domingo, 30 de abril de 2017

Ishmael Reed: Mumbo Jumbo

Idioma original: inglés
Año de publicación: 1972
Traducción: Inga Pellisa
Valoración: se deja leer

Pues voy a tener que reconocer que, desde el concepto que emana este libro (una reivindicación basada en la puesta de contexto de la cultura afroamericana en su primera fase de eclosión) hasta la decidida apuesta de una de esas pequeñas editoriales independientes, me hubiera encantado que este libro me hubiera gustado bastante más. Pero la literatura tiene estas cosas y el momento en que uno se encuentra con el libro y el tránsito que lleva de su lectura a sentarse ante el ordenador requieren ser honesto a pesar de que uno pueda no sentirse del todo bien reconociéndolo. No me ha gustado Mumbo Jumbo. He alcanzado a entender su planteamiento y a adaptarme a su jerga y a su sentido libre, pero todo ello no ha sido suficiente para eso tan idílico de impregnarse del sentido de un libro. Todo lo contrario: me he pasado las últimas cien páginas mirando cuánto faltaba y apresurándome a acabar con él, llegando incluso a plantearme si no era más práctico abandonarlo y dejar en blanco, tampoco sería la primera vez, el teórico espacio que me reserva la red para opinar sobre el libro.
Y no se trata de amortizar el tiempo empleado. Más bien que el aluvión de referencias al libro que se ha producido desde su publicación, por distintos cauces y de voces bien diversas, merecía una correspondencia en forma de una lectura atenta. Me lo han aconsejado libreros de referencia, críticas diversas, periodistas fiables como Xavi Ayén, espiritus libres como Pynchon y, como colofón, era reiteradamente mencionado en Ilustres Raperos, tanto en el texto original como en los artículos que lo completaban. Vergüenza y escarnio, entonces, el que aquí escribe, la que siente por no haber sabido sintonizar,
El jazz. Primera influencia notable en la prosa de Reed. Sentido de la improvisación, estructura anárquica, cambio de situación (de instrumento), y todo ello, embebido de una especie de "alto" sentido de la libertad, del desprendimiento de barreras. Quizás el primer error a la hora de afrontar esta lectura sea pensar en ella en términos de ficción tal como se concibe en las corrientes literarias dominantes: con su desarrollo y su final, con sus protagonistas y su trama. En eso Reed deja a las cartas bien claro lo que quiere: elevarse en un helicóptero y lanzar una mirada de alcance sobre esas ciudades americanas donde, en la primera mitad del siglo XX, la población afroamericana/de color/negra (llamémosle como sea más respetuoso), sacudiéndose solo a medias el yugo aún fresco de la esclavitud, empieza a revelarse y a mostrar sus manifestaciones culturales, su oposición al ámbito dominante en lo económico y en lo cultural, suelta sus ataduras y planta el pie firmemente: eso debe ser el Jes Grew, ese fenómeno al que Reed refiere constantemente sus párrafos, esa ansia liberadora y reivindicativa que surge como respuesta decidida a toda la situación actual. Lanzada desde la calle o desde los bares o desde los clubes a los que están siendo confinados (los lugares a los que los blancos curiosos empiezan a echar miradas de curiosidad y temor), la corriente empieza a afectar a los centros de poder de la comunidad afroamericana. Que son extraños: se mezclan todo tipo de personajes y se combinan en los ámbitos más variopintos: el primero que parece despuntar es PaPaLaBas, especie de gurú cuya consulta es frecuentada por extraños tipos, iniciándose una serie de vaivenes de personajes, escenarios, menciones más o menos directas a personajes públicos de la época, alegorías a una Orden del Cardo que debe representar a la gran mayoría WASP, a los gerifaltes que tanto miedo tienen de una pujanza o una revelación de la minoría oprimida. Haití, las corrientes vanguardistas de la música, todo se entremezcla incluyendo una extraña y pynchoniana inserción de una especie de drama ubicado en el Antiguo Egipto como alusión al origen de todas las civilizaciones, trasladados sus herederos a la fuerza en los tiempos de la esclavitud.
Lo extraño, como lector, es haber sido tan incapaz de capturar esta esencia en su conjunto como consciente de que una segunda lectura del libro, asumidas todas las circunstancias que complican su comprensión resultaría reveladora de posibles ganchos que me ha sido imposible descodificar a la primera. Pero, amigos lectores, esto deberá quedar para el futuro. Bastante tenemos con leer una vez los libros para aguantar nuestro ritmo. Que eso sí lo hacemos.

sábado, 29 de abril de 2017

Colaboración. Carme Riera: En el último azul

Idioma original: Catalán
Título original: Dins el darrer blau
Año de publicación: 1994
Traducción: La propia autora
Valoración: Muy recomendable

La trayectoria como escritora de Carme Riera (Palma, 1948) arrancó en 1975 con una libidinosa y sorprendente declaración de amor (lésbico, si cuenta el detalle, por la fecha de publicación) en Te deix, amor, la mar com a penyora y continúa hasta hoy fecunda, variada y plena de interés. En estas más de cuatro décadas de escritura, Carme Riera ha tocado casi todos los géneros y recibido casi todos los galardones y reconocimientos que dispensa la literatura en catalán. A día de hoy continúa productiva y probándose en nuevos registros y géneros y su bibliografía es tan extensa como valiosa, encontrándose asimismo disponible en castellano en traducciones de la propia autora. Quizás sea Dins el darrer blau uno de los libros –si no el que más- que mayor esfuerzo, encono y sufrimiento le haya exigido, puesto que en ella se recrea la historia de los últimos criptojudíos quemados vivos por la Inquisición en la ciudad de Palma en 1691. 
Unos personajes, según confesó la autora, a los que inevitablemente tuvo que acompañar impotente hacía un final trágico e ineludible. Para ello, Carme Riera afrontó la recreación minuciosa y rigurosa de aquel momento, costumbres, caracterizaciones, lugares y lenguaje como condición necesaria para dotar al relato de verosimilitud y contundencia. Todos los detalles, anécdotas, pinceladas y expresiones están sacados de la extensa investigación documental previa en que la escritora se sumergió, porque uno de los objetivos claros de la novela es meternos con toda la intensidad posible en la irrespirable atmósfera en la que debieron desenvolverse los xuetes, creyentes o no en la religión de sus antepasados, desde que decidieron aceptar prácticas y usos católicos para evitar su expulsión.
El estigma social de los xuetes, reconocibles por sus apellidos y oficios, ha permanecido activo en la sociedad mallorquina hasta hace una o dos generaciones. Recluidos en unas escasas calles de la ciudad amurallada, despreciados por los que alardeaban de pureza en sangre, apellido y origen, colocados como cebo donde desahogar la impotencia por la escasez y la carestía, En el último azul es una vívida recreación de una comunidad pequeña en un lugar hostil, asfixiante y cerrado cuyos límites físicos se solapan con la estrechez mental y miseria moral en la que sesteaba una sociedad víctima – y verdugo- del dominio de la aristocracia y la Iglesia católica y cautiva de sus estrechas convicciones morales. Cuando aquel grupo de desesperados personajes intentó su desesperada huida, con la esperanza puesta en alcanzar ese último pedazo azul de cielo y mar que se aloja en el horizonte, todo el peso de la humillación, cólera, fanatismo e intereses a los que llevaban siglos sometidos les cayó de nuevo despiadadamente encima. Y ese es otro de los motivos que Carme Riera reconoce que le impulsaron a escribir Dins el darrer Blau, la voluntad desde la sociedad actual de saber, reconocer y pedir perdón a los descendientes de las víctimas.

Firmado: Carlos Ciprés



viernes, 28 de abril de 2017

Antonio Orejudo: Los Cinco y yo

Idioma: español
Año de publicación: 2017
Valoración: más que recomendable

Vuelve (y ya era hora) Antonio Orejudo con una novela que comienza contando su niñez en los últimos años del franquismo, cuando las turbas de chiquillos del baby-boom español invadían calles y colegios y la aún inexistente M-30 delimitaba (o no lo hacía, en realidad) el perímetro a partir del cual Madrid se diluía.

