sábado, 24 de junio de 2017

Jorge Carrión: Barcelona. Libro de los pasajes


Idioma original: español

Año de publicación: 2017
Valoración: bastante recomendable (mucho si vives en Barcelona)

Pues vaya: me sale por casualidad que esta reseña se publica el día de Sant Joan y se me ocurre que, después de Sant Jordi, se trata de una fecha particularmente adecuada. Sant Joan es ese día festivo en Catalunya, el solsticio de verano y la gente empezando a mitigar el calor y haciendo eso tan catártico de quemar cosas en hogueras. Cosas que quieren dejar atrás. Y me di cuenta tarde de que el libro muestra un sello del Ajuntament de Barcelona, hoy mismo presidido accidentalmente por un ciudadano de origen argentino. Cuestión, la del sello oficial, que puede confundir. Hablamos de este libro aquí como literatura porque así es. No es un catálogo promocional de la ciudad o de partes de la ciudad. Esto último, con más fotos, y con un texto más neutro, ya hubiera habido más que de sobra para lograrlo. 
Pero Carrión es un escritor bregado y aprovecha la coartada para llevar el libro a su terreno, y la crónica o el ensayo o la mezcla en distintas proporciones de ambos es el territorio donde mejor se mueve.
Así que Barcelona. Libro de los pasajes empieza con el pretexto de un proyecto parecido de Walter Benjamin (hablar de los pasajes, esas anomalías urbanas esparcidas por doquier con los motivos más estrambóticos) y pronto encontramos al autor discurriendo por distintos caminos. La historia de Barcelona es una recurrente, nos vamos siglos atrás en búsqueda tanto de la situación que configuró la creación del espacio como del entorno que acompañaba esos hechos. 
Y también saldremos de la ciudad, cómo no, el texto, aunque sigue esa estructura del recorrido por barrios (hay pasajes elegantes y pasajes inhóspitos o casi disfuncionales) y las fotos, tomadas por el mismo escritor, nos van refiriendo a alguno familiar, (pero, en mi caso, saldría disparado a ver algunos de ellos, a situarme en ellos y respirar esa sensación), el texto va expandiéndose en referencias históricas y literarias locales y universales y se da cuenta uno de que Carrión, pillo leído él, se ha apropiado en el buen sentido de la idea inicial y la ha reconducido obteniendo un texto culto, ameno, abierto y, aclaremos, para nada deudor de que el libro sea una publicación con un aire de interés público. Así que no sólo personajes barceloneses afloran en la narración. Está Miró y está Josep Pla o Sert, pero hay espacio para Joe Gould, el héroe neoyorquino, para Baudelaire y para Benjamin. No nos dejemos engañar ni tan solo por el título. Esta es una obra ambiciosa, que abarca muchos más límites que estrechas calles cortas que salpican el mapa urbano de una ciudad costera europea. Esto es casi una reflexión sobre el hombre que siente curiosidad e indaga allí donde pasos, físicos o virtuales, le transportan.

viernes, 23 de junio de 2017

Ernest William Hornung: La cámara diabólica

Idioma original: Inglés
Título original: The camera fiend
Traducición: Susana Prieto Mori
Año de publicación: 1911
Valoración: Está bien

Ernest William Hornung fue un prolífico escritor inglés conocido, fundamentalmente, por dos de sus personajes, A.J. Rafflles y Bunny Manders, ligeramente inspirados en los celebérrimos Sherlock Holmes y Watson. Da la casualidad, además, de que Hornung estaba casado con una hermana de Arthur Conan Doyle. Pero tampoco vamos a hablar más de sir Arthur, ni de Watson y Holmes. Bastante tendría el pobre Hornung con aguantarle a su cuñado en los eventos familiares, ¿no?

Mejor hablemos de "La cámara diabólica", una novela negra con ligeros toques de ciencia-ficción. En ella, un informal y optimista, aunque algo despistado, Tony "Pocket" Upton se ve obligado a pasar la noche en las peligrosas calles de Londres. Para su desgracia, se ve involucrado en un asesinato del que todo parece indicar que es culpable.

A partir de ese momento, la novela se desarrolla en dos direcciones. Por un lado, un extraño doctor, gran aficionado a la fotografía y a las ciencias ocultas, "salva" a Upton y le oculta en su casa. Por otro, la familia de Upton, con la colaboración de un detective de extrañas maneras, emprende su búsqueda.

Tenemos, por tanto, un joven un tanto alocado, extraños doctores con bizarras pretensiones, hermosas jóvenes, detectives de métodos dudosos y una familia bien que trata de encontrar a su descarriado vástago.

Todo ello conforma un puzzle que Hornung consigue formar poco a poco, encajando las piezas con precisión y ofreciendo un libro tan británico como el Big Ben o el Palacio de Buckingham. Además, la novela tiene ritmo, se nota el oficio del autor y el desarrollo de la trama es coherente con el desenlace. En cambio, y de ahí en parte la valoración, me da la impresión de que los más de 100 años transcurridos desde su publicación no juegan precisamente a su favor. Pese a todo, creo que se trata de una buena opción para estos días de calor que se avecinan (en algunos sitios ya los sufrimos desde hace días), en los que lecturas ligeras como esta pueden ser interesantes.

jueves, 22 de junio de 2017

Hisham Matar: El regreso



Idioma original: Inglés

Título original: The return

Año de publicación: 2016

Traducción: Javier Guerrero

Valoración: Recomendable

              
Nacido en Nueva York en 1970, educado entre El Cairo, Suiza y Gran Bretaña –donde acabó licenciándose como arquitecto y residiendo- Hisham Matar podría pasar como prototipo del exiliado mundano, desenvuelto. Que no del refugiado, puesto que su familia disponía de patrimonio suficiente como para pagar internados helvéticos. Escritor en inglés -reconoce que le cuesta hablar en público en su lengua materna, el árabe- en los libros de Hisham Matar está siempre la presencia de la figura del padre arrebatado, desaparecido, deseado y, posiblemente, idealizado. 

En sus dos novelas anteriores -Solo en el mundo e Historia de una desaparición- concebidas como ficción aderezada de recuerdos y vivencias personales, la narración surgía desde el punto de vista del niño que va conformando su existencia con el enorme vacío causado por la falta –ocasional o definitiva- de la figura paterna. Y, aunque la ficción no era estrictamente autobiográfica, sí que se nutría de la propia experiencia del autor. Su padre, Jaballa Matar, fue secuestrado en El Cairo en 1990 por la policía egipcia y entregado al régimen de Gadafi, que lo recluyó en la prisión de Abu Salim, de la que ya nunca salió. En El regreso el cambio de registro es total y Hisham Matar nos relata su vuelta a Libia en marzo de 2012 (“Ahí estaba la tierra. Oxidada y amarilla. Del color de la piel recién curada.”), después de 33 años de ausencia, tras la caída del dictador y antes de que el enfrentamiento sectario entre milicias desgarrase de nuevo al país abocándolo al caos, la violencia y la ley del más fuerte.

Así que en El regreso confluyen el relato de los preparativos, la llegada y el reencuentro con la familia y los lugares sentidos como propios –Ajdabiya, Bengasi, Trípoli-, a la luz mediterránea que acoge, ampara y reconforta. O, por así decirlo, la esfera de la objetividad personal, con toda la carga emocional y psicológica que conforma la propia personalidad del autor: la ansiedad por encontrar respuestas, por llenar vacíos, por saldar cuentas. Y es quizás en esta simbiosis donde el relato pierde pegada, se ahoga en una excesiva contención y se echa en falta un clímax, pues toda esta sustancia humana y vital, colectiva y política, que podría dejar noqueado al lector, pierde parte de su enorme carga potencial de impacto entre regresiones, flash backs y párrafos para contextualizar.

Aunque, por supuesto, el relato tiene el interés de descubrirnos lugares y personas cuyo tratamiento por los medios de comunicación resulta bastante superficial y, sobre todo, nos acerca a la tesitura de los exiliados, siempre divididos entre el aquí y el allí, el ahora y el antes, lo que hay y lo que se perdió, lo deseable y lo posible. Hay también algún momento tenso, escalofriante, como el que Hisham Matar dedica a su trato –conversación, llamadas, mensajes…- con Seif el Islam, al que se tenía por el hijo más moderado del sanguinario déspota. Uno de esos personajes -todopoderoso, cínico, fanfarrón- de los que uno no querría tener jamás la necesidad de esperar algo. El regerso ha obtenido el premio Pulitzer 2017 en su categoría de “Biografía o Autobiografía”.

miércoles, 21 de junio de 2017

Libros sobre la pérdida de un ser querido

No es fácil tratar un tema tan doloroso como la muerte de un ser querido: un padre, una madre, una hija o un hijo, un compañero o compañera, un amigo. Hace falta una honestidad profunda y una gran capacidad de contención para adentrarse en el dolor absoluto de la pérdida sin recurrir al cliché ni al melodrama, para no falsear o embellecer los sentimientos o los recuerdos, o hacerlo lo menos posible. En esos momentos de dolor y de soledad, la escritura puede convertirse en una forma de curación o exorcismo, de rememoración gozosa o trágica, de perdón o de venganza. En esta entrada se recogen algunas obras (solo algunas, naturalmente) que se han esforzado por alcanzar ese límite casi absoluto que es escribir desde el desgarramiento por la pérdida.

