puntos de originalidad, resulta quizá demasiado fragmentario (tal vez fuera el efecto deseado): más parece una acumulación de escenas que una imbricación entre ellas hasta conseguir una narración bien lograda. Aunque ya digo que puede que sea lo que se haya buscado, de igual modo que estamos cada vez más acostumbrados a informarnos sobre la realidad (o lo que se nos ofrece como tal), a través de esa omnipresente multipantalla actual que lo trocea todo en titulares, videos, posts, tuits, gifs y yo qué se qué más...

Es su aspecto visual, sin duda, el que más seduce de esta obra, comenzando por el formato apaisado, que permite unas viñetas-escenas salpimentadas de otras de pequeño tamaño (supongo que esto  tiene un nombre técnico, pero lo ignoro), verdaderamente espectaculares -y que ya tenía bien practicadas Rubín en un anterior trabajo: Beowulf-;  terminando, o viceversa, por el genial uso del color, que es retorcido, desvirtuado y adaptado a cada ilustración de manera enérgica y atrevida, siguiendo, al parecer, los hallazgos de la ilustradora Lynn Varley -colorista, por ejemplo, de 300- en la obra Batman DK2. Una auténtica gozada, en serio. Ahora bien, para que se vea que uno también lee sus cosillas (aunque no las asimile...), aquí dejo una de las "suras" de Guy Debord, que nunca viene mal:

"Allí donde lo real se cambia por imágenes, las imágenes se convierten en la motivación eficiente de un comportamiento hipnótico".





jueves, 12 de octubre de 2017

Carmen M. Cáceres: Una verdad improvisada



Idioma original: Castellano 
Año de publicación: 2016
Valoración: Muy recomendable


Cuando una pareja inicia su vida en común, ese cohete despegando con toda la trompetería reventando en encandilado fragor, los amantes se sitúan en una encrucijada donde todas las maravillas que por llegar están se imaginan blindadas ante la amenaza que supone todo lo previo que aporta cada una de las partes del nuevo sujeto afectivo. En vano, por supuesto. Las novelas llevan contándonos miles y miles y decenas de miles de historias de parejas, sus expectativas y desenlaces, sus quiebros y mutaciones, sus deslices y grandezas, sus particularidades y categorías. El filón es inagotable, como viene a corroborar Una verdad improvisada.

La primera novela de Carmen M. Cáceres (Posadas, Argentina, 1981) pone en el microscopio de su escritura la relación de Clara y Bruno. Los acompañamos desde el estallido inicial de melodía y ritmo (“Hay una ingenuidad que no vuelve, dijo Bruno un día, o lo dije yo, da lo mismo, estábamos de acuerdo.”) a través de las primeras sombras (“Queríamos ser honestos, pero éramos rústicos”) hacía las zonas más templadas de la rutina y la cotidianidad. Donde, de repente, erupciona el sarpullido de los celos, un escozor irritante e insufrible, que se alimenta no ya de la inseguridad sino de la impotencia, de la incapacidad de aniquilar de la vida del otro los momentos de dicha tenidos en relaciones previas. Momentos despreciables, puesto que suponen una merma del valor de la situación actual. Ya se sabe, somos seres racionales absolutamente imprevisibles, disparatados.

Una verdad improvisada es un relato levantado con carnalidad y sofisticación, en el que se desmenuzan momentos intrascendentes y caseros y se proponen categorías que despiertan la simpatía del lector, como la de los silencios: el de rutina, el del reproche, el de la parálisis y el biológico, ese que es tan de agradecer, donde no se habla por no tener nada que decir. Cuando la enfermedad hace su aparición, en forma de agarrotamiento de una de las cuerdas vocales de Bruno, la relación exigirá un reajuste en las estrategías, prioridades personales y conjuntas y estados de ánimo: “Cuando pasa el tiempo en las parejas dejan de ser importantes los grandes gestos y todo se mide en el menudeo. El menudeo puede ser maravilloso. El menudeo es siempre mezquino”. 