Vaya por delante que yo no soy de esa generación, la de Orejudo, sino de una posterior, aunque también he conocido las aulas abarrotadas, los partidos de fútbol en descampados y los interminables viajes por carretera nacional en plena canícula... pero, en principio, la fibra nostálgica que me podría tocar la novela (o el conocido "efecto Cuéntame"; quienes nos lean desde fuera de España y no sepan de que hablo no saben la suerte que tienen) la tengo más al fondo, a la derecha... Ni siquiera me reconozco en el rasgo que según el escritor, define a su generación: el disfrute de las aventuras de Los Cinco, de Enid Blyton; en mi época, éramos más (al menos, yo) de Los Tres Investigadores. 

Pero hay que reconocer que Orejudo es un narrador hábil y ameno, de forma que logra hacernos seguir con interés esta mezcla de remembranza y bildungsroman que retrata a esa generación que llegó a la adolescencia, con todo lo que eso implica, al tiempo que Franco la espichaba -conste que es la expresión que aparece en el libro-, para luego dejar a buena parte de sus integrantes tirados en la cuneta de la droga. Ahora bien, cuando uno ya le está cogiendo gusto a la historia y cariño a sus personajes, al doblar un recodo de la narración se encuentra metido, casi sin darse cuenta, en...¡un momento, no puede ser... una novela del execrable "género" de la (glups) AUTOFICCIÓN! ¡No, hombre, no, señor Orejudo Utrilla! ¡Se lo perdoné en Un momento de descanso, porque, después de todo, te partías de risa la caja, pero otra vez no, por el amor de Dios! Y, por si fuera poco, aquí hace usted combo con su colega Rafael Reig... por si queríamos arroz, dos tazas.

Claro que... pensándolo bien, es cierto que el protagonista-narrador se llama Antonio -Toni o Toñito, más bien- y que es profesor de universidad en Almería, pero algunos indicios no acaban de casar con el auténtico autor del libro... Lo mismo sucede con Reig, que aquí, por ejemplo, ha escrito una novela sobre los Cinco titulada After Five... Vale, ya lo pillo: lo que hace Orejudo no es introducirse él mismo en su ficción, como estamos acostumbrados a encontrar últimamente con excesiva frecuencia (y con ánimo egocéntrico/holgazán por parte del escritor que lo perpetra, añado), sino basarse en él y en su amigo Reig para crear unos personajes que se les pueden parecer -o no- más o menos, pero no son ellos en absoluto, de igual modo que hacía lo propio con las luminarias de la generación del 27 en su primera y divertidísima novela o con los rebeldes anabaptistas y teólogos protestantes del siglo XVI en Reconstrucción. ¿Se trata entonces de autoficción o no? Me mojo: yo creo que no... o, en todo caso, sería (eso espero) una irónicamente falsa autoficción. Así pues, aceptamos barco como animal acuático... con un alivio infinito.

Falsa autoficción que se entremezcla, además, con la falsa ficción a secas, que supone la novela After Five, con la vida de los Cinco una vez superada la adolescencia -de los Cuatro, en realidad, pues el quinto miembro era un perro y por tanto, de trayectoria vital más limitada- e incluso con los desvaríos de los fans y antifans literarios (que quien dice de Enid Blyton , dice de Joyce o Kafka). De aderezo, los entresijos del postcapitalismo industrial, financiero y hasta cultural, todo mezclado en una ensalada metaliteraria de la que , curiosamente, el lector, o este lector (y pido perdón si esto se considera por alguien como un spoiler o como se diga) sale con la sensación de haber vuelto a la casilla de salida, que, a pesar de las subidas, bajadas, tirabuzones y fuerza centrífuga que nos hayan aplicado una montaña rusa no deja de ser un circuito cerrado, y lo mismo esta novela: comenzábamos con la infancia y acabamos con esa misma infancia reflejada en la madurez, gracias a ese espejo que puede ser la ficción, cuyos límites no siempre están bien fijados, ni siquiera por la literatura. Entre medias, sucede todo eso de lo que habla la novela -aun con tal ligereza que no siempre nos damos cuenta de ello-: crecer, madurar, vivir...


Otros libros de Antonio Orejudo reseñados en Un Libro AL Día: Fabulosas narraciones por historiasVentajas de viajar en trenReconstrucciónUn momento de descanso

jueves, 27 de abril de 2017

Philipp Meyer: El valle del óxido

Idioma original: inglés
Título original: American rust
Año de publicación: 2009
Valoración: recomendable

En esta primera novela de Philipp Meyer, ganadora de "Los Ángeles Times Book Prize" en el año de su publicación, el autor nos sitúa en Buell (norte de Pensilvania), localidad poco atractiva a causa del declive económico en plena era postindustrial. Sus habitantes, acostumbrados a la riqueza proveniente de las perforaciones petrolíferas en sus tierras, se ven afectados por la crisis que ha llegado al territorio provocando una pérdida de su capacidad económica. La situación les ha obligado a abandonar la ciudad. Quedarse significa perder.

Así, el escenario queda claro en un inicio: hablamos de perdedores, de seres fracasados, de personas que su falta de valentía (o de recursos) les ancla a una tierra sin potencial donde el futuro no respeta a aquellos que deciden quedarse, donde la salvación está en la huida. En este contexto nos encontramos con Isaac English y Billy Poe, dos jóvenes en edad adolescente, con una aparente y prometedora carrera profesional (el primero por su inteligencia y el segundo por su talento en el deporte) que, por causas diferentes, se han quedado en el pueblo viendo como un futuro próspero empieza a quedar bastante lejos. Dispuesto a ponerle remedio, Isaac se propone realizar un cambio en su vida pero su torpeza y mala suerte confluyen en un suceso que cambiará sus planes  de forma drástica. No os contaré más detalle de la historia (que por otra parte ya está expuesta en la solapa del libro).

Visto el argumento, es indudable que empezamos a vislumbrar rasgos característicos en las novelas de Philipp Meyer: un inicio potente, trepidante, con un hecho que marca el inicio del libro y sirve de punto de partida de la historia. Esto ocurre en las dos obras publicadas hasta la fecha y, a tenor del resultado conseguido, duda que esto vaya a cambiar y, es más, deseo que no lo haga. Así, nos encontramos al principio con el factor desencadenante del relato mientras, en paralelo, el autor nos va incluyendo pinceladas del pasado de los personajes. Y es que en las novelas de Meyer, y especialmente en ésta, el peso del libro recae en ellos; el pasado se va reconstruyendo a lo largo de la novela pero la potencia está en el presente, en las acciones que protagonizan sus personajes y en cómo evolucionan a partir de ellas. Ayuda, en cuanto a carga de profundidad emocional, la utilización de reflexiones internas de los personajes que explotan el conflicto interno que tienen en la toma de las decisiones clave y nos ayudan a aproximarnos a ellos, a conocerlos, a entrar en su estado de ánimo y humanizarlos. Aquí la trama no es lo más importante sino que es la base sobre la que se nos ofrece una visión de aquellos seres que abandonan sus caminos, quedando anclados en una zona sin futuro, sin expectativas, sin potencial de crecimiento ni esperanzas de mejorar sus paupérrimas vidas.

En estructura, capítulos alternados entre los diferentes personajes hacen amena la lectura de una historia no muy compleja pero sí potente. Y es que en este caso, la historia se agranda profundizando en familiares de los dos protagonistas, y crece en horizontal hacia personas vinculadas con ellos. De esta manera, y para mi es el punto débil de la novela, el desarrollo de la historia en relación al hecho que la desencadena pasa en un segundo plano a medida que avanzamos en la lectura de forma que sigue la acción trazada pero el peso pasa a recaer en los personajes, en sus vidas, y como los hechos los marcan. Se echa de menos algo más de profundidad en el desarrollo de la trama que, además, cae de forma demasiado prematura cuando el autor decide que ya va siendo hora de ponerle un final.