La muerte del padre provoca, en muchos escritores, una reflexión sobre la propia vida, sobre la relación con el pasado y con el futuro, con la muerte y con la inmortalidad. Efectivamente, en este tema es inevitable recordar un clásico de las letras españolas: las "Coplas a la muerte de su padre" de Jorge Manrique: un poema en el que el elogio al padre se combina con una estoica reflexión sobre la fugacidad de la vida y la vanidad de nuestras ambiciones.

Ya en épocas más cercanas, y en prosa, autores como Karl Ove Knausgard (del que ya sabéis lo que pienso), Héctor Abad Faciolince en El olvido que seremos o Paul Auster, en La invención de la soledad, han reflexionado sobre la orfandad y sus vacíos a través de una profunda y dolorosa indagación en la memoria. En El comensal de Gabriela Ybarra o También esto pasará, de Milena Busquets, por su parte, es la muerte de la madre la que espolea el proceso de rememoración y escritura, aunque en el primer caso esta muerte se combina con otra: el secuestro y asesinato del abuelo de la escritora por parte de ETA. También se trata el tema en Te me moriste de José Luis Peixoto: un breve texto en que el autor se despide de su padre con un tono poético que por momentos puede resultar demasiado recargado.

Un caso diferente es el de Nana, de Chuck Palahniuk, una novela de terror escrita como consecuencia del brutal asesinato del padre del escritor y su nueva pareja a manos del ex-marido de esta. Mientras discurría el juicio y se decidía si se aplicaba la pena de muerte al asesino, quizás a modo de exorcismo o de venganza, Palahniuk escribió esta obra, en la que quien muere no es un padre, sino niños, muchos niños, como consecuencia de una canción de cuna contenido en un libro diabólico.

Si es difícil afrontar la muerte de los padres, la de un hijo es, dicen, una de las peores experiencias que la vida puede reservar; transformar esa experiencia en belleza, aunque sea una belleza oscura, es por lo tanto una labor admirable. Esto es lo que consigue, sin duda, Francisco Umbral en Mortal y rosa, un libro complejo y que consigue transmitir el dolor contenido a través de una prosa poética y muy personal.

Con un tono menos poético, pero con igual honestidad y contención, narró Sergio del Molino la enfermedad y muerte de su hijo en La hora violeta, un libro duro pero sin patetismo en el que acompañamos paso a paso el infructuoso tratamiento del pequeño. Isabel Allende, por su parte, adoptó la forma de la novela autobiográfica para exorcizar la pérdida de su hija en Paula, en coma irreversible a causa de la porfiria; la carta confesional a la hija se mezcla en este caso con los acontecimientos políticos del momento, y con la actualidad de la vida de la escritora.

Quizás uno de los libros más cerebrales y al mismo tiempo más conmovedores sobre el duelo sea Una pena en observación, de C.S. Lewis (el autor de las Crónicas de Narnia): tras el fallecimiento de su esposa, la también escritora Joy Gresham, Lewis realiza una disección de sus recuerdos, sus sentimientos y sus creencias, con una sinceridad que por momentos raya en la crueldad consigo mismo, al mismo tiempo que busca un Dios que dé consuelo o explicación al dolor. También son imprescindibles, por su hondura y su honestidad, las obras de dos escritoras estadounidenses, autoras de sendas obras sobre la muerte del marido: en fechas bastante próximas, Joan Didion publicó El año del pensamiento mágico y Joyce Carol Oates sus Memorias de una viuda, dos libros con un tema común, el duelo por el marido, y dos estilos bastante diversos: más clínica y exhaustiva Oates, más concisa Didion.

La lista no pretende, no puede pretender ser exhaustiva; los comentarios están abiertos para que añadáis otros títulos de duelo y superación de la pérdida. Pero la entrada no podría acabar sin recordar el gran poema de luto por la muerte de un amigo: la "Elegía a Ramón Sijé" de Miguel Hernández:

Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano.
.
Alimentando lluvias, caracoles
Y órganos mi dolor sin instrumento,
a las desalentadas amapolas
.
daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado,
que por doler me duele hasta el aliento. 
 [...]
A las aladas almas de las rosas...
de almendro de nata te requiero,:
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero. 

martes, 20 de junio de 2017

Fernando Arrabal: La torre herida por el rayo

Idioma original: castellano
Año de publicación: 1.982
Valoración: Se deja leer

Pues sí, aunque parezca mentira, en ULAD todavía quedan huecos, algunos vacíos inexplicables, como no haber reseñado nada de Fernando Arrabal en más de ocho años. Puede que sea simple casualidad, o que el autor genere algún tipo de aversión que nos quite las ganas de leerle (a mí me ocurre a veces, no diré con quién o quiénes). Porque, bueno, Arrabal es un autor sumamente prolífico y relativamente aclamado –más fuera que dentro de España, es cierto-, quizá más conocido por su obra dramática, y ha tocado prácticamente todos los palos en materia literaria, incluso algunos en otras artes. Pero también es cierto que se ha creado un personaje (o caricatura) que desde luego es claramente reconocible, pero que también puede suscitar rechazo. La nómina de artistas-histriones es muy amplia y variada, pero las performances de don Fernando en los medios de comunicación, aunque poco frecuentes, son de las realmente sonoras e inolvidables.

‘La torre herida por el rayo’ es quizá una de las más conocidas obras de Arrabal en el campo de la narrativa, quizá por haber coincidido con su etapa de mayor exposición pública, o tal vez por haber ganado el premio Nadal. La verdad es que la novela tiene inicialmente muy buena pinta, pivotando en torno a una partida de ajedrez entre dos grandes maestros, en los que se centrará la totalidad del relato. Elías Tarsis es un andorrano intelectualmente superdotado con una trayectoria vital del todo errática, que discurre por los ambientes de prostíbulos en Barcelona, el noviciado en los jesuitas de Valencia, o trabajos de fresador (tornero, o algo así) en diversos lugares de España y Francia. Su única continuidad son las partidas de ajedrez por correspondencia, y una peculiar espiritualidad que a veces le conduce hacia la mística religiosa y otras hacia el desenfreno sexual, ese binomio que tanto le gusta a Arrabal. Frente al tablero, Tarsis es el talento innato y la intuición, por encima de todo.

Al otro lado está Marc Amary, un científico suizo que en poco tiempo realiza una asombrosa inmersión en el mundo de los grupúsculos marxistas más marginales. Si Tarsis parece dar continuos tumbos en todas direcciones, Amary se diría programado para orientar su inmensa inteligencia hacia el activismo izquierdista más extremo y radical. En la partida decisiva, el suizo es objetividad, análisis y precisión, un ‘robot’, como inmediatamente queda definido. De esta forma se va desarrollando el relato, desgranando cada una de las jugadas de la partida decisiva –ilustradas en plan pasatiempo de periódico-, que nos sirven de pie para ir escudriñando en la peculiar vida de los jugadores.

El planteamiento resulta sugerente, pero más pronto que tarde el interés empieza a decaer, porque las historias resultan más bien endebles. Los dos personajes se comen por completo el relato, y el puntito original empieza a diluirse en una sucesión de situaciones extravagantes, por donde emerge el particular universo del autor, con los restos del surrealismo y el Grupo Pánico al fondo. La disidencia política (también marca de la casa), la religiosidad y el sexo, todo ello llevado a extremos delirantes, forma una especie de terremoto de búsqueda/desorientación que va marcando la trayectoria de los dos personajes, una absolutamente lineal, la otra por completo azarosa.

La cuestión es que, claro está, esto es una novela, y como tal se sostiene muy difícilmente sólo con estos ingredientes. Para colmo, Arrabal parece incapaz de mantenerse dentro de un tono uniforme, y se desliza a intervalos pero con mucha frecuencia hacia una especie de lenguaje coloquial que no se justifica, algo entre una jerga gamberra y los latiguillos arcaizantes de las ‘Acacias’, pero todo seguidito y sin pausa. No me resisto a dejar el ejemplo:

‘Al cabo de dos años, con más dinero que un indiano, de sopetón, paró el carro, colocó su potosí para que le luciera el pelo… y ¡a vivir de las rentas! Aquel tesoro escupía doblones por todas partes; Amary sólo tenía que dejar correr la moneda como si fuera tesoro de duende’.