La presión de los acontecimientos genera nuevas situaciones, nuevos miedos y amenazas, nuevos momentos inesperados y sorprendentes, como una tarde en las carreras de caballos deliciosamente retratada, donde se desata una forma salvaje de libertad, de una intensidad tal que la aguja de las revoluciones del motor alcanza la intensidad de las escenas más físicas. Que también aparecen de sopetón, como se supone que actúa la tensión entre dos cuerpos que se atraen.

Es muy difícil aguantar la mirada firme de la persona que nos ve vivir cada día cuando no transmite deseo, ternura, reproche”. Pese a la concisión, apenas sobrepasa el centenar de páginas, Una verdad improvisada contiene una notable abundancia de detalles, matices, razonamientos, exabruptos, nimiedades, imágenes y sorpresas como para concluirla con la certeza reafirmada de que, en efecto, cuando esto de la pareja funciona, proporciona mucha, pero que mucha, vidilla.

miércoles, 11 de octubre de 2017

Mohsin Hamid: Bienvenidos a Occidente

Idioma original: inglés
Título original: Exit West
Año de publicación: 2017
Valoración: recomendable

Con una prosa delicada, comedida (diría que incluso «suave» a los sentidos), Mohsin Hamid nos explica la vida de Nadia y Saeed, dos jóvenes habitantes de una ciudad en conflicto bélico quienes, para poder alcanzar un futuro lejos del caos existente, se ven forzados a tomar la decisión de migrar y huir de sus casas, de sus hogares, de una sociedad sin futuro. Así, el autor nos narra una historia de dificultades y superación, de sacrificios y tragedias, de valentía y atrevimiento, de relaciones sentimentales entre personas ligadas a un presente incierto y un futuro desconocido donde las vidas están íntimamente condicionadas y vinculadas al mundo que las rodea.

Con este objetivo el autor empieza narrándonos los orígenes de sus protagonistas, y nos hace partícipes de su día a día, sus raíces y la relación con sus padres. Vemos de esta forma uno de los elementos que conforman la sociedad en los países del este: la religión en el centro de la vida, las constricciones sociales donde la libertad está limitada por la opinión de aquellos que la observan. Una ciudad en conflicto, una tierra sin futuro, una sociedad próxima a su desaparición. En estos parajes viven los dos jóvenes protagonistas. Ella: valiente, atrevida (a pesar de querer disimularlo quien sabe si por su entorno, su familia o su religión); él: prudente, de los que no osarían hacer algo que pudiera considerarse inapropiado o temerario. Y en medio de todo, envolviendo sus vidas, la ciudad en conflicto. En ella se observa la caída de los valores de la sociedad: hay refugiados en condiciones lamentables, inhumanas, se producen asesinatos, la guerra está viva, latiente y el sonido de los bombardeos como música de fondo que recuerda, una y otra vez, que no están a salvo.

El autor nos habla de los habitantes de una ciudad en guerra; una guerra que se libra en cada calle, en la escuela de alguien familiar, en las casas de los ciudadanos donde «una ventana era la frontera a través de la cual era más posible que llegara la muerte». Cada punto de la ciudad es un foco posible de altercados, y sus habitantes conviven con ello, no les queda otra. Comercios que cierran de un día para otro, habitantes que desaparecen dejando como único rastro la duda sobre qué habrá sido de ellos, casas que desaparecen en medio de bombas y tiroteos. Ejecuciones en medio de la ciudad, cadáveres expuestos a la vista de cualquiera persona que mantenga la fuerza suficiente para levantar los ojos del suelo y ver las ruinas de una ciudad desolada. Una ciudad devastada, vidas empobrecidas, aspiraciones derrotadas.