Sensaciones encontradas al terminar la lectura ya que positivamente vemos detalles de lo que el autor nos ofrece (y ofrecerá, más aún, en «El hijo») que es mucho: Meyer es bueno en la construcción de los personajes, llenándolos de matices y complejidad; es bueno en ritmo narrativo y en construcción de la historia. Probablemente, la parte menos buena en este libro está en un final algo abrupto, consecuencia de tener que finalizar una historia donde el foco se ha puesto excesivamente en las vidas de los personajes, quitando peso a la evolución del caso en sí. Algo más de dedicación a la investigación hubiera dotado de mayor redondez a una novela que, siendo la primera del autor, es un gran inicio en la vida literaria de Meyer.

También de Philipp Meyer en ULAD: El hijo

miércoles, 26 de abril de 2017

Zoom: El brazo marchito, de Thomas Hardy

Idioma original: Inglés
Título original: The withered arm
Traducción: Zulema Couso
Ilustraciones: Júlia Sardà
Año de publicación: 1888
Valoración: Bastante recomendable

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De: Un libro al día <unlibroaldia@gmail.com>
A: Tim Burton <melancolicochicoostra@gmail.com>
Asunto: El brazo marchito, de Thomas Hardy

Estimado Tim:

Soy fan tuyo, pero fan de los de poster en su habitación, desde hace muchos años. De hecho, hubo una época en la que intenté peinarme como tú, pero me fue imposible. Pero ese es otro tema. Como te decía, soy fan tuyo desde la época de Vincent y Frankenweenie, aunque he de reconocer que mis favoritas son Eduardo Manostijeras, Ed Wood y Sleepy Hollow y que tu última etapa …

Bueno, no me enrollo más y paso a contarte el motivo del mail. El caso es que, en España, se han puesto de moda últimamente los libros ilustrados y eso es algo que nos gusta. Por un lado, porque cumplen una interesante función divulgativa, ya que permiten acceder a autores clásicos con los que, por el motivo que sea, puede dar pereza ponerse. Por otro, porque son libros breves, "finitos", de esos que no ocupan hueco en la maleta, ideales para leer en un viaje en tren o en avión. Y por último, porque esas ilustraciones que los acompañan nos traen gratos recuerdos, como si uno volviera a leer tebeos de la infancia o algo así.

Te contamos todo esto porque uno de esos pequeños libros ilustrados es “El brazo marchito”, del inglés Thomas Hardy. Fue publicado en 1888 en la revista Blackwood´s Edimburg Magazine y en el libro “Cuentos de Wessex” y se trata de un cuento gótico de manual, fatalista, pesimista y oscuro, de esos que seguro que te encantan. 

Verás. Se sitúa en la Inglaterra rural, mediado el siglo XIX. Tenemos a Rhoda Brook, una mujer ya de cierta edad que trabaja en la granja del señor Lodge. Años atrás, ambos mantuvieron un turbio affaire y Rhoda quedó embarazada. Ante el abandono por parte de Lodge, Rhoda acaba convirtiéndose en una mujer despechada que, para más inri, debe asistir a la llegada de la joven y hermosa Gertrude, recién casada con Lodge.

Rhoda, mujer oscura y resignada, casi bruja, desencadena accidentalmente la tragedia. Y Gertrude, heroína trágica, trata de luchar contra ese mal desconocido que la ataca. Desgraciadamente para ella, el peso de las convenciones sociales influye de manera fundamental en sus decisiones, las cuales precipitan el desenlace de los hechos.

Son las dos protagonistas mujeres antagónicas, aunque ninguna de ella pueda luchar (y vencer) contra un entorno marcado por extraños sucesos, sueños, creencias populares y supersticiones que las arrastrarán a un destino regido por fuerzas superiores e incontrolables. Una visión del mundo que, al parecer, está presente en toda la obra de Thomas Hardy.

¿Qué, mola o no? Además, he pensado hasta en los posibles protagonistas de la peli. Para interpretar al granjero Lodge había pensado en alguien nuevo: ¡JOHNNY DEEP! (flipante, eh?). Para interpretar a Rhoda había pensado en …¡HELENA BONHAM CARTER (I´m so in love with her)! y para el papel de Gertrude en… ¡AMY ADAMS!

En fin, que ya nos contarás qué te parecen el libro y la idea de la película. Por nuestra parte, estamos dispuestos a ir los siete (ojo, no nos confundas con los de la serie Ana y los siete, que no somos esos) a tu mansión de Hollywood un par de semanas y ver más en detalle este tema.

Un fuerte abrazo

martes, 25 de abril de 2017

Mónica Ojeda: Nefando

Idioma original: español
Año de publicación: 2016
Valoración: recomendable

El panorama de la literatura en español está generando una situación que empieza a resultar desagradable. Por los motivos que sean, el conjunto de la opinión parece incapaz de evitar una constante polarización, y ello se traduce en que nadie puede irrumpir de manera discreta sin estar expuesto a un juicio visceral, a esa especie de ruleta rusa que consiste en ser apoyado o rechazado en función de ciertas opiniones de peso que se enmarcan, que alguien me confirme que no es así, en redes de intercambios de favores de las cuales solo sale perjudicado el lector, al que se le niegan opiniones intermedias y matizadas. No moderadas, que eso es como el cava tibio, sino aquello que los anglófilos llamarían mixed. Y Nefando es un libro que, particularmente, encuentro injusto valorar en esa escala tan simplista que solo conoce obras maestras o rollos infumables. Nefando es una buena novela que revela que la autora es capaz de hacerlo mejor en un futuro no demasiado lejano.
Ese mejor no tiene un tono detractor. Nefando, en su afán de golpear al lector, se disgrega en algún punto hacia demasiados lugares a la vez, como queriendo cerrar todos los conductos de salida, y es innegable que sus partes más brillantes cuentan con aspectos perturbadores, y que es una novela que no tendría sentido en una sola línea, pero Mónica Ojeda ha apostado por combinarlas.
Seis jóvenes de distintos orígenes coinciden en un piso de estudiantes en Barcelona. Tres de ellos son hermanos. Otro de ellos, un joven mexicano que se autolesiona con fruición. Y el creador de un juego alojado en la deep-web. Los tres hermanos arrastran un terrible pasado de abusos. Está claro que la pólvora de ese ambiente ha estallado. La narración pasa por los testimonios de cada uno de los ocupantes de la casa. En pasado, y una de las  voces dice haber respondido a los policías. Diversos narradores, saltando en el tiempo, párrafo presentando nombre, fecha, ubicación: la deuda con el Bolaño de la segunda parte de Los detectives salvajes es clara, y aún se rendirá otro homenaje. La fría relación de abusos pederastas, dos incómodas páginas, es un guiño a La parte de los crímenes de 2666.
Nefando hubiera sido mejor enfocada en una sola de sus historias. Resulta interesante pero desprende cierta sensación de urgencia, de premura por abarcar situaciones potencialmente incómodas para el lector, como si la perturbación fuera uno de sus objetivos preferentes. Lo cual es loable, aunque algo visto en estos tiempos.

lunes, 24 de abril de 2017

Octavio Paz: Apariencia desnuda

Idioma original: español
Año de publicación: 1.973
Valoración: Recomendable (aunque con un poquillo de paciencia)

Decididamente, en este blog tenemos un problema con la poesía. Octavio Paz, Nobel de Literatura en 1.990, es universalmente conocido como poeta, por encima de otros géneros que también ha cultivado. Pues bueno, las dos reseñas anteriores sobre el autor mexicano fueron ‘El laberinto de la soledad’ y ‘Traducción: literatura y literalidad’ (ver enlaces abajo) , es decir, dos ensayos. Y como a la tercera va la vencida, esta nueva reseña será también sobre un ensayo, este ‘Apariencia desnuda’ que, como indica su subtítulo, se dedica a estudiar la obra de Marcel Duchamp, artista plástico en sentido amplio.