Inconsistencia de las historias y esa prosa a ratos muy cuestionable forman un conjunto que nos deja una sensación un tanto enojosa, bordeando la decepción. No obstante, sería injusto quedarnos sólo con estas carencias. Hay también algunos momentos memorables, como el rapto de locura mística que ataca a la antigua novia de Tarsis, y una parte final muy bien resuelta, en la que Arrabal consigue tejer el argumento de forma convincente, con sorpresa final incluida. Gracias a ello se salva en mi opinión el libro. El resultado final dista mucho de ser redondo, parece una buena idea poco desarrollada, que se ha quedado en sólo unos pequeños brotes de buena literatura pero que, con todo, abandonamos con un aroma no del todo desagradable.

lunes, 19 de junio de 2017

Kevin Birmingham: El libro más peligroso


Idioma original: inglés
Título original: The Most Dangerous Book
Año de publicación: 2016
Traducción: Óscar Palmer
Valoración: obscenamente muy recomendable

Este es uno de esos libros que hace que quienes comentamos sobre literatura nos vengamos algo arriba. Una conjunción de factores demasiado tentadora. Un estudio literario sobre una obra cumbre de la literatura (un clásico contemporáneo) que combina elementos diferentes, todos ellos atractivos a priori. Buena escritura, temática con aromas épicos, sentido del suspense, ritmo adecuado en lo narrativo combinado con la oportuna puesta en contexto de todo el entorno que rodeó la publicación de la obra en cuestión. Que es Ulises de James Joyce. La clase de libro cuya reseña, gracias, Juan, uno espera que un blog como el nuestro (conocido en ciertos círculos como blogcillo barato) incluya orgulloso integrando algo parecido a un fondo de armario en lo que a contenidos concierne. La clase de libro a la que tanta y tanta gente ha intentado meterle mano, saliendo escaldada en muchos casos de su difícil lectura y comprensión.
Y en función de lo leído en esta inclasificable obra, más de uno puede preguntarse si el mito que rodea a Ulises, que no es la única obra difícil y extensa de la literatura universal ni mucho menos, hubiera sido tan enorme de no mediar todo lo que El libro más peligroso describe. O, que viene a ser lo mismo, si esta obra no fue una de esas demostraciones fehacientes de que "lo importante es que hablen de uno, aunque sea mal".
Lo que se describe aquí queda en una atractiva confluencia que por momentos me ha recordado aquel magnífico ensayo/biografía sobre Salinger que reseñé aquí, guardando las debidas distancias, pues puede ser que Birmingham se centre algo más en el proceso de un libro en particular, sin ahondar tanto en detalles biográficos. Aunque todo lo que se escribe aquí sobre la vida de James Joyce viene a cuento. Su curiosa historia de amor con su esposa Nora Barnacle. Sus problemas de salud, concretamente los derivados de las enfermedades venéreas (frecuentaba prostíbulos) y los que afectaban a su visión, condicionando la escritura de la obra, un proyecto personal que todas las circunstancias convierten en obsesión.
Y, por supuesto, el centro del libro, la colosal lucha que supuso para él conseguir que Ulises fuera publicado tal como lo concibió, lucha que se hizo titánica a raíz de los sucesivos avances de sus capítulos en revistas cuyas publicaciones iban acompañadas de escándalos, de acusaciones por obscenidad de los respectivos capitostes atrincherados en las rancias y puritanas instituciones de la época, más pendientes de una descripción demasiado minuciosa del deseo sexual que de algo que hoy nos parece tan obvio como permitir que las mujeres votaran. Las maniobras, tanto para evitar su publicación como para conseguirla, convierten esta lectura en un cierto juego de suspense del cual, aunque conocemos el final; no deja de sorprendernos el encono de uno y otro bando. Joyce contó con la ayuda de importantes factores, aunque hubo de recurrir a ciertos entresijos que hoy nos dejan pasmados, apelar a editores, libreros, incluso tuvo que sufrir el veto de ciertos talleres de imprenta que no querían verse relacionados con lo que se consideraba una obra obscena y escandalosa. Cuesta creer que así estuvieran las cosas apenas hace un siglo y que hoy aún haya zonas de nuestro planeta en las que la moral inculcada por la religión y la pura religión coarten de tal manera la libertad de expresión, tanto a nivel personal como en lo que se refiere al proceso de creación artístico. Cuesta creer también que en ese momento algo como la literatura movilizara a la sociedad de la época, cuando a la de la nuestra parece que solo la movilicen pocas cosas, y prefiero no pararme a pensar cuáles.

domingo, 18 de junio de 2017

Adam Haslett: Imagina que no estoy

Idioma original: inglés
Título original: Imagine me gone
Año de publicación: 2016
Valoración: muy recomendable

Autor poco prolífico con únicamente tres obras en su haber, Adam Haslett alcanzó rápidamente el estrellato cuando su primera obra, consistente en una recopilación de cuentos, fue finalista al National Book Award y al Premio Pulitzer. No son pocos logros, como carta de presentación.

El libro objeto de esta reseña, último publicado de este autor hasta la fecha, se centra en el retrato de una familia bastante disfuncional. Estructurada en tres momentos diferentes (separados por tres grandes capítulos) y narrada por los distintos miembros de la familia, el autor nos teje una obra coral en torno a la familia y a la compleja relación entre sus distintos miembros.

El autor es realmente hábil en la forma de contar la historia. Narrada en primera persona por los distintos personajes que forman parte de la familia, en ningún momento uno pierde el foco sobre la historia. Así, nos retrata perfectamente cada uno de ellos, llenándolos de los suficientes matices para que los comprendamos, sin dejar ninguno de lado y logrando que empaticemos con todos ellos. El autor nos va introduciendo diestramente a los personajes, oyéndolos con sus propias voces, a través de sus propias reflexiones internas, lo que nos facilita que empaticemos con ellos y los comprendamos. A la vez, sabe mantener el interés, rodeando la historia, ya desde el inicio, de un áurea de misterio que nos mantiene atrapados desde justo el principio de la historia, en un viaje realizado por la familia, donde ya percibimos que algo se cuece bajo la superficie, creando un clima de tensión que sirve para marcar las líneas maestras que dan indicios sobre la personalidad de cada miembro.

A partir de ahí, sembradas ya las primeras semillas de lo que puede venir, el autor da un salto temporal y nos sitúa de pleno en la historia, detallando la compleja personalidad de sus personajes. Así, nos encontramos con John, padre fracasado, al que todo parece irle mal y se regodea en su propia miseria, demorando enfrentarse a su bajo estado de ánimo; Margaret, su mujer, tratando por todos los medios de sostener una familia, a pesar de que parece que es la única a la que le importa. Y los hijos: un Michael sabelotodo y avanzado a su edad, que nos divierte con sus análisis y conclusiones y con exceso de verborrea incontrolable, compulsivos enamoramientos y con claras tendencias hacia la obsesión (obsesión compartida a partes iguales entre la música y sus tormentosas relaciones amorosas), lo que le lleva a una adicción a los ansiolíticos; Celia, con su profesión de terapeuta y su afición por el atletismo, que comparte su vida al lado de un atractivo escritor de teatro en horas bajas, en un matrimonio ya en declive; y finalmente Alec, el pequeño de la familia, que utiliza esta condición para salirse con la suya desde pequeño («entendió las reglas desde el punto de vista de quién podía romperlas») y al que le gusta buscar relaciones esporádicas con chicos a los que apenas conoce.

El ritmo de la narración es alto, casi contagiándonos de la verborrea de Michael, que es quien conforma el eje central de la historia. La debilidad de su carácter, la necesidad que tiene de atención y la inestabilidad psicológica heredada del padre, son los puntos comunes de la historia narrada y el núcleo central desde donde, de forma casi magnética, centra y atrae al resto de elementos de la familia.

Hasta ahora he hablado de los personajes, pero no de lo que ocurre. Porque la historia y lo que sucede es lo que mantiene al lector atrapado, el querer saber a donde lleva, el querer descubrir qué hay detrás de todo, el querer averiguar cómo afrontan los personajes la historia que el autor, hábilmente, va desengranando.

En un estilo que nos recuerda al Franzen de «Las correcciones» pero también a Foster Wallace por su rapidez (y cierta dispersión) narrativa, el retrato que nos hace Haslett de la familia media americana es hilarante a ratos, a la vez que enternecedor. Pero esto es si hablamos únicamente de la superficie porque, bajo ese manto de sarcasmo y ciertos episodios que rozan la parodia, habita una historia conmovedora, triste en algunos momentos; si conseguimos rascar la superficie, vemos que más allá de una aparente comicidad nos cuenta una historia de tristeza, de limitaciones, de inseguridades, pero también de unión familiar, de superación, de estima y de sacrificios.