La coyuntura desoladora provoca que nazca el deseo de los jóvenes en huir y abandonar su pasado; la situación obliga a marcharse, a buscar una vía de escape. En este aspecto, el autor se permite algunas licencias fantásticas como las puertas que les lleva a otros mundos. Esta elección es algo arriesgada pues el elemento fantástico que suponen las puertas choca plenamente con la realidad narrada; aún así, es un recurso útil porque el viaje de un país a otro no es lo que quiere reflejar sino el viaje interior que hacemos cuando nuestro alrededor cambia y nos obliga a adaptarnos a él y, en el fondo, a nosotros mismos. Aquí empezaría una segunda parte del libro, marcadamente diferente a lo narrado hasta ese punto. La guerra se deja de lado, al menos la guerra a gran escala. La guerra se libra en batallas cotidianas libradas para conseguir sobrevivir siendo refugiados, y en la supervivencia de aquellos que poco tienen para subsistir. El dolor existente y la brutalidad de las vidas de los migrados es narrado con una belleza tal que en lugar de suavizar los hechos consigue aumentar el impacto.

De esta manera, Mohsin Hamid nos retrata una sociedad de contrastes y explora aspectos importantes de la sociedad actual: la crueldad de la vida en las zonas en conflicto y la necesidad vital de escapar de ella; la vida en los campos de refugiados y la hostilidad de aquellos que ven una amenaza en los recién llegados, la estrecha relación entre quienes somos y el entorno donde nos encontramos («nuestras personalidades son como pantallas iluminadas, y los tonos que reflejamos dependen en gran parte de lo que tenemos alrededor») y cómo afecta nuestro alrededor a cómo nos comportamos, como sentimos, en función de cómo es nuestro entorno. La dificultad de encajar en un nuevo mundo, por aquello que lo conforma, pero también por nuestros miedos a abandonar o cambiar aquello que fuimos.

El autor también expone la dualidad en una sociedad hiperconectada, donde tener todo el mundo a nuestro alcance nos permite evadirnos y soñar en mundos mejores, mientras nos alejamos de nuestro propio mundo. Esta parte quizá es la menos lograda, al hacer excesivo hincapié en el uso de la tecnología en nuestra comunicación cotidiana, la observación a la que estamos sometidos y el control.

Narrado de forma aparentemente sencilla, sin excesivos alardes ni pretensiones literarias, la principal virtud de la novela radica en ser capaz de tratar todos estos temas en una novela corta y conseguir salir airoso de tal empresa. No se echa de menos una mayor extensión en la narración, el autor deja suficientes elementos en la imaginación del lector para que añada aquello que él únicamente insinúa y es un acierto que sea así porque de esta manera, cuando uno termina el libro, le queda una sensación de vacío, de tristeza, de aflicción que facilita la empatía con los protagonistas y con aquellos que, en sus propias vidas, viven historias similares y no hay puertas que les abran nuevos mundos; únicamente pueden permitirse aquellas que se encuentran en sus sueños.

También de Mohsin Hamid en ULAD: Cómo hacerse asquerosamente rico en el Asia emergente, El fundamentalista reticente

martes, 10 de octubre de 2017

Christiane F.: Hijos de la droga

Idioma original: alemán
Título original: Wir kinder vom Bahnhof Zoo
Traducción: Joaquín Adsuar Ortega
Año de publicación: 1979
Valoración: Imprescindible

El año 1978, los periodistas Kai Hermann y Horst Rieck estaban realizando un estudio sobre la juventud en Alemania cuando dieron con Christiane Vera Felscherinow, una joven berlinesa que, con tan solo quince años, acababa de dejar atrás una fase de adicción a la heroína, prostitución y hurtos menores. Christiane F. les sorprendió con su sensibilidad e inteligencia; hablaba con tal lucidez y honestidad que la entrevista de dos horas se prolongó dos meses, y acabó siendo un libro. Este libro. De lectura obligatoria, aún hoy, en los institutos alemanes.

Resumen resumido: Christiane explica su vida desde los seis años, cuando se muda con su familia a Berlín, procedentes de una aldea, hasta los quince cuando, después de tres años inmersa en una espiral autodestructiva, logra escapar del mundo de la heroína con la ayuda de su madre. Aún no ha cumplido los dieciséis y ya tiene que rehacer su vida.