Duchamp fue uno de los artistas más sobresalientes de las primeras décadas del siglo XX, un tipo inquieto, agitador y decidido a explorar los límites del arte. En el volcánico mundo cultural de la época, Duchamp era el perejil de todas las salsas: va picoteando por Dadá, el fauvismo, el cubismo y el surrealismo, sin terminar de pertenecer del todo a estos movimientos, de los que absorbe cosas y a los que aporta otras; se mueve en el ámbito de los marchantes y las galerías, explora la óptica mediante inventos propios, y transita entre las artes plásticas y la literatura, entre lo visual y lo verbal. Bueno, y se dedica durante años al ajedrez (donde no parece que llegara a brillar demasiado).

Octavio Paz –por lo demás, ensayista prolífico y apasionado del arte- no se anda por las ramas presentándonos la figura del creador francés: despacha cuatro generalidades en unas pocas líneas y se mete de lleno a la tarea de desentrañar unas pocas de sus obras más representativas. Como aperitivo, hace un análisis somero del ‘Desnudo bajando una escalera’, pintura de ecos cubistas en la que se intenta fijar el movimiento desde una perspectiva algo inusual, y los famosos ready-mades, objetos corrientes que se presentan sin transformación como obras artísticas, en actitud desmitificadora y en clara rebeldía contra las ideas establecidas.

Pero a donde de verdad quiere ir a parar don Octavio es a dos de las obras más singulares de Duchamp: la llamada Gran Vidrio (‘Novia desnudada por sus solteros, incluso…’, ésta de aquí al lado) y la instalación conocida como el Ensamblaje (‘Dados 1º La Cascada 2º El Gas del Alumbrado’). El análisis de Paz es pormenorizado hasta el último detalle, exhaustivo, absoluto. Ni siquiera voy a intentar reproducir o sintetizar las ideas que plantea a lo largo de unas 180 páginas (como el 90% del libro) en torno a dos únicas obras. Se puede suponer la inmensa gama de hipótesis y razonamientos que despliega el autor, siempre apoyados en fuentes históricas, mitológicas o filosóficas, no sé, desde el mito de Diana y Acteón hasta la poesía provenzal de la Edad Media, o los distintos significados de la diosa Kali.

Como me resultan más atrayentes las claves generales del arte de Duchamp que la comprensión de aspectos concretos de su obra, me parece especialmente interesante el análisis sobre la interacción entre lo plástico y lo verbal. Duchamp no representa imágenes, sino relaciones, ideas y signos; o más bien las propone. La obra se convierte así en una especie de lenguaje cifrado, siempre empapado de ironía y en el que ninguna interpretación es necesariamente correcta o errónea. Octavio Paz señala la influencia de Raymond Roussel, tanto en Marcel como en algunos otros de su círculo (Picabia, Man Ray), no sólo en su peculiar método creativo, sino también en la utilización ¿casual? ¿cínica? ¿cachonda? del lenguaje. Y, modestamente, yo añadiría que algo de las disparatadas instalaciones de ‘Impresiones de África’ o 'Locus Solus' también ronda entre las obras de Duchamp.

Partiendo de las dos cajas de apuntes y documentos que el artista francés reunió en torno a las obras indicadas, Octavio Paz despliega los amplísimos planteamientos, de alcance a veces mareante, que he señalado antes. Parece ser que el propio Duchamp llegó a leer al menos parte del trabajo de Paz, y vino a decir que de todo lo que se decía en él, no sabía absolutamente nada. Pero tampoco nos fiemos. Parece ser que esta actitud de aparente indiferencia era típica de Marcel y, aunque puede que el autor mexicano se quedase un poquillo cortado ante la afirmación, seguro que Duchamp escondía menos de lo que decía. Pero, claro, el enigma de la obra inacabada y aún no desentrañada no podía echarse a perder por un ensayo brillante.

No voy a ocultar que el libro es sumamente denso y no da respiro, ninguna concesión al lector no interesado (muy interesado) en la materia. Pero si alguna vez quieren ustedes saber cuántas cosas inteligentes se pueden decir sobre algunas de las obras plásticas más crípticas de los últimos cien años, no tienen más que echarle algo de paciencia y leerlo con calma.


domingo, 23 de abril de 2017

Margaret Atwood: El cuento de la criada

Idioma original: inglés
Título original: The Handmaid's Tale
Año de publicación: 1985
Traducción: Elsa Mateo Blanco
Valoración: muy recomendable

Si consultan ustedes cualquier otra reseña de este libro (¡pero no lo hagan! ¡Sólo ULAD ofrece garantía y satisfacción máximas!), se encontrarán, seguramente, con que esta novela se alinea junto a otras dos famosas y espeluznantes distopías, y sin desmerecer nada de ellas: 1984, de Orwell y Un mundo feliz, de Aldous Huxley. Sí, lo sé, parecen las dos novelas más obvias a la hora de comparar otra de este tipo "distópico-pesadillesco", pero, por esta vez, nuestra "competencia" tiene toda la razón: El cuento de la criada no sólo se encuadra a la perfección junto a las otras dos sino que además, insisto, no les va a la zaga ni en su carácter ominoso ni, por supuesto, en calidad literaria. Con la peculiaridad de que en ésta, la indignidad inherente a la sociedad alternativa creada por Margaret Atwood la sufren,  casi en exclusiva, las mujeres, y dentro de este género, sobre todo un grupo de ellas: las llamadas "criadas".

Me explico: en la novela, tras un golpe de Estado una facción de fanáticos y misóginos -más "bíblicos", seguidores del Antiguo Testamento, que propiamente cristianos, aclaro- han tomado el poder en Estados Unidos o al menos una parte de éstos (¡cómo si fuera posible que los fanáticos religiosos y los misóginos llegaran al poder en EEUU, ¿verdad?!), estableciendo una sociedad rígidamente estratificada y jerarquizada, en la que los hombres ostentan el poder -al menos en apariencia- y las mujeres quedan divididas en varios sub-grupos, según su posición y "función social": las Esposas -de los mandamases, pues los ciudadanos corrientes y molientes disponen de una variante conocida como Econoesposas (sic)-, las Marthas, que son las criadas propiamente dichas, y estas llamadas Criadas quienes, a pesar de tal apelativo y de que cumplen alguna tareas doméstica -ir a la compra-, se encargan en realidad de otra bien distinta: concebir y gestar a los hijos de los mandatarios. Porque resulta que en ese mundo "pasado-futuro", la contaminación, la radiación nuclear o lo que sea -o todo junto- han provocado que la esterilidad sea la norma casi general entre el género humano (sí, lo sé, esto recuerda a otra distopía, Hijos de hombres... sólo que la de Atwood es anterior a la novela de P. D. James...), por lo que la clase dirigente de esa sociedad, conocida como república de Gilead, recurre a las mujeres aún fértiles, que deben copular con los hombres a los que son asignadas hasta quedar embarazadas. Estas "gestadoras" no son propiamente amanes ni concubinas; en realidad, todo este arreglo es casi asexual (excepto el momento del acto en sí, claro), y son consideradas poco menos que cosas, meros vientres alojadores de óvulos. Viven en una casi reclusión muy reglamentada y vigilada, son obligadas a llevar ropajes amplios de color rojo con unas tocas que les impiden la visión general (imagen, por cierto, que se ha convertido en un icono feminista, creo, al menos en Norteamérica)y por no tener, no tienen derecho ni a conservar su nombre anterior, sino que se les llama por el del hombre al que han sido asignadas (vamos, como si existiese algún lugar en el mundo donde las mujeres careciesen de derechos y tuviesen que ir completamente tapadas... ¡qué imaginación la de la autora!). Y todo, bajo el miedo de acabar convertidas en No Mujeres, aquéllas que no casan en ninguna de las categorías anteriores y que al parecer son enviadas a un lugar desolado... o algo peor aún (en realidad, también hay otra clase de mujeres, pero no he de adelantar acontecimientos...).