La novela y el poso que nos deja Adam Haslett en esta novela son de los que calan hondo, de los que hacen que nos acordemos días después de acabar el libro. De los que logran que nos enternezcamos con cada uno de los personajes y les cojamos cariño. De los que consiguen que, echando la vista atrás, no olvidemos especialmente esas cien últimas páginas que se leen de un tirón, donde todo encaja y donde todo queda asentado. Es ahí, especialmente, donde el autor nos ofrece el máximo de su calidad, donde queda evidente la valía literaria de su autor y lo que pretendía con esta obra: un canto a la familia, un canto al sacrificio, un canto al esfuerzo y una defensa de la tolerancia a los defectos de cada uno; un áurea de ternura que envuelve la familia, formada por pequeñas pinceladas de imperfecciones; un canto a la soledad compartida, a la proximidad emocional en la distancia y a la comprensión de las diferencias. Una obra que nos lleva a reflexionar sobre la responsabilidad, la dedicación a los demás y dar aquello que necesitan de nosotros, aunque sea a costa de dejar de lado nuestra propia vida.

sábado, 17 de junio de 2017

Alessandro Marzo Magno: Los primeros editores

Idioma original: Italiano
Título original: L'alba dei libri: quando Venezia ha fatto leggere il mondo
Año de publicación: 2016
Traducción: Marilena de Chiara
Valoración: Imprescindible, especialemente para bibliófilos

He tenido la gran suerte de visitar dos veces Venecia; la primera, en un viaje casi iniciático mediada la década de los 90; la segunda, en el año 2007. Sé que habrá una tercera. Estoy completamente seguro. Y sé que una parada obligatoria tendrá lugar en la Biblioteca Marciana, situada en plena Plaza de San Marcos y depositaria de una de las mayores colecciones de manuscritos e incunables del mundo. 

¿Y a qué se debe que en esta biblioteca se encuentren algunos de los mayores tesoros de la historia del libro? Pues a que, tal y como nos cuenta Alessandro Marzio Magno, Venecia fue la capital mundial del libro a finales del siglo XV y en la primera mitad del siglo XVI, hasta el punto de que en la Dominante se imprimían en esa época la mitad de los libros que se imprimían en Europa.

Sí, Gutenberg inventó la imprenta de tipos móviles apenas 60 años antes en Alemania, pero la "capitalidad editorial" se traslado rápidamente a Venecia. Los motivos son, en buena medida, económicos. En el siglo XV la República Serenísima era toda una potencia económica. Sus territorios llegaban a las actuales Croacia, Bosnia, Grecia, Chipre o Albania y sus intercambios comerciales y culturales con Oriente eran importantísimos. Además, ofrecía a artistas y artesanos grandes oportunidades y el grado de libertad del que se disfrutaba era muy superior al de otros lugares de Europa, mucho más influidos por la religión. Esto provocó que llegaran a la República de Venecia tanto artistas y artesanos de todo lugar y condición como numerosos grupos de minorías influyentes expulsadas de otros lugares de Europa, tales como griegos, judíos o armenios. 

En este ambiente se desarrolló una potente industria editorial, impulsada fundamentalmente por emigrantes centroeuropeos. A la Dominante acudieron y en la Dominante crecieron editores, impresores, tipógrafos o correctores que desarrollaron una actividad febril. Estos, junto a escritores, humanistas, investigadores, papas, obispos, reyes, dogos y, sobre todo, LIBROS son los protagonistas de esta obra.

Descubriremos la vida y obra de múltiples personajes, como Aldo Manuzio, también llamado el Miguel Ángel de los libros. Manuzio, que marcó un antes y un después en la historia de la edición, fue, por ejemplo, quien inventó el libro de bolsillo, quien creó la letra cursiva o quien imprimió los primeros best sellers. Conoceremos la historia de los Scotto, de Andrea d'Asola, de Pietro Aretino y de un sinfín de personajes de lo más varopinto.

También descubriremos, y esta es la parte que más me ha gustado, que fue en Venecia donde se imprimió el primer Corán, el primer Talmud, el primer libro en griego,el primer libro en armenio, el primer libro "pornográfico", etc. Mención aparte merece el descubrimiento de ese primer Corán, descubierto en 1987 en un convento veneciano.

En fin, un libro documentadísimo (30 o 40 páginas de notas y bibliografía dan fe de ello), pero escrito de forma tremendamente amena, ideal para bibliófilos, de esos que te llevan a "perder" horas y horas en Internet buscando nombres, libros, imágenes, que te hace desear volver a Venecia (eso sí, llevaré el libro en la mano como si de una guía turística se tratara). Un libro que es, sobre todo, un canto de amor al libro.

viernes, 16 de junio de 2017

Gonzalo Torné: Años felices

Idioma: español
Año de publicación: 2017
Valoración: recomendable

Meditabundo y algo desconcertado me ha dejado esta novela, aunque no, por una vez, debido a la valoración que me merece, sino por las cambiantes impresiones que me ha ido causando la lectura de la misma. 

Me explico: el primer capítulo del libro, que abarca más de un tercio de toda su extensión me ha parecido, si no magnífico, más que notable; desde luego, interesante y sugestivo. En esta parte se nos presenta a los personajes y el meollo del argumento: en el Nueva York de los años 60, cuatro amigos, que conforman un grupo heterogéneo (y yo diría que improbable), conocen a un joven inmigrante catalán, al que por sus cualidades apodan de inmediato como "el príncipe". Se trata de Alfred Montsalvatge, vástago de la burguesía barcelonesa que ha huido a América para alejarse de su familia y su país y, sobre todo, para convertirse en poeta. Su presencia altera y condiciona las dinámicas establecidas entre los componentes del grupo, formado por el heredero de una fortuna wasp, dos hermosas hermanas de clase media -tirando a baja- y un chico judío de Queens, con veleidades místicas, aunque no judaicas, precisamente... 

Ya digo que esta primera parte la compone una narración no perfecta, pero sí bastante sugerente; en ella están, creo yo, los mejores pasajes de la novela y también los más divertidos, sobre todo los que se refieren a la muy "rothiana" familia de Kevin -quien dice Queens, dice Newark- o el toque Fitgerald que acompaña las vicisitudes del un tanto insoportable Harry. Estas influencias ya se han expuesto en otras críticas que han elogiado el libro, pero casi no se ha mencionado una que me parece evidente. ¿Nueva York? ¿Un heredero llamado Harry Osbord? ¿Una adorable joven pelirroja? ¿Una especie de superhéroe social que parece ocultar un misterio en su vida? Vamos... si sólo falta un cameo de Stan Lee... Y todo esto no lo he puesto en broma; la primera parte bien podría inspirar -o inspirarse en- las vicisitudes del pobre Peter Parker, con entrañables amigos susceptibles de convertirse en enemigos y seductoras amigas siempre a punto de convertirse en algo más que amigas... o dejar de serlo.

No quiero "espoilearle" la novela a nadie (perdón por el palabro), pero diré que, en mi opinión, a partir de aquí pierde bastante de su estado de gracia y se precipita a un previsible recuento del desencanto generacional (da igual de qué generación; de todas), con las consabidas pequeñas o grandes mezquindades, matrimonios, traiciones (las peores, las que se hacen a uno mismo), envidias y deslealtades. Vamos, lo de esperar en cualquier bildungsroman que en vez de la niñez, tome como punto de partida esos "años felices" de la primera juventud en el que aún nos podemos creer capaces de cualquier cosa, empezando por preservar la propia nobleza de espíritu. También he de decir que, tras esta pequeña decepción que me supuso el giro hacia senderos que me parecen  más trillados, los últimos dos capítulos -olvidé señalar que no todos los capítulos del libro tienen la misma extensión- representaron una sorpresa agradable, pues nos ofrecen un epílogo -en realidad, se puede considerar que dos diferentes, ya sean alternativos o complementarios-, que reconduce la narración y ayuda a cerrar el libro quizás no con el entusiasmo del principio, pero al menos con una moderada satisfacción.

(Quiero mencionar que también hay quien ha visto en esta historia una metáfora política sobre la Transición española... no seré yo quien niegue esa interpretación, pero tampoco me atrevo a ratificarla).

Esta estructura argumental un tanto elíptica, enlaza además con la manera de escribir de Torné, con un estilo elegante pero que tiende a lo indirecto, lo alambicado, incluso, aunque en esta su tercera novela ya no sea tan necesario como en la primera que publicó releer algún párrafo para enterarse bien de lo que pretende contar; en este libro el autor ha conseguido, salvo en algún momento, mantener a raya esta tendencia suya, sin dejarse arrastrar por ese retorcimiento narrativo. Hubiera sido deseable que también se hubiese mantenido alerta sobre la costumbre de acabar con oraciones interrogativas los muchos párrafos en los que nos desvela las reflexiones de los personajes; ese tono dubitativo no hace que se sienta más simpatía por ellos, sino incluso todo lo contrario... 