Como cualquier obra de autoficción, «Hijos de la droga» es más deudora de los hechos que del estilo: la historia real se vale de los recursos narrativos para convertirse en una narración sin perder su verdad (que no verosimilitud, la cual es imprescindible). En ese sentido, se acierta plenamente con los elementos narrativos que se ponen en juego al servicio de la historia:
  • La voz del narrador. Christiane nos explica en primera persona los acontecimientos de su, hasta el momento, corta vida y lo hace desde una distancia muy inmediata; sin embargo, sus reflexiones resultan bastante maduras y meditadas sin que por ello pierda espontaneidad. Es una voz que necesita ser franca para poder reconciliarse con su pasado.
«Con aire grave, Kessi me informó de que Micha se drogaba con heroína. Me excitó mucho la idea de que iba a conocer a un auténtico drogadicto (…). Cuando llegó Micha me sentí muy impresionada. Era más audaz y frío que los tipos de nuestra pandilla. Sentí un auténtico complejo de inferioridad. (…). De nuevo volví a darme cuenta de que sólo tenía 13 años y que ese fixer era demasiado mayor para mí. Me sentí empequeñecida. Aún no sabía que al cabo de solo unos meses, Micha estaría muerto».
  • El tratamiento naturalizado con vocablos propios del argot de los drogodependientes (fixer, turkey...). Christiane habla de todos los temas, desde la fraternidad y las vilezas que se dan entre los heroinómanos hasta su experiencia en la prostitución callejera o las noches en el «Sound» (considerada la discoteca más moderna de Europa y donde se podía adquirir y consumir cualquier droga). Y nunca se cae en el morbo.
  • La estructura se basa en una sucesión de situaciones en casa, en la calle, en el colegio, siempre en orden cronológico y envueltas en las reflexiones de la protagonista. De vez en cuando se interponen breves notas extraídas de entrevistas con testigos de los avatares de Christiane o de la situación de la juventud en general. Predominan las notas de la madre de Christiane que resultan muy reveladoras en cuanto al papel de los padres y de la sociedad.
De la buena conjunción de estos elementos se obtiene una narración fluida y bien estructurada a través de la cual acompañamos a Christiane, observamos su sufrimiento y vemos cómo su entorno, entre hostil y ciego, le va cerrando puertas a ella y al resto de críos de su barrio. Sin embargo, el tono de Christiane no es victimista en absoluto e incluso y llega a hacer autocrítica de sus acciones pasadas mientras la narración susurra párrafo a párrafo su progresivo avance hacia el abismo:
«Había encontrado una amiga dos años mayor que yo. Me sentía orgullosa de tener una compañera que me llevara dos años. Con ella aún era más fuerte. (…). Cuando volvíamos de la escuela buscábamos colillas de cigarrillos en los ceniceros o en los cubos de basura. Las estirábamos, nos las poníamos entre los labios y fumábamos. (…). Después mi amiga y yo tomábamos nuestros cochecitos de muñecas, cerrábamos la puerta y nos íbamos a pasear».
Así que imprescindible porque es una narración a la vez sencilla y poderosa que arroja luz sobre una cuestión todavía tabú sin caer en el morbo. Porque las notas reales de la madre de Christiane y otras personas involucradas en el fenómeno que se relata aportan muchísima verosimilitud y ayudan al lector a conocer mejor las circunstancias de la protagonista. Porque nos da una lección de humildad, nos hace ver la ignorancia (y también la inocencia) de frases como: «esto no me va a pasar a mí» o «la culpa es de los padres» o «son las malas compañías». Y sobretodo porque conocer a alguien con la historia y la personalidad de Christiane F. te abre la mente y eso siempre resulta gratificante. 

A los que os animéis, deciros que no es un libro fácil de encontrar puesto que en nuestro país ha tenido una vida editorial errática bajo diferentes títulos (como habréis observado) y actualmente está descatalogado. Pero no hace mucho vi varios ejemplares de segunda mano en algunas aplicaciones de compra venta a través del móvil. 