Claro, que  lo mismo que el musgo se agarra a la más estrecha grieta de un muro de hormigón o un rastrojo puede crecer en medio de un campo de soja transgénica, la disidencia y la resiliencia (como se dice ahora) de las personas es capaz de encontrar un hueco donde anidar y prosperar. El "factor humano", que diría Graham Greene (por no hablar de la corrupción y la disipación, algo también de lo más humano y que incluso podría considerase como una forma de disidencia...). En este caso, encarnado en la protagonista, Defred -es decir "de Fred", que nos ofrece una lección no sólo de como aguantar en las peores circunstancias, las más humillantes y desesperanzadoras, sino además, una reivindicación de la ficción y la palabra -es decir, a la literatura-, como elemento de resistencia. Palabra escrita que, huelga decirlo, le está vedada a las Criadas y, de hecho, a todas las mujeres.

La novela, por supuesto, puede (y debe, quizás) ser leída en clave feminista; de hecho, Atwood se cuidó mucho de que todas las vicisitudes , por no decir perrerías,  que se les hace pasar a las Criadas, las hubiesen sufrido en algún momento y lugar reales, otras mujeres. Pero también es una crítica descarnada de cualquier régimen totalitario, ya sea teocrático (no olvidemos cuando se publicó, a los pocos años de la revolución islámica en Irán), socialista, paramilitar o todo junto... No obstante (y aquí me meto en terrenos movedizos, por desconocidos para mí), también se puede deducir de algún momento concreto, y del tono general de la novela, una crítica hacia algunas corrientes feministas que sacralizan en extremo el rol maternal de las mujeres. En fin, doctores o doctoras tiene la Iglesia para decidir si tengo razón; lo que importa, en todo caso, es que nos hayamos ante una grandísima novela, una narración magníficamente escrita, de dentro afuera y de fuera hacia dentro, y dosificada con sabiduría; capaz de angustiarnos como pocas -sobre todo durante el primer tercio del libro- a poca empatía que sintamos hacia su protagonista, una historia que nos es posible que deje indiferente a nadie y cuyo recuerdo, sin duda, será imborrable para cualquier amante de la literatura, sea mujer u hombre. Porque aquí nos encontramos con literatura de alto octaneje; con una obra que, si no resulta imprescindible, bordea ese calificativo. Y muy de cerca...



Otros libros de Margaret Atwood reseñados en Un Libro Al Día: Oryx y CrakeÉrase una vez, El asesino ciego, Doña OráculoPor último, el corazónNada se acaba

sábado, 22 de abril de 2017

Arthur Conan Doyle: Cuentos de terror

Idioma original: inglés
Título original: Tales of the Unease
Valoración: Recomendable
Año de publicación: como relatos sueltos, en fechas diversas entre 1883 y 1922
Valoración: recomendable

Arthur Conan Doyle es, para la mayor parte de los mortales, sinónimo de Sherlock Holmes: son los relatos sobre su detective excéntrico y brillante los que le han asegurado la fama póstuma. Sin embargo, Conan Doyle era un hombre de muchos intereses y habilidades, y su producción es amplia y variada: poesía de guerra, relatos policiacos, novelas históricas, panfletos, ensayos... Además de todo esto era también, como muchos de sus contemporáneos (incluida la propia reina Victoria de Inglaterra), aficionado al ocultismo y al espiritismo, temas a los que dedicó una buena docena de obras de mayor o menor enjundia. Así que no sorprende que también escribiera una serie de relatos de terror, publicados en diversas revistas a lo largo de casi cuarenta años, y que Penguin ha recopilado, al menos parcialmente, con el título de Tales of Unease (algo así como "cuentos que causan inquietud").

Para el lector de los relatos policiacos de Conan Doyle, y también para el lector habitual de relatos de terror, esta colección contiene algunas sorpresas agradables. Así, por ejemplo, tenemos el relato "El lote 249", que es uno de los primeros, si no el primero, en el que aparece una momia revivida como elemento terrorífico; "La mano marrón", que es un clásico cuento de fantasmas con un título un pelín racista; "El horror de las alturas", que recuerda un poco a Lovecraft aunque sin llegar a desarrollar toda su mitología, o "El terror de la sima de Blue John", que bien podría haber inspirado las películas de la serie The descent.

Algunas de estas historias recurren a trucos bien conocidos del género, como el manuscrito encontrado o el juego de espejos entre terror y locura, y no todos se leen con igual placer (algunas de estas historias, hoy, en el siglo XXI, suenan ya muy sabidas), pero en otras, como en "El fiasco de Los Amigos" hay un sentido del humor irónico que recuerda a los relatos de terror de Ambrose Bierce.

Sin embargo, mis cuentos favoritos de la colección no son precisamente los sobrenaturales, sino aquellos en los que la inquietud proviene de la propia crueldad humana: de los trucos, engaños y torturas que somos capaces de producirnos los unos a los otros por ambición, envidia, celos o avaricia. A este grupo pertenecen "La nueva catacumba" (que quizás es demasiado obvio en su final); "El gato de Brasil", con un ambiente de locura opresiva casi digna de Poe; o mi favorito, "El caso de Lady Sannox", un cuento con un final retorcido que hace que nos preguntemos qué tenía dentro de la cabeza el bueno de Conan Doyle.

En conjunto, esta colección de relatos de terror no desmerece en absoluto a otras colecciones semejantes de autores más asentados en el género. Es cierto que la relevancia mundial de Sherlock Holmes ha eclipsado el resto de la obra de Conan Doyle, y hasta cierto punto es justo, ya que consiguió crear uno de los personajes más icónicos de la literatura universal, de esos que son reconocibles solo con ver su silueta. Pero merece la pena darle una oportunidad a sus otros libros. A veces uno se lleva sorpresas agradables.

viernes, 21 de abril de 2017

Fred Vargas: La tercera virgen

Resultado de imagen de la tercera virgenIdioma original: francés
Título original: Dans les bois éternels
Año de publicación: 2006
Valoración: Recomendable


Hilvanar una trama coherente en la que no quede ni un solo cabo suelto parece el requisito fundamental en toda novela negra que aspire a tener algún peso. No hay que olvidar tampoco -y Vargas lo tiene muy presente- la originalidad, el sello personal, la necesidad de desprenderse de esos clichés que alguna vez demostraron su eficacia y ahora solo aburren. Este es el mayor mérito adjudicado generalmente a la autora y justo es reconocérselo, pero en literatura cualquier recurso, por muy bien que funcione, se vuelve inconsistente o tedioso cuando el autor se excede en su uso. Fred Vargas es conocida por su habilidad para poner en marcha un complejo entramado detectivesco con solo un par de pistas peregrinas, lo que evidencia su gran imaginación y su indiscutible personalidad literaria, pero también da lugar a que algunas tramas suyas parezcan más castillos en el aire que sólidas argumentaciones encaminadas a averiguar la autoría de un crimen. En esta novela, el hilo utilizado para que la investigación avance es un poco menos tenue que en otras, quizá no al principio, pero acaba quedando bastante afianzado a medida que progresa la acción.
Esta forma algo caprichosa de enfocar los casos se debe a la inteligencia intuitiva, errática y más bien arbitraria del célebre comisario Adamsberg, protagonista de la mayor parte de las novelas de Fred Vargas y tan peculiar como exigen los cánones. Lo que añade interés y credibilidad a sus investigaciones es que las realiza en equipo, que se equivoca más de una vez como cualquier hijo de vecino y que, a consecuencia de esto, abandona unas rutas y emprende otras nuevas. Esto añade complejidad y verosimilitud convirtiendo La tercera virgen en un artefacto interesante.
Personalmente, prefiero esas maquinarias potentes que se ponen en marcha sin intervención de mediadores como ocurre en Vestido de novia, o las que contienen algún tipo de crítica social al estilo de Out o de Antes de que hiele. El puro acertijo policíaco, sin más trascendencia, no suele interesarme mucho, pero este edificio -por mucho que lo veamos tambalearse a lo largo de gran parte de sus páginas- acaba resultando bastante sólido, las justificaciones de índole psiquiátrica y esotérica resultan convincentes a última hora y la red de relaciones que se establece entre los policías así como sus respectivas personalidades son tan atractivas como creíbles dentro del marco establecido previamente.
Lo que desencadena todo lo que va a continuación es un doble asesinato con toda la pinta de ser un ajuste de cuentas del narcotráfico, pero una cosa lleva a la otra y nos encontramos interesándonos por una serie de fallecimientos vulgares, exhumando tumbas, persiguiendo a un gato andarín, analizando el elixir de la vida eterna y, en definitiva, siguiendo el rastro de una Sombra. 
Tenemos pues una gran variedad de ingredientes perfectamente cohesionados, que se combinan en las dosis justas, con muchos elementos despistantes, todo lo cual garantiza una lectura de lo más entretenida y que, contrariamente a lo esperado, invita a la reflexión.