Aún así, quizás sea la de Torné una de las prosas más distinguidas y, por la evolución que parece llevar, prometedoras del panorama literario actual en español. Ello hace que no dude en recomendar la lectura de Años felices, aunque sólo fuera para saber si otros lectores experimentan los mismos cambios de impresión que yo. Y no sólo por eso, claro, pues la novela guarda otras muchas virtudes, imprevistas delicias que sin duda pueden encandilar a más de un lector. Compruebe usted mismo, cada uno de ustedes, si es el caso.

jueves, 15 de junio de 2017

Íñigo Pirfano: Música para leer

Idioma original: castellano
Año de publicación: 2.015
Valoración: Está bien (curioso, interesante)

Esto sí que es una asignatura pendiente. En mi casa hay montones de discos de música clásica, varios cientos. He escuchado la mayoría, haciendo un esfuerzo por educar el oído, por ser capaz de valorar como es debido esas obras inmortales, hasta he ido alguna vez a la ópera. Así que soy el arquetipo perfecto de esos que, según Íñigo Pirfano, ‘quizá albergan la sospecha de que se trata de un mundo fascinante y enriquecedor, pero les parece que no disponen de las claves para acceder a él; no saben cómo han de acercarse a las grandes creaciones musicales, y pronto se rinden con la amarga sensación de que han perdido ese tren’. Pero no, no lo hemos perdido del todo,  lo intentamos una vez más, ahora a través de este libro.

Es muy de agradecer el esfuerzo del autor por atraer para la causa a este contingente de  profanos. Para empezar, intenta seducirnos mediante una introducción al mundo de lo que llama ‘gran música’, como era de esperar con tonos entusiastas, pero que también suenan sinceros, y hasta con algunas hipérboles afortunadas y con un divertido perfil sanitario: ‘En nuestra escala –no ya de prioridades, sino de necesidades- la música de Mozart debería ocupar el puesto inmediatamente posterior al oxígeno’, o ‘No me parecería exagerado que los discos de Mahler se vendieran en las farmacias’. Todavía estamos en fase de ser introducidos en ese mundo desconocido, cuando pasamos a un pequeño muestrario en torno a siete autores significativos (en concreto, Bach, Mozart, Beethoven, Brahms, Mahler, Debussy y Stravinsky). Claro, Pirfano es director de orquesta, y parece tener muy claro por dónde conducir al ignorante hacia el objetivo. Empieza en cada caso por una semblanza del músico, sencilla y entretenida, intentando que la información resulte relevante y, sobre todo, atractiva para el lector. Es decir, que seamos capaces de ver a cada autor como individuo, con sus vicisitudes personales y tal vez una historia interesante que ayude a conocer un poco su obra. Siempre la vocación pedagógica del libro.

Una vez seducidos, pasamos a la instrucción. Elige Pirfano una de las creaciones de cada autor, y pasa a diseccionar los pasajes más importantes, los que mejor la definen o los que sirven para ilustrar algún concepto. Encontramos aquí comentarios –siempre sucintos y laudatorios- sobre diálogos entre instrumentos, creación de atmósferas, tonalidades y colores, distintas voces de los cantantes. Cuestiones que nos van abriendo los ojos a cosas que nunca hubiéramos descubierto con solo escuchar esas piezas. Lo más novedoso es que el libro incorpora una buena muestra de cómo integrar el texto escrito con recursos tecnológicos: las explicaciones -como decía, breves y sencillas- se acompañan con sucesivos códigos QR que enlazan a la escucha de esos fragmentos concretos, o bien de la obra en su totalidad. Parece algo realmente lógico, casi obvio, que el lector tenga la oportunidad de escuchar sobre la marcha el pasaje sobre el que se habla, así que desde este punto de vista la solución es impecable. Otra cosa es que, si seguimos de continuo la pauta, mejor será afrontar la lectura sin prisa porque deberemos interrumpir el hilo una y otra vez para dar paso a la música. O que algunos enlaces no funcionen como deben, que eso ya tiene peor solución. Pero la iniciativa me parece del todo acertada.

En el último apartado del libro –que Íñigo muy atinadamente titula ‘Coda’, en vez del más literario y menos musical ‘Epílogo’- insiste de nuevo en la idea inicial: es un trabajo claramente divulgativo, dirigido de forma expresa a todos aquéllos a los que nos gustaría ser capaces de disfrutar de este tipo de música y que, sea por incultura o por insensibilidad, como mucho podemos apreciar la belleza de un aria o tararear algún estribillo operístico famoso. En ese sentido creo que ‘Música para leer’ cumple su cometido, aunque modestamente. Quizá debería haber sido algo más ambicioso, porque en su compañía tal vez subimos el primer escalón, que ya es algo, pero la escalera se me antoja enorme, casi interminable. Y para subir al menos algún que otro piso hay que ponerle muchas ganas y bastante dedicación. Y a eso no sé si llegamos.

miércoles, 14 de junio de 2017

William T. Vollmann: Historias del Arcoíris


Idioma original: inglés
Título original: The Rainbow Stories
Año de publicación: 1992
Traducción: José Luis Amores
Valoración: recomendable

Retumban en mi cabeza (una vez y otra, y creo que no es la primera vez que las rememoro aquí) las palabras de cierto comentario en Facebook de Javier Calvo. Algo así como que la industria editorial norteamericana (con sus sedes en rascacielos, sus premios literarios, su colosal aparato publicitario) se las apaña para vendernos lo mismo una y otra vez.
Y claro, añado yo, que nosotros lo compramos. Si hago esta reflexión, es por la profusión, agudizada en los últimos tiempos, de nombres que se relacionan con un cierto concepto identificable pero difícil de explicar (pureza, dificultad, libertad creativa), que ha permitido concretar un panorama literario "alternativo" pero no "minoritario" encabezado por Pynchon, Gaddis, Barth, Barthelme y Foster Wallace, con un pelotón algo más asequible que integrarían DeLillo, Franzen, Lethem, Roth o incluso McCarthy. Sé que me dejo algunos.

Pues bien: a ese primer grupo podéis ir añadiendo este nombre: William T. Vollmann. Un escritor con un aspecto físico extraño, a medio camino entre un veterano de guerra y un granjero que acaba de cerrar un trato por un centenar de gorrinos. Muy alejado del estereotipo que se retrata en salas llenas de libros de sedes en pisos por encima del 75. Un tipo al que un desorientado y descabellado estudio del FBI atribuía relación con aquel terrorista llamado Unabomber y, desde luego, un escritor muy capacitado técnicamente hablando. Las comparaciones (hasta una cierta competencia) con  DFW surgieron en su momento, y aunque puede que haya ciertas similaridades (a Vollmann también le gustan las notas al pie, la duración desmesurada y no le tiene miedo a ser muy duro en las descripciones), creo que hay profundas diferencias.
Historias del Arcoíris es una extensa (casi 600 páginas) colección de relatos, casi crónicas en algún caso, cuyo trazo común es la alusión a colores en todos sus títulos. Son relatos extensos, con algún leve punto de relación entre sus personajes, más homogéneos en sus ubicaciones físicas (zonas como el Tenderloin, una barriada particularmente conflictiva de San Francisco) y desde luego casi siempre protagonizados por personajes en la pura marginalidad. Si  Luz ultravioleta despliega el abanico de la desesperación (1992, la enfermedad era una garantía de muerte casi fulminante) de los enfermos de SIDA acudiendo al hospital, ya no nos alejaremos mucho de ahí, y de los toxicómanos seropositivos pasaremos a las tribus de skinheads, los batallones de prostitutas callejeras y los indigentes que pernoctan bajo los puentes de la autopista. El panorama es desalentador y Vollmann no lo dulcifica con humor negro. Vollmann narra lo que ve en su vida y lo que proyecta en su cerebro y lo transcribe con las palabras que dan fe de un modo más preciso. Simplemente levanta testimonio, de forma fría. En Damas y luces rojas va desgranando el dinero que le ha ido costando cada información que ha ido obteniendo de las prostitutas que va presentando. Rosa amarilla, sorprendentemente comedido, es un obvio homenaje a Carver, como si una tensión perversa pugnase por aflorar bajo su tono clásico. Aunque Vollmann también se encarga de instalar escollos. Un par de relatos de los incluidos aquí son realmente de digestión bastante pesada, y alguno de ellos no es precisamente corto. Pero me da que prescindir de ellos no tendría demasiado sentido, que hay que respetar esa unidad incluso ante el volumen de páginas y la tentación de pasar al siguiente relato. Si es que uno aprende de forjarse como lector a base de tochoweeks. Aquello del ritmo y aquello del avance aunque sea a base de un par de páginas.
Estas Historias del Arcoíris parecen el catálogo de un escritor con un pasado personal bastante complicado pero determinado a mostrar todo su potencial. Y eso da para todo: desde capítulos que parecen extractos de la Biblia hasta descripción cruda y casi científica del proceso de una autopsia. Vollmann parece no querer dejar nada en el tintero, nada de lo disfrutable y  nada de lo recriminable, todo está en esa docena larga de historias. Ésa es una voz que pide ser oída y, por lo que a mi concierne, voy a hacerle caso.

martes, 13 de junio de 2017

Martín Casariego: La hija del coronel

Idioma original: español
Año de publicación: 1997
Valoración: Se deja leer


Allá por los años sesenta, el protagonista, hijo de los pobres aparceros de una próspera finca en tierras del Huelva que no llega a asumir su condición, usurpa la identidad del señorito para enrolarse en la Legión pasando a formar parte del Tercio melillense.