En cuanto al título «Hijos de la droga», quizá no sea demasiado elaborado pero sí pone en aviso al lector. No obstante, me gusta mucho más cuando se adopta la traducción del título original: «Los niños de la Estación del Zoo» que está mucho más apegado al drama particular de la historia ya que es en la Estación del Zoo donde los niños se prostituyen para pagarse las dosis de heroína. En otro orden de cosas, hay una película del año 1981 («Yo, Christiane F.») que retrata con acierto al personaje principal, su entorno y el momento social que está viviendo (la vemos incluso en un concierto de David Bowie). Pero no logra abarcar la infinidad de matices y detalles interesantes que la lectura del libro aporta y, sobretodo, se diluye ese elemento imprescindible y tan genuino que es la voz de Christiane. 

Quiero añadir que tanto el libro como la película tuvieron una gran acogida y que, de resultas, la joven Christiane se convirtió en cuestión de meses en una «yonki-star» (sí, sí), tal como ella misma explica en «Yo Christiane F.: Mi segunda vida» publicado el año 2015 y que también tiene su interés. Pero de eso ya hablaremos otro día.

lunes, 9 de octubre de 2017

Tom McCarthy: Hombres en el espacio


Idioma original: inglés

Título original: Men in Space
Año de publicación: 2006
Traducción: José Luis Amores
Valoración: bastante recomendable

Tres de tres con McCarthy: dificil lo voy a tener para cumplir con mi promesa (intento de promesa) de no superar las tres obras de un mismo autor en mis colaboraciones para ULAD. Porque os digo que voy a echarme encima del próximo McCarthy (Tom), que anda bordeando su obra definitiva aunque he de reconocer que Satin Island andaría muy cerca si he de hacer caso a eso tan difícil de describir que es la maduración de un libro en la memoria. 
Hombres en el espacio, recuperación de una de sus primeras novelas por la siempre atenta gente de Pálido Fuego (y a falta de la traducción de "C") completa y ratifica esta impresión.
Aunque a costa de aportarnos una estructura diferente: de los individuos circunspectos y únicos que protagonizaban casi abusivamente Residuos y Satin Island pasamos a una narración coral que cambia de escenario de forma casi constante y que despliega, otra marca de la casa del escritor inglés, esa mirada caleidoscópica que siempre abarca más en el conjunto que en la suma de las partes.
Asistimos a la separación de las dos naciones que constituían Checoslovaquia. Una separación pactada y hablada que es como se hacen las cosas. 1993, el polvo del desmoronamiento del muro de Berlin aún flota en el ambiente, la era post-Perestroika avanza y Praga empieza a atisbar que dos décadas más tarde será otra ciudad carísima asolada por la plaga del turismo que estira las piernas, cámara y Visa en mano, apeándose de vuelos low-cost.
Oh Europa. En ese fascinante pero incierto escenario los pescadores cobran sus ganancias del río revuelto. En el mundillo relacionado con el arte un pintor es contactado para que haga una copia de un valioso icono con el que gente poco escrupulosa quiere comerciar. Mientras la maraña política se aclara los antiguos policías fieles al régimen saliente están dedicados a investigar qué pasa con la obra de arte. Pero son conscientes de que esas órdenes y ese servicio están próximos a no tener ningún sentido. Son los primeros hombres en el espacio, tipos que acatan órdenes hoy y que mañana no sabrán si van a recibirlas o de quién. La trama de la copia del icono (una imagen que ya es emblemática en sí, con extrañas formas, perspectivas diferentes a otras obras coetáneas, etc.) sitúa en escena jóvenes que ya se parecen a los de hoy en día. Esos a los que las oportunidades laborales, los estudios, la red de amistades, desplazan de un país a otro sin demasiadas contemplaciones. Oh Europa de los pueblos y de la era dorada de las publicaciones de tendencias con redacciones que parecían un crisol de apellidos de distintos orígenes. 
McCarthy lo hace posible: una idea que podría parecer confusa, con cambios de escenarios, de voz narrativa, con desplazamientos y divagaciones, la convierte en una especie de obra coral en la que el lector mínimamente perspicaz detectará esa angustia funcionarial post-guerra fría (reflejada en brillantes películas como La vida de los otros) y la tiznará, no sin cierto escepticismo casi cínico, con esa mueca tan recurrente de sí, un nuevo régimen, un nuevo siglo, y ahora qué, todo ello disfrutando enormemente del trayecto.