En colaboración: Los cuatro ríos

jueves, 20 de abril de 2017

Edith Wharton: La solterona

Idioma original: Inglés
Título original: The old maid (The fifties)
Traducción: Lale González-Cotta
Año de publicación: 1922
Valoración: Muy recomendable

Nueva York. 1850. Unas pocas familias de ilustres apellidos ocupan lo más alto de la pirámide social. Personajes que viven en una plácida opulencia, en una existencia marcada a fuego por el conservadurismo y por la influencia de las convenciones sociales.

Y Edith Wharton es testigo de todo esto. La Wharton sabía de lo que hablaba. Ella procedía de una de esas familias y hubo de enfrentarse, en cierto modo, a esa sociedad que la rodeaba.

El conflicto que se plantea en "La solterona", como no podía ser de otra manera, es la eterna dicotomía entre el "querer" y el "deber", entre la propia voluntad y las convenciones sociales. Dos personajes femeninos antagónicos, que recorren caminos opuestos en su forma de enfrentarse al mundo y a la sociedad en la que viven, protagonizan el relato: Delia Ralston (Lovell de soltera) y su prima Charlotte.

Un desliz de juventud de Charlotte provoca que acuda a su prima Delia en busca de ayuda. Y esta se la proporciona, aunque a cambio de una renuncia. Aclaro que esta renuncia no es impuesta por Delia sino por el entorno social.

Esta renuncia marcará para siempre a los personajes y su relación. La relación se verá atravesada por todos los sentimientos humanos: los celos, los remordimientos, el desdén, el rencor, la amargura, la ternura, el cariño, etc y los personajes evolucionarán de manera totalmente diferente ante los distintos sentimientos que van aflorando a lo largo de la relación: una con la sensación de haber llevado una vida echada a perder, la otra renunciando a la posibilidad de una vida apenas entrevista. 

En fin. Una pequeña novela que destaca, fundamentalmente, por el análisis de la psicología femenina de la época, por la construcción de los dos personajes principales y por cómo Wharton es capaz de hacer ambas cosas con gran elegancia y sensibilidad. Un novela, en suma, altamente recomendable y plenamente vigente en la actualidad, pese a haber transcurrido casi cien años desde su publicación.

Por cierto, por si a alguien le interesa, hay película basada en el libro. En España se tituló "La solterona" y está protagonizada por (los hipnóticos ojos de) Bette Davis.

También de Edith Wharton en ULAD: La edad de la inocenciaDespués

miércoles, 19 de abril de 2017

Wajdi Mouawad: Litoral (La sangre de las promesas)

Idioma original: francés
Título original: Littoral
Año de publicación: 1999
Valoración: muy recomendable

Considerado uno de los grandes dramaturgos actuales, y autor asimismo de la inmensa novela «Ánima» (reseñada también en este blog), Wajdi Mouawad empezó su obra centrándose en el teatro. Nacido en el Líbano, tuvo que exiliarse a los ocho años con sus padres a Canadá a causa de la situación civil y militar en su país de origen. Este hecho le marcó profundamente hasta el punto que gran parte de su obra tiene como elementos nucleares el conflicto, la búsqueda de las raíces familiares, los orígenes y el desarraigo. Todos estos elementos son claramente visibles y comunes en «La sangre de las promesas», conjunto de cuatro piezas teatrales formadas por «Litoral», «Incendios», «Bosques» y «Cielos». A pesar que a veces la lectura de teatro puede suscitar recelos por ser un formato ideado para ser representado y no leído, cabe decir que Mouawad es un autor altamente narrativo y su literatura es tan amena que uno no tiene la sensación de estar leyendo teatro. Dicho esto, empezamos con la reseña de la primera de las obras de la tetralogía: «Litoral».

La obra empieza con la visita de Wilfrid a un juez para contarle que su padre ha muerto. En ese momento, mediante una serie de flashbacks, retrocedemos hasta el momento en el cuál Wilfrid es informado del suceso y de cómo acude a la funeraria con la intención de enterrarlo al lado de su madre. Ahí se encuentra con el resto de su familia por parte materna, quienes le criaron de pequeño cuando su padre le abandonó y quienes ahora, por la poca estima que sienten hacia su padre,  se oponen a que sea sepultado junto a su madre en una decisión que Wilfrid no entiende. De esta manera, Wilfrid debe tomar una decisión sobre donde enterrarlo, ante la negativa familiar. Su dilema se resuelve de pronto cuando le informan en el depósito de cadáveres que su padre llevaba una maleta al fallecer y que contiene una serie de cartas dirigidas a él. A partir de ellas, descubre el pasado de sus padres y toma la decisión de acudir al juez para solicitar la expatriación de su padre y enterrarlo en el país donde ha vivido durante los últimos años.

De esta manera, en forma de fábula, Wilfrid emprende un viaje con el objetivo de encontrar el lugar adecuado donde darle sepultura. Adentrándose en el pasado de su padre va descubriendo quién era en realidad y le permitirá descubrir quién es él mismo, de dónde procede y cuáles son sus raíces. Como si de un cuento se tratara, Mouawad nos lleva a un territorio habitado por múltiples personajes que componen un universo de voces y reflexiones sobre la fragilidad de la existencia, sobre en qué consiste la vida y la muerte. Superando adversidades, toma consciencia de la necesidad de crecer y emprender su propio viaje, abandonando aquello a lo que se aferraba y evitaba que afrontara la realidad. Se trata por tanto de un viaje dual, físico e introspectivo, para hallar su lugar en el mundo y saber quién es realmente.

Hay aspectos de su obra que pueden añadir confusión o recelo en lectores no acostumbrados al autor. Abusa en cierto modo de los episodios oníricos, escenas algo confusas como la inclusión del rodaje de una película mientras transcurre la acción (especialmente en el inicio del libro, algo caótico). Este hecho puede que distancie al lector y sea su aspecto menos logrado. De todos modos, el hecho de simultanear la narración estableciendo una doble capa o superposición de historias es algo habitual en Mouawad y es, a mi parecer, un pequeño peaje que hay que pagar para disfrutar de su obra. Es como si, para reducir carga emocional, el autor nos quiera distanciar de vez en cuando para que tomemos aire y recuperemos terreno, en un acto de resiliencia contra la carga emocional que nos transmite.