Lo primero que me molestó fue cierta impericia, un manejo de las herramientas literarias que recuerdan a un escritor novel, situaciones descritas a vuela pluma, detención en detalles irrelevantes, enumeraciones anodinas, prosa en ocasiones algo descuidada, un ritmo narrativo lento y bastante monótono. Todo lo cual mejora notablemente cuando el protagonista entra a formar parte, por causas ajenas a su voluntad, del truculento grupo Hijos de la Noche. A partir de ahí, el contenido adquiere complejidad e interés, los personajes empiezan a definirse un poco dejando de ser meros pretextos para presentar un cuadro de costumbres de la vida militar que salen y entran sin dejar huella en la memoria de los lectores. Casi hasta el final, Casariego consigue adueñarse de las riendas, encuentra el ritmo adecuado y define sus propósitos narrativos, encontrándonos, por fin, con párrafos enteros que transmiten emoción así como descripciones efectivas y bien trabajadas, derivas argumentales incluidas. 

No obstante, esta discrepancia entre una parte y otra queda un poco forzada, el abandono de la inacción narrativa y del tono excesivamente monocorde a base de añadir, e ir incrementando, las escenas eróticas y violentas dejan demasiado en evidencia la necesidad de provocar un interés que había brillado por su ausencia hasta el momento.

Todo eso sin olvidar que el factor más esperado, baza fundamental de la trama y verdadero responsable de la tensión narrativa, a saber, cuál será el desenlace de la gran impostura en torno a la cual ocurre todo, queda inexplicablemente en el aire. Una omisión tan fácil como imperdonable que acaba dejando en nada esas intenciones que habíamos creído adivinar en algún punto de la historia.

Tanto las situaciones como la mentalidad de los personajes recrean claramente esos años sesenta en que transcurre la acción. Lo extraño es que el enfoque que se da el texto, el trato que recibe el único personaje femenino con alguna relevancia y la forma de abordar las situaciones parecen un tanto anacrónicos, incluso rancios, en una obra escrita ya al borde del siglo XXI. Porque esta hija que da título al libro y que, tal como indica su sintaxis, existe en función de los varones que la rodean, no es más que un triste y solitario florero cuya única e involuntaria función se reduce a desencadenar un rosario de tragedias y a servir de excusa para incluir un par de tópicas escenas de sexo. En ese ambiente, algunos (el propio José, el coronel, el sargento apodado Mijo, el teniente Perales y algún otro compañero que destaca por su violencia) son los que toman decisiones, María, aún apareciendo como culpable (“La Virgen del Pecado atraía la desgracia sobre aquellos que la rodeaban”), únicamente las sufre. Hasta un personaje tan secundario como Ahmed, un niño marroquí, tiene más capacidad de decisión sobre su futuro que ella.

“Mientras la miraba, pensó que si ella hubiera pronunciado cualquier otro nombre, cualquier nombre que no fuera el suyo falso, la habría matado allí mismo, con sus manos, la hubiera estrangulado con esas mismas manos con las que ahora la sujetaba por las sienes.”

¿Qué puede hacerse cuando te das cuenta de que estás leyendo algo a disgusto? ¿Abandonar el libro? Por supuesto. A no ser que estés comprometido con un blog (con este, por ejemplo) y empezar otra lectura desdeñando las páginas leídas suponga una considerable pérdida de tiempo. Por otra parte, no me cabe duda de que los argumentos contrarios a esta novela pueden animar a leerla a más de uno, y si esto sucediese lo consideraría un acierto por mi parte.

La hija del coronel, que recibió el Premio Ateneo de Sevilla 1997, pretende ser tragedia y se queda en mero melodrama, con mucho morbo innecesario y poca verosimilitud en su recta final que le prestan cierto aire almodovariano, aunque sin la sorna y sana ironía que caracterizan al cineasta.

lunes, 12 de junio de 2017

Virginia Aguilera: Ojos ciegos



Idioma original: castellano

Año de publicación: 2016

Valoración: Recomendable


Lo que me picó la curiosidad e indujo a leer Ojos Ciegos fueron el pequeño cúmulo de detalles que la envolvían; una historia ambientada en 1868, en los meses previos al estallido de la revolución conocida como La Gloriosa, emplazada en los desolados páramos turolenses y protagonizada por un juez prácticamente ciego y su ayudante, una impetuosa adolescente. Rasgos más que suficientes en mi caso como para sugerir una posible lectura inédita y sorprendente. A su vez, Ojos Ciegos contaba con el aval del galardón –sí, este es de los casos en que este tipo de reconocimientos mantiene todavía algún valor- que por unanimidad le deparó el jurado de la última edición del Premio Francisco García Pavón de narrativa policíaca.

La curiosidad ha tenido merecida recompensa. Virginia Aguilera (Zaragoza, 1980) ha armado en Ojos Ciegos una trama que funciona -aunque sin pretender poner a mil la adrenalina del lector- gracias a unos personajes con carisma y tirón como el juez Juan Carlos Rodríguez, que contrapone a su limitación sensorial una mentalidad abierta y convicciones firmes, y su ayudante, Candela, que con 17 años –casi veinte menos que el Juez- se asoma a las turbulentas relaciones de los habitantes del falansterio de Villacadima, una de esas comunidades creadas al albur de las ideas del socialismo utópico desarrolladas por teóricos como Charles Fourier.

El detonante de la acción es la desaparición de una de las integrantes del falansterio también llamado Alegría, lo que da pie a la investigación sobre cómo se organiza y articula esta utópica colectividad, igualitaria y autosuficiente, de aíres edénicos. Lo que no deja de ser una reflexión sobre el funcionamiento de la mente humana, lo inevitable de su pulsión egoísta y de su tendencia a buscar la plenitud propia mediante el sometimiento ajeno y lo inviable de los modelos de organización comunitaria basados en exclusiva en el principio de la intrínseca bondad humana.

Conocer la decencia, predicarla, imponerla a los demás y ser incapaz de domeñar las bajas pasiones. También Candela había detectado en la maestra esa lubricidad en la mirada de una mujer que se pretendía templada, una codicia de placer escondida tras un falso estoicismo.” Por supuesto, Ojos Ciegos, como cualquier narración del género, va de lo que media entre la apariencia a la realidad, entre las formas y el fondo. Que este descubrimiento esté en gran parte a expensas de una adolescente recatada e insegura, y a la vez audaz y lúcida, genera un vínculo potente entre el personaje y el lector que hace de palanca y empuja el afán de éste por leer y descubrir. Que el relato transcurra entre la sequedad, aspereza y rigores de la comarca turolense del Jiloca –aunque la propia editorial madrileña se empeñe en la faja de portada en situarla en el Pirineo- nos viene a recordar que esos parajes condenados al silencio y al olvido también existen. Y que la autora recree toda esta atmósfera con un lenguaje cuidado y pulido, con un tono acorde a la época y afinado a la actualidad supone igualmente un mérito que agradecerle.

domingo, 11 de junio de 2017

Álvaro Cepeda Samudio: La casa grande


Año de publicación: 1961
Valoración: Muy recomendable

Las únicas referencias que tenía de Álvaro Cepeda Samudio procedían de "Vivir para contarla", las conocidas memorias de Gabriel García Márquez. Y es que ambos formaban parte del llamado "Grupo de Barranquilla", que allá por los años 40 y 50 dinamizó la vida cultural de la ciudad colombiana. De todos los integrantes de aquel grupo, el mayor reconocimiento sería para García Márquez y uno de los mayores "olvidos" sería para Cepeda Samudio, debido a su escasa obra y a su temprano fallecimiento, con apenas 46 años.

Dentro de esa escasa obra destaca su única novela, este "La casa grande", en la que se aprecian ecos del "Pedro Páramo" de Rulfo, de toda la narrativa de Faulkner o incluso del "Libro de Manuel" de Cortázar. De "La casa grande" dijo García Márquez que se trata de un experimento arriesgado. ¿Y quién soy yo para llevarle la contraria a todo un premio Nobel?

Pues eso, se trata de un libro "difícil", no apto para todos los públicos. Por ejemplo: absténganse lectores que busquen pasar unas horas de entretenimiento sin más, absténganse también lectores que gusten de historias con estructura tradicional, de historias en las que todo te lo den bien mascadito, etc. No es este un libro para ese tipo de lectores porque el texto del colombiano exige un plus de esfuerzo y atención. "La casa grande" está plagado de elipsis y el cambio de tiempos, estilos y voces narrativas es constante, lo que exige un cierto grado de implicación por parte del lector.