domingo, 8 de octubre de 2017

Laurent Mauvignier: En la turba

Resultado de imagen de en la turba amazonIdioma original: francés
Título original: Dans la foule
Año de publicación: 2006 (En castellano: 2017)
Valoración: Recomendable


Si, como todo parece indicar, los humanos arrastramos el gen de la violencia, no es extraño que la literatura se haya ocupado de ella desde antes de los primeros textos escritos. Llama la atención, por otra parte, que además de ejercerse para obtener algún beneficio o imponer un punto de vista, esa agresividad incontrolada se adueñe de ambientes pacíficos, y hasta lúdico-festivos, cogiendo desprevenido a todo el mundo. Unas veces mediante enfrentamientos claros, otras a través de avalanchas, los episodios de este tipo se producen de vez en cuando en las grandes concentraciones humanas provocando tragedias terribles. Y el mundo del futbol –los partidos multitudinarios sobre todo– no es ajeno a este tipo de incidentes.
Aunque la traducción del título induzca un poco el despiste, esta novela, ganadora en Francia del Premio FNAC 2006, se inspira en los sucesos, provocados por un grupo de hooligans, que tuvieron lugar poco antes del partido entre el Liverpool y la Juventus de Turín, que arrojaría un saldo de treinta y nueve muertos y alrededor de seiscientos heridos y que –a pesar de todo– se celebró en el Estadio de Heysel (Bruselas) ante unos 60.000 espectadores el 29 de mayo de 1985. Tres años después, los supervivientes siguen afanados en la normalización de sus vidas, pese a lo ocurrido, a su trascendencia mediática, al trastorno que supuso el juicio celebrado por entonces y, sobre todo, a pesar de unas sentencias incapaces de satisfacerles.
Lo que se narra es una recreación libre de los hechos a cargo de una serie de voces –demasiado parecidas entre ellas– que al alternarse utilizando la técnica del flujo de conciencia, componen un mosaico poliédrico, aunque algo uniforme en un principio, que analiza las causas y consecuencias de semejante catástrofe.
La prosa –precisa, amena, ágil y muy cinematográfica– refleja, quizá con un exceso de detalle que alarga innecesariamente la trama, la capacidad de suscitar emociones que posee este deporte, pero también su agresividad potencial, el opresivo y masificado ambiente previo al partido, así como los acontecimientos principales, la cotidianeidad de los protagonistas, sus sentimientos y la paulatina transformación de su forma de ser.
Se incluyen amplios fragmentos narrados en futuro, como falsa probabilidad ya que a fin de cuentas forman parte de la trama, probablemente para rebajar tensión a las escenas. Lo que sorprende es que prácticamente todo sea ficción. Es verdad que estamos ante una versión novelada de los hechos, pero si estos quedan sobreentendidos, si apenas hay alusiones explícitas, aquellos que desconocen la noticia no acaban de entender del todo qué es lo que le están contando. Esto sería aceptable si la violencia en el deporte se plantease como un tema genérico, pero si el relato se centra en un acontecimiento concreto se tiene que establecer un marco, asegurarse de que el lector acabará informado mínimamente. Se trata de un defecto bastante común en obras de este tipo (otra muestra sería la reciente, y celebrada, Las chicas) que, tal como Truman Capote transmitió a la posteridad en A sangre fría y que Norman Mailer recogería más tarde en La Canción del Verdugo, se subsana con una exhaustiva documentación previa, la selección minuciosa de lo que se va a incluir en el texto y una perfecta imbricación entre hechos reales y ficticios.
Por eso, cuanto más nos alejamos del drama, más probabilidades hay de que el relato remonte, y es lo que sucede en la tercera y última parte, tras el fundido en negro de esos tres años de espera, cuando los personajes se reencuentran en fechas cercanas al juicio –por el que también se pasa de puntillas– y el lector puede comprobar la intensidad de los efectos. Porque ese lento proceso de cambio ha arrojado traumas, culpabilidad, autodestrucción progresiva en algún caso; en definitiva, un desconcierto vital reflejado de forma tan convincente que no podemos dejar de emocionarnos.