Aún así,  Mouawad es hábil en la construcción de los personajes y en tejer la compleja personalidad de los mismos. Con el punto de mira siempre presente en las raíces de nuestra existencia, la clave retrospectiva es utilizada para recuperar la esencia de lo que somos y a qué debemos nuestra personalidad. Hay ciertos aspectos nostálgicos en su obra así como atisbos de redención, como si quisiera eximir la responsabilidad de nuestra forma de ser por las acciones realizadas por nuestros antepasados. Aquello que nos compone de forma nuclear son nuestras raíces pero somos nosotros quienes nos moldeamos aunque, en el fondo, nuestras inquietudes y preocupaciones no disten mucho de las de nuestros antepasados.

Como en toda obra de Mouawad hasta la fecha, la tragedia está presente en sus narraciones dotadas con aires de tragedia clásica. Probablemente ésta es la mejor forma de encontrar los hilos que tejen nuestros sentimientos, y tirando de ellos en forma de recuerdos podemos encontrar qué se oculta detrás de la madeja de nuestra apariencia. La nostalgia y la búsqueda de los orígenes envuelven la obra de Mouawad y no rehúye la tristeza si ésta va acompañada de un punto de esperanza. La crudeza y análisis de Mouawad nos lleva hasta un punto donde se puede salir pero únicamente siendo otro. Sus escritos siempre impactan, nos cambian, nos entristecen y nos sorprenden. Nos acompañan a ese punto íntimo, casi desconocido de nuestro interior, del cual salimos tocados pero aún así indemnes. A pesar de la oscuridad existente en cada una de sus obras, transmite una clara obsesión por aferrarse a la vida, por dotar del punto de optimismo en vencer que yace en toda lucha. Por todos estos aspectos, Mouawad es uno de los grandes, no únicamente por lo que escribe sino por cómo consigue que su mensaje nos llegue.

Como apunte final, a pesar de que el libro tiene su edición en castellano he optado por escoger la portada de la gran edición en catalán a manos de «Edicions del Periscopi» donde en un solo volumen se aglutinan las cuatro obras que componen la tetralogía de «La sangre de las promesas». Asimismo, incluye un prólogo escrito por el director teatral Oriol Broggi, quién ha llevado al teatro gran parte de sus obras. La edición realizada por la editorial es digna de mención y de una belleza digna del escritor.

También de Wajdi Mouawad en ULAD: Ánima

martes, 18 de abril de 2017

PoetiZoom: La tierra baldía, de T. S. Eliot

Idioma original: inglés
Título original: The Waste Land
Año de publicación: 1922
Traducción: Juan Malpartida
Valoración:  work in progress


No podíamos dejar pasar otro mes de abril sin reseñar el poema que comienza con estos versos, unos de los más célebres en lengua inglesa:

             Abril es el mes más cruel, hace brotar
             lilas en tierra muerta, mezcla
             memoria y deseo, remueve
             lentas raíces con lluvia primaveral.


¿Precioso, verdad? Pues que sepa cualquiera que se anime a leer La tierra baldía que a partir de aquí no va a entender NADA; se va a encontrar con 434 versos sin pillar ni papa, amigos... Bueno, de acuerdo, estoy exagerando bastante (o sólo un poco) en un  indigno intento de captar su atención lectora; en realidad, sí que es un poema "comprensible"... al menos si tomamos por separado cada uno de los fragmentos en que podemos dividirlo. El significado del conjunto, en cambio, resulta más oscuro y enigmático. Aunque ahí está la gracia del mismo, cabe añadir...

Vayamos por partes: este largo poema -se ha calificado como "elegía", no sin razón- se compone de cinco episodios de extensión y carácter irregular: El entierro de los muertos, Una partida de ajedrez, El sermón del fuego, Muerte por agua (el más corto) y Lo que dijo el trueno. Ahora bien, casi todos ellos tampoco guardan demasida coherencia interna y tanto el tema como el estilo de sus versos oscilan desde la oda al cíclico paso del tiempo (uno de los asuntos principales de los que trata el conjunto del poema, creo yo) a la nostalgia de las épocas pasadas -e idealizadas-; del perfumado estilo simbolista (a Eliot le encantaban los poetas franceses de esa tendencia) a la vulgaridad casi soez; del costumbrismo contemporáneo a las ensoñaciones clásicas o legendarias... El poema está escrito , casi huelga decirlo, utilizando una técnica de collage a la que no es en absoluto ajena una obra en prosa publicada ese mismo año de 1922, aunque unos cuantos meses antes: el Ulises de Joyce. De hecho, Eliot fue un gran admirador de esta novela y siguió con entusiasmo las entregas que precedieron a su publicación como libro. En cuyo proceso tuvo que ver, además, otro poeta que, al parecer, también fue quien dio el tijeretazo final al poema de Eliot para dejarlo en su forma definitiva: el ínclito Ezra Pound.

En cuanto a otras cuestiones formales, esta obra es de verso libre -como es previsible-, lo que no quiere decir que no haya versos que, de vez en cuando, rimen ... por más que algunas de estas rimas resulten un tanto ratoneras... (lo siento, Sr. Eliot).

Más peliagudo, me temo, es dilucidar el significado del poema:  el propio Eliot comentaba, al parecer (supongo que en broma), que ni él mismo entendía lo que había escrito.... En cualquier caso, las interpretaciones son múltiples; ya he mencionado que, en mi opinión, es un canto al paso del tiempo y sus ciclos; también una elegía sobre la pérdida de un mundo, inevitablemente idealizado, anterior a la Gran Guerra y la industrialización -no olvidemos que T. S. Eliot era un manifiesto conservador-; por otra parte, hay frecuentes alusiones a la pulsión sexual y los ciclos reproductivos, inspiradas, según cuenta el propio autor en sus notas adjuntas al poema, en los ritos que recoge Franzen en La rama dorada, un libro que gozó de gran predicamento a comienzos del siglo XX y aún después...

Por último y sobre todo, La tierra baldía es una composición lírica enigmática y poderosa, que nos brinda, como mínimo, momentos de gran intensidad poética, además del fascinante secreto que nos sugieren su intención e interpretación (que no tienen por qué  coincidir). Quizás sea eso en lo que resida el espíritu de cualquier verdadera obra de arte, después de todo: q y e nos llegue a plantear más preguntas que respuestas.




lunes, 17 de abril de 2017

George Sand: Un invierno en Mallorca

Idioma original: francés
Título original: Un hiver à Majorique
Traductor: Pedro Estelrich
Año de publicación: 1842
Valoración: recomendable (salvo si eres mallorquín)

Siguiendo con las obras de narrativa de viajes a las que me he dedicado últimamente, hoy le toca el turno a este Invierno en Mallorca de George Sand, alias de Amandine Aurore Lucile Dupin, una de las escritoras más relevantes e influyentes del panorama literario y artístico del siglo XIX francés, y una personalidad al menos tan interesante como sus obras. Autora de una amplia producción narrativa, así como de una influyente crítica literaria, George Sand narra en esta obra el invierno que pasó en la isla balear junto con Chopin, compañero en aquel momento de la escritora, y sus dos hijos.

Y la verdad es que se quedó a gusto: a George Sand la isla le pareció inhóspita, poco civilizada, mal servida de productos básicos de comida, sucia, mísera; y sus habitantes, seres atrasados, tacaños, bruscos, cerrados, supersticiosos. Llega a decir, literalmente, que son poco más que animales en cuerpos humanos, y critica tanto sus olores como sus costumbres, su falta de higiene tanto como su falta de prodigalidad. A su llegada a la isla no tienen dónde alojarse; nadie quiere alquilarles o prestarles muebles; y cuando se enteran de que uno de sus hijos (en realidad, Chopin) puede tener tisis, los expulsan y los aislan, de forma que tienen que alojarse en una cartuja abandonada. Y aun allí, la única preocupación de los "indígenas" parece ser extraerles todo el dinero posible. Solo algunos paisajes y algunos monumentos (la mayoría, en ruinas) se salvan de la crítica implacable de la autora, que también tiene palabras elogiosas para el ministro Mendizábal, promotor de la desamortización.