Tenemos, por un lado, la "masacre de las bananeras", que ya aparecía en "Cien años de soledad", contada (eso sí) de una forma peculiar, en la que se mezclan diálogos e impresiones de soldados que participan en el operativo, partes militares, decretos y descripciones tan hermosas como esta:

Todavía no eran la muerte: 
pero llevaban ya la muerte en las yemas de los dedos:
marchaban con la muerte pegada a las piernas:
la muerte les golpeaba de una nalga a cada tranco:
les pesaba la muerte sobre la clavícula izquierda:
una muerte de metal y madera que habían limpiado con dedicación

Por otro lado está la historia de la familia que habita la casa grande, microcosmos y metáfora de la situación exterior. La familia está encabezada por uno de los notables de la ciudad, el Padre, personaje implacable y autoritario que determina el destino de la familia y del pueblo.

Ambas historias se entrelazan. La masacre de las bananeras hace que explote el odio del pueblo hacia el Padre. Odio y violencia por todas partes; más larvada en la familia, más cruda, más física en el pueblo. Odios anteriores y posteriores a la revuelta de los trabajadores. Violencia que acaba destruyendo, interior y exteriormente a las personas.

Aunque ya digo que ambas historias confluyen en determinados momentos y personajes, las dos podrían ser leídas de forma independiente, siendo la primera mucho más "asequible" en su estructura y desarrollo que la segunda. Digo esto porque en la historia de la familia de la casa grande los saltos temporales y las voces se suceden. Los acontecimientos principales en la vida de la familia tienen lugar en dos momentos concretos y los diferentes personajes ofrecen su visión o sus recuerdos de esos momentos de forma fragmentaria. No es fácil seguir la historia, por momentos parece confusa, pero finalmente las piezas van juntándose y el puzzle toma forma.

Destacan, fundamentalmente, dos aspectos de la novela. En primer lugar, la capacidad del autor para llevarla a buen puerto manejando hábilmente la escasa información que ofrece. Puede, por momentos, parecer confusa, pero todo cuadra, todo encaja. En segundo lugar, su complejidad técnica: largos diálogos, poéticas descripciones, recuerdos, pequeños flashes, partes, decretos, etc, que hacen de la lectura de este libro un reto en el que conviene estar muy atento.

En resumen, todo un descubrimiento de un autor tragado por la vorágine del boom latinoamericano que, afortunadamente, ha sido rescatado del olvido.

sábado, 10 de junio de 2017

Kent Haruf: Nosotros en la noche

Idioma original: inglés
Título original: Our Souls at Night
Año de publicación: 2015
Valoración: está bien

Me acerco a este libro con el tiento propio de la historia que cuenta. Más aún, sabiendo que su autor (finalista al National Book Award por su anterior obra "Plainsong") decidió escribir esta novela cuando le diagnosticaron un cáncer a los setenta y un años, y se propuso terminarla en los pocos meses que le quedaban de vida. El resultado es este libro pausado, emotivo y nostálgico, que ofrece una mirada al pasado mientras uno se prepara para el futuro.

El autor no se anda con rodeos en presentarnos el escenario y hace lo correcto al ser un libro de poca extensión. La historia empieza cuando Addie, una mujer de avanzada edad,  propone a su vecino Louis pasar las noches juntos y compartir esos momentos de intimidad previos a la hora de acostarse, para evitar la soledad siempre presente cuando termina el día. Esta proposición, y la aceptación de Louis, supone un cambio en sus vidas y despierta la curiosidad de los vecinos de su pequeña comunidad, siendo causa de chismorreos, ciertas envidias y recelos acerca de si es apropiado que rehagan sus vidas a esa edad. Asimismo, la llegada del nieto de Addie, a quién tendrá a cargo durante unas semanas, supone tener que encargarse de alguien aparentemente ajeno a sus propias vidas; este hecho altera su relación y les obliga a adaptarse a ella.

Con este argumento, la intención de la novela es evidente; se trata de una novela donde el afecto, el cariño, el sentimiento de proximidad y compañía es siempre presente y un elemento que envuelve la historia. Esos instantes de compañía sirven a los protagonistas, y a los lectores como testigos de la historia, conocer las vidas de ambos en clave retrospectiva, pero sin dejar de lado el presente. Las conversaciones entre ellos nos permiten conocer quienes han sido, como han llegado a este momento de la vida, qué les ha preocupado y qué han querido, cuáles han sido sus expectativas y cómo el paso del tiempo les ha dado respuesta.

Es posible que el libro tenga cierto aire autobiográfico cuando, al narrar Louis la enfermedad que acabó con la muerte de su mujer, realmente esté hablando de él mismo en la piel de ella, en el deterioro sufrido, en ver la cercanía del final y desear que finalmente le alcanzara el destino. Uno siente tristeza al leerlo, sabiendo que el autor los escribió cuando se encontraba en esa situación. Es posible que el libro sea una forma de dejar constancia de parte de su vida, como un legado final.

Hablamos de un libro que se lee con cierta pausa, con la mirada nostálgica hacia el pasado, siendo testigo de la calidez de dos personas mayores que buscan la compañía uno de otro para compartir las noches de soledad, pero a pesar de la edad, buscan cierto deseo en tener la vista puesta hacia adelante, buscar un estímulo que les alegre sus vidas, alguien que se preocupe por ellos y también alguien por quién preocuparse. Algo que les aleje, aunque sea mentalmente, de su propio final. También nos proporciona interesantes reflexiones acerca de cómo se ve esta situación a los ojos de los demás y los prejuicios que pueden tener los amigos, conocidos y especialmente el importante papel que juega la familia en todo ello.

No esperéis más de esta novela que lo expuesto aquí, pero a pesar de ser un libro sin muchas ambiciones, sí se trata de una lectura agradable. Se echa de menos algo más de profundidad en los temas tratados, que podrían dar bastante más de sí; me temo que el poco tiempo que disponía el autor para completar la novela la condicionó en este aspecto aunque se agradece que tuviera tiempo de acabarla pues nos deja un bonito legado.

Se trata pues de un libro que nos acerca a la vejez desde el punto de vista de la soledad y de la necesidad de compañía. En unos tiempos donde abunda la individualidad y cierta tendencia al egoísmo, es de agradecer que un libro nos devuelva el sentimiento de solidaridad y cariño a nuestros allegados. Al fin y al cabo, debemos cuidar de los nuestros y, más aún, a las personas mayores pues sus facultades se reducen con el paso del tiempo y es cuando más nos necesitan; hay que ayudarles e intentar entenderlos, y esto no debería ser difícil pues, si nos fijamos bien, si somos capaces de acercarnos suficientemente a ellos, veremos que no somos tan diferentes, pues ellos tienen algo de nuestro yo futuro.


viernes, 9 de junio de 2017

Boris Vian: Escupiré sobre vuestra tumba

Idioma original: francés
Título original: J'irai cracher sur vos tombes
Año de publicación: 1946
Traducción: Juan Alcover
Valoración: recomendable

Vamos a ver. Creo que, a pesar de todo lo mucho que hay de criticable en este mundo de hoy tan global y tan patatín patatán en algo hemos avanzado. Se discuta el sentido de ese avance o no ya es a gusto de cada cual. Pero en 1946 Boris Vian tuvo que publicar este y otros libros bajo pseudónimo (Vernon Sullivan) y parece (como a Joyce unas décadas antes) que el motivo eran los problemas que podía acarrearle ser acusado de obscenidad por unas cuantas escenitas subidas de tono y por el par de visitas a Anna que el protagonista hace acompañado de Dex. 
Yo no digo que sea mejor este mundo donde Internet es un campo al que no se le pueden poner puertas y cualquier pre-adolescente espabilado se las apaña para esquivar el control paterno de su smartphone y curiosear a sus anchas en PornHub. Pero desde luego el poner trabas a la publicación de buenas obras literarias por unos cuantos detalles cándidamente explícitos, no llegará a cinco páginas, de encuentros sexuales, pues creo que es bueno que eso haya pasado al olvido o al entrañable (por lo iluso) mundo de las limitaciones por edad y los consejos sobre contenido explícito.

La historia de Vian, por eso, tocaba asuntos delicados en la época: setenta años atrás nos sorprende que el tabú absoluto traspasado, el nudo de la cuestión, véase la sugerente portada de esta atroz traducción del clásico del enfant terrible de las letras francesas de la época, sea el de las relaciones sexuales entre razas diferentes. Esto hoy nos resulta enternecedor, o a mí me lo resulta, o creo que debería, en ciudades europeas que son, y a ver si nos metemos en la cabeza que esto nos enriquece, crisoles de razas, culturas, idiomas y credos que deberíamos aceptar hace ya mucho y velar por que se integren de la mejor manera.
Entonces Lee Anderson acude a su trabajo de librero, carta de recomendación en ristre, con un plan. Un plan cruel y siniestro y perverso que parte de su deseo de venganza y de su condición ventajosa. Es Negro (Vian lo pone en mayúscula) pero su aspecto exterior no lo manifiesta. Y desde la librería empieza a relacionarse con la gente del barrio. El alcohol corre a raudales, la vida disoluta y los cuerpos jóvenes (demasiado jóvenes) empiezan sus retozos y de repente, página 110 o así, el libro es corto y directo y parco en florituras, la cosa se ennegrece, pero no de raza, aquí ya hablo de estilo literario, aviso, y el lector se incomoda, antes ya ha estado incómodo con tanta procacidad, pero ahora empieza a sentirse mal, qué mal le han hecho, qué resuelto hacia la ejecución de su plan, no puede ser, no puede ser tan injusto, tan cruel, no puede ser todo tan gratuito y no, seguro que no va a pasar, seguro que Lee, que es un tío listo, decidido, que habrá leído alguno de los libros que vende, no puede ser. No.

jueves, 8 de junio de 2017

Marcel Schwob: El libro de Monelle

Idioma original: francés
Título original: Le Livre de Monelle
Año de publicación: 1894
Traducción: Mauro Armiño
Valoración: está bien (?)