sábado, 7 de octubre de 2017

Françoise Hardy: La desesperación de los simios y otras bagatelas

Idioma original: Francés
Título original: Le désespoir des singes...et autres bagatelles
Traducción: Felipe Cabrerizo
Año de publicación: 2008
Valoración: Muy recomendable (sobre todo, para mitómanos)

Recuerdo haber pasado muchas madrugadas de mi adolescencia y tardoadolescencia escuchando "Flor de Pasión", el mítico programa de Radio 3 conducido por el no menos mítico Juan de Pablos, y recuerdo haber descubierto gracias a él multitud de artistas de la "prehistoria" del pop y del rock. Nombres como los de France Gall, Serge Gainsbourg, Sylvie Vartan, Michel Polnareff y, cómo no, Françoise Hardy forman parte de mi "educación sentimental". Así que cuando me enteré de la publicación en castellano de la autobiografía de la Hardy, allá que me lancé.

Ay, Françoise, Françoise..."Je ne sais pas ce que je veux", "Tous le garçons et les filles", "Comment te dire adieu", "Ma jeneusse fout le camp", "La question" al completo, "Je te cherche", etc, etc. Tantas canciones, tantos discos desde aquel lejano 1962 en el que saltó a la fama y alcanzó la astronómica cifra de dos millones de discos vendidos (solo en Francia, eh!). Cincuenta y cinco años al pie del cañón son muchos años y las casi cuatrocientas páginas de esta autobiografía resumen lo más relevante de todos estos años, tanto en la parte artística como en la personal y familiar.

En el plano artístico descubrimos no solo el éxito que desde bien joven cosechó y, al mismo tiempo, la abrumó, sino que también nos acercamos a sus altibajos creativos, a sus manías, sus miedos y frustraciones (muy unidos a los de su vida personal), a su fobia al directo, a los vaivenes de la industia, etc. Esta parte artística es todo un compendio de nombres casi legendarios, un deleite para mitómanos. La lista es abrumadora: Dylan, Beatles, Rolling Stones, Celentano, Gainsbourg, Stockhausen, Nick Drake, Ettiene Daho, Michel Berger (clave en su evolución musical), etc.

En la parte más personal y familiar, el libro está atravesado fundamentalmente por la relación, digamos un tanto destructiva, que la Hardy ha mantenido con Jacques Dutronc a lo largo de casi cincuenta años. Pero más allá de hechos conocidos, esta autobiografía nos permite acercarnos a otras vertientes que pueden haber quedado eclipsadas por la figura pública. Por ejemplo, su infancia y adolescencia, sus celos, sus inseguridades, sus complejos (ay, esa relación con su madre y sus abuelos), sus opiniones en materia política o religiosa, su forma de afrontar la maternidad, su afición por la astrología, etc. También aquí la vida de Hardy aparece rodeada de nombres más que conocidos: Patrick Modiano, Georges Pompidou, Michel Houellebecq,  Dalí, el doctor Barnard, etc

Los dos planos se van entrelazando a lo largo del libro, que sigue un orden estrictamente cronológico, lo que hace que la acumulación de nombres, fechas y datos no resulte pesada. Además, el estilo de Hardy es directo y sencillo, sin florituras ni artificios, lo que favorece un lectura de lo más ágil.

Más allá del aspecto mitómano que uno busca en este tipo de libros, es de agradecer que los mismos no se reduzcan a mero exhibicionismo o a simple autobombo sin asomo alguno de autocrítica. En este caso, me gustaría destacar la ausencia de autocomplacencia. Hardy reparte palos, sí, pero los principales palos se los lleva ella misma, ya que el reconocimiento de sus errores en la vida de pareja y en su vida artística está muy presente.

En definitiva, una lectura muy disfrutable, sobre todo si estás interesado en la música y en la cultura POP, que permite constatar, una vez más, cuánta verdad hay en esos versos de Kirmen Uribe que dicen "cierto, en tres generaciones hemos recorrido un largo trecho en la historia de la escritura (digamos la música). De todas formas, las preocupaciones, los miedos son los mismos y lo seguirán siendo".