A sus veintitrés años, cuando aún era un joven prometedor en las letras francesas -aunque quizás nunca dejó de serlo- y, desde luego, antes de iniciar su relación con la actriz Marguerite Moreno, Marcel Schwob se enamoró de una aún más joven prostituta llamada Louise, que moriría a cusa de la tuberculosis tres años después. A raíz de esta relación truncada, Schwob escribió El libro de Monelle, publicado en 1894, en el que hablaba, por medio de un heterónimo, de su amada fallecida y también de otras jovencitas que muy bien podrían ser ella.

¿Suena un pelín escabroso, verdad? Pues más todavía si pensamos que el libro se inicia con un elogio de la bondad de las "prostitutas niñas" (pensemos que con "niñas" se refiere a "adolescentes"... pero aún así no es que resulte una idea muy edificante). Ahora bien, que nadie piense que el libro constituye un catálogo de perversiones salaces y ni siquiera un anuncio del "lolitismo" avant-la-lettre -bueno, un poco igual sí-; Schwob era sin duda un tipo y un escritor de gran sensibilidad y cuando nos habla de bondad, suponemos que quiere decir bondad, no "sumisión sexual por parte de menores de edad" (otra cosa, claro, es lo que pensaran del asunto esas jóvenes prostitutas).

El libro consta de tres partes bien diferenciadas. la primera, titulada Palabras de Monelle, viene a ser un compendio de enseñanzas de esta idealizada Monelle, a medio camino entre el lirismo simbolista (ya saben: esa evolución Pokemon del Romanticismo) y, me temo, los libros de autoconocimiento y crecimiento interior. Para muestra, un botón:

"Y Monelle dijo también: te hablaré de los momentos.
Mira todas las cosas bajo el aspecto del momento.
Deja a tu yo que vaya al capricho del momento.
Piensa en el momento. Todo pensamiento que dura es contradicción.
Ama el momento. Todo amor que dura es odio.
Sé sincero con el momento. Toda sinceridad que dura es mentira."

Reconozco que esta es la parte que menos me gusta del libro y lo peor que he leído, hasta ahora, de Schwob, aunque bien podría ser lo mejor que hubiese escrito Paulo Coelho, de haber salido de su mano.

En cambio, la segunda parte del libro es, a mi entender, la más interesante; bajo el epígrafe Las hermanas de Monelle, Schwob nos ofrece una serie de relatos cortos -más bien semblanzas-, con otras y variadas nínfulas como protagonistas, a las que califica La egoísta, La voluptuosaLa perversa, etc... Sí, he escrito "nínfulas" por no repetir niñas o púberes, y además emplear un término de resonancias literarias, pero que nadie presuponga un contenido erótico a estos relatos (aunque alguno de ellos sí que sugiera una cierta inquietud onírica); no sé cómo sería el bueno de Marcel en su vida íntima, pero como escritor, desde luego que no es un sátiro depravado.

Por último, un tercer capítulo narra, tras el título La vida de Monelle y con un evidente aliento poético y alegórico, su relación con la misma -es decir , con Louise- y la muerte de ésta. Se trata casi de lo que podríamos considerar un poema en prosa y, como tal, me siento poco capaz de valorarlo; habrá, sin duda, a quien le resulte una obra de un lirismo y una sensibilidad conmovedoras, a otros, sin embargo, les puede parecer una cursilería sin remedio. Por mi parte, me limitaré a decir que está en consonancia con el resto del libro, que en su conjunto, bordea esa delicada línea que transcurre entre lo sublime y lo insustancial, entre lo sincero y lo artificioso, entre lo brillante y lo pudendo. Hacia qué lado cae ya lo debe decidir cada cual.


Otros títulos de Marcel Schowb reseñados en Un Libro Al Día: Vidas imaginarias

miércoles, 7 de junio de 2017

Joyce Carol Oates: Memorias de una viuda

Idioma original: inglés
Tïtulo original: A Widow's Story: A memoir
Traducción: María Luisa Rodríguez Tapia
Año de publicación: 2011
Valoración: Muy recomendable

Encontré este libro buscando información para una entrada temática que publicaré por aquí dentro de poco; el título y el resumen me decían que encajaba con lo que estaba buscando, así que inmediatamente me lo compré en ebook, lo descargué y empecé a leer. Y seguí leyendo, hasta que tuve de parar, porque estaba a punto de echarme a llorar delante del ordenador, y no precisamente por tener los ojos cansados de la lectura.

Que conste que no suelo llorar nunca, o prácticamente nunca, con un libro o una película. ¿El final de Titanic? Meh. ¿El discurso de Schindler en La lista de Schindler? Meh. ¿El final de Amour de Haneke? Bueno, ahí sí que se me puso un nudo en la garganta. La última vez que recuerdo llorar por culpa de una obra de ficción fue cuando murió David el Gnomo, y aun así me tragué las lágrimas porque mi hermano mayor estaba cerca.

Y sin embargo, en la página 47 de Memorias de una viuda tuve que parar, porque me ahogaba.

El título describe muy bien el contenido de la obra: son las memorias de Joyce Carol Oates en relación con la muerte de su marido, Ray Smith, en 2008, a causa de una pneumonía y/o de una infección hospitalaria posterior. Un hombre sano, trabajador, feliz y cariñoso se siente levemente enfermo, ingresa en urgencias de un hospital provincial y una semana después ha muerto. ¿Cómo puede alguien asumir que en tan poco tiempo ha perdido al compañero de su vida, con el que compartió 47 años? ¿Cómo se puede seguir viviendo después de un golpe así?

Esa es la pregunta que parece querer responder Joyce Carol Oates con esta obra: el proceso de reajuste brutal que debe acometer para responder a esta nueva realidad, y la forma como la vida exige seguir siendo vivida (en términos casi meramente funcionales, primarios, instintivos), más allá del deseo romántico de "no sobrevivirnos el uno al otro" que reina en una pareja compenetrada como el de los Smith.


Y el recuento de estos días, meses, años, confusos y dolorosos se realiza con un pormenor casi inhumano: Memorias de una viuda no es una breve y punzante reflexión sobre la muerte, como Una pena en observación de C. S. Lewis; son casi 440 páginas de reconstrucción detallada de cada momento, de cada paso, de cada sentimiento. Las noches sin dormir en el hospital, el último mensaje del marido en el contestador, la reacción primera, la culpa, el trauma, la desesperación, las conversaciones (en persona y por email) con amigos, colegas, desconocidos, los trámites burocráticos tras el fallecimiento pero también los recuerdos de los días felices... Todo, absolutamente todo tiene cabida en esta recolección que no parece querer dejar ningún resquicio al olvido;y quizás sea esa su función, de hecho: a través de un recuerdo implacable, conseguir conocer de verdad a su marido. (Hablando de las memorias de otra escritora, también viuda, Oates dice que "combinan lo clínico con lo poético"; en sus propias memorias, se impone claramente el primer elemento).

Quizás precisamente por esta saturación del recuerdo, la obra pueda parecer algo excesiva: después de unas primeras cien páginas que dejan al lector, como a la autora (salvando las distancias, claro), en estado de shock, el relato entra en una fase más lenta, más repetitiva, más "burocrática". Ayuda a salvar la lectura el sentido del humor de Oates (cuyo destinatario es muchas veces ella misma), así como las reflexiones casi siempre afiladas que cierran muchos de los capítulos, dedicadas al proceso del luto y a la confrontación con la muerte, a la que se despoja de su halo mí(s)tico para convertirla en un trámite de una vulgaridad dolorosa en sí misma.



Desde luego, el libro no es tan potente y emotivo en las últimas trescientas páginas como en las cien primeras. Quizás esto se deba a que el momento del dolor máximo, la muerte del marido, se sitúa en esas páginas, y lo que viene después es el lento proceso de readaptación, en medio de una sensación de vacío existencial, de la viuda a su vida de viuda. Quizás se deba a que de hecho la agudeza brutal de esas primeras cien páginas es superior, y el resto del libro palidece en comparación. En cualquier caso, ese inicio, como decía antes, me ha conmovido como muy pocos libros lo han hecho anteriormente, y solo por ellas vale la pena leer estas confesiones desgarradas y valiosas, llenas de amor, dolor e inteligencia.

Otras obras de Joyce Carol Oates en ULAD.