(Por supuesto, esta no era una actitud única ni extraordinaria en los viajeros románticos que venían a España o a Portugal; los viajeros británicos, por ejemplo, eran conocidos por su capacidad para no mezclarse con los habitantes nativos, no aprender su lengua y despreciarlos como seres atrasados y salvajes. Hay cosas que cambian poco con el paso del tiempo...)

Con todo, pesar de esta dureza en el juicio de sus huéspedes, Un invierno en Mallorca se lee con cierta simpatía, en gran parte debido al sentido del humor algo cruel de George Sand. Sus comparaciones, descripciones irónicas o estampas ridículas (como cuando los lugareños descubren una oca y piensan que es un animal extrañísimo) entretienen y divierten al lector. Por otra parte, como pasa con muchas otras obras de narrativa de viajes de esta época, Un invierno en Mallorca tiene algo de collage que salta alegremente la línea que separa la ficción de la no ficción: la narración concreta y (suponemos) más o menos verídica de las condiciones del viaje de la familia, se alterna con la inclusión de fábulas, digresiones históricas, descripciones de monumentos y paisajes, e incluso con la citación explícita de documentos anteriores en los que se basó la autora. Así, a medida que leemos nos encontramos con un texto complejo y variado que va mucho más allá de ser un simple "diario de viaje" o una descripción geográfico-etnográfica de la isla.

Como decía al inicio, es normal que a los mallorquines, y a los baleares en general, no les sentara muy bien esta obra; por mucho que la Mallorca actual ya no sea la misma que la del siglo XIX, a nadie le gusta que desprecien a nuestra patria chica. De ahí que el menorquín Mario Verdaguer publicase en 1959 una novela titulada Un verano en Mallorca, que es una respuesta satírica a la obra de George Sand. Habrá que leerla, a ver qué tipo de venganza se toma con la escritora francesa...

domingo, 16 de abril de 2017

Reseña + Entrevista. David Foster Wallace/Mark Costello: Ilustres raperos

Idioma original: inglés
Título original: Signifying Rappers
Año de publicación: 1990
Traducción: Javier Calvo
Valoración: recomendable

Vamos a situar el texto en su escenario objetivo actual. Se trata de un ensayo primigenio a cuatro manos, se trata del último (decir esto categóricamente quizás sea muy arriesgado) fragmento de la obra de Foster Wallace que aún no había sido traducido al español y se trata (junto a Todo y más. Breve historia del infinito) de una pieza separada con una temática muy concreta.
Pero bueno: alguna de estas aclaraciones igual están de más. El interés por la obra del estadounidense de la bandana crece (próxima parada, el décimo aniversario de su muerte) y ya dije una vez que Foster Wallace a pleno rendimiento era capaz de hacerme (a mí)  sentir emoción por ese aburrido deporte llamado tenis. Y el subtítulo, añadido, lo dice: El rap explicado a los blancos. Con su ghetto-blaster y su graffiti en la portada, la cuestión es inequívoca, y Malpaso han preparado una edición con el mimo habitual, y uno ya comprende que, años atrás que se remonta y necesidad de uso de la intuición para detectar en qué partes del libro el peso de cada autor es mayor, ésta no sea una obra capital en la obra del autor. Pero uno no puede controlar su voracidad y encima el tema nos va al pelo.
Porque Malpaso ha apostado fuerte: traductor de postín, prólogo de un reputado critico musical y un plus añadido a través del texto que cierra el disco: más de 20 páginas sobre un disco de uno de los referentes del género estudiado. Un ensayo sobre To pimp a butterfly, de Kendrick Lamar, disco que, para completar una especie de homenaje disfuncional, veréis comentado en un rato en nuestro blog hermano pequeño, Un disco a la semana. Un ensayo que complementa al texto de Ilustres raperos porque viene a mostrar lo diferente que puede hablarse sobre un género, una vez este ha evolucionado por más de dos décadas, en lo musical obviamente, pero también en la percepción social.
Los blancos: Wallace y Costello son dos estudiantes universitarios que han quedado seducidos por una música que nadie puede atribuirles como propia. Finales de los 80 y el rap empieza a pisar fuerte, pero se trata de un universo donde las estrellas son lejanas, sobre todo, a dos tipos de raza blanca. Glups. Los discos de las grandes estrellas que han surgido son declaratorios desde la propia elección de nombres de grupo y títulos de discos: Public Enemy, NWA (Niggers With Attitude), Fear of a black planet. Straight outta Compton. Las primeras oleadas del rap han aparcado los aspectos lúdicos de sus primeras referencias (Sugar Hill Gang y eso) y ahora plantean una fuerte temática reivindicativa. El ghetto, el acoso policial, la marginación, las pocas oportunidades. A finales de los 80, el rap es explicado desde una doble perspectiva: de raza y de recursos económicos. Los músicos se ven obligados a generar su mensaje sobre las bases de música ya existente. El primer rap que irrumpe toma bases grabadas y escupe su mensaje sobre la música. Un mensaje que es cualquier cosa menos correcto y moderado. Violento, amenazador, misógino, agresivo, incómodo, lenguaraz. Esa agresividad conecta con la gente. Cada canción es una concatenación de invectivas que rápidamente son asimiladas como soflamas, como arengas, siendo tomada como bandera. Wallace y Costello desmenuzan esa situación y a través de la curiosidad intrínseca ante nuevos sonidos y la fascinación ante la extraordinaria importancia social que el movimiento tomaría (toma: en la actualidad las grandes estrellas del género acaparan, en sus diversas acepciones desde la más asimilada a la más radical, ya no la innovación dentro del género, sino la de la música contemporánea en toda su amplitud), explican, no sin cierta ingenuidad propia de la edad y de la admiración desmedida, la importancia de ese fenómeno que, por entonces, solo hacía que empezar a explotar. Los adictos a DFW buscarán identificar los textos más propios (teoría: supongo que anda más involucrado en los fragmentos donde proliferan las notas), los interesados por el género no dejarán de sorprenderse de ese particular ataque a cuatro manos, de la manía que manifiestan por algunos de los fáctotums del rap blanco (el menosprecio a los Beastie Boys es constante: y eso que no habían conocido aúna Eminem) o de escenas curiosas como cuando se aventuran a ir juntos a un concierto, lo cual para nada representa la experiencia osada y extrema que parece a priori. Y, en general, el ensayo contiene indicios de la prosa del autor desaparecido, sin llegar a los extremos a veces (para bien o para mal) asfixiantes de algunos de sus escritos posteriores

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Y hemos aprovechado para contactar con una de las correctoras del texto, Mónica Basterrechea, que nos contesta (dentro de los límites de la discreción y la confidencialidad, unas pautas de hermetismo norcoreano parecen envolver esta profesión) acerca de ciertos detalles de la figura del corrector. Si Javier Calvo dijo que el traductor era el fantasma en el libro, al corrector, al que nunca se le dedica una miserable línea en los créditos ¿cómo lo llamamos? ¿el holograma en el libro?

¿Lo pasa mal un corrector de texto en la era del OLA K ASE?
Un poquito. De todas formas, considero que todo tiene un contexto y, en este sentido, soy muy flexible con una broma en un momento concreto. Me molesta mucho más encontrarme faltas en lugares donde no debería haberlas. Y aquí voy a aprovechar para daros una colleja: vuestro blog es el ejemplo perfecto de sitio en el que no cabrían los errores (sois gente culta, preparada, leída...).Sin embargo, hay días que dejo de leer las reseñas por la cantidad de problemas que encuentro, ortográficos y, sobre todo, de puntuación. Aun así, no me suele gustar señalar faltas ajenas. Puedo hacerlo puntualmente, y siempre a gente que conozco o con la que tengo confianza. Pero dar caña por dar caña, como parece que se ha puesto ahora de moda en Twitter con ciertas cuentas, no me gusta. Todos cometemos errores a veces, incluso los correctores. Nadie es perfecto, y precisamente ahí está lo interesante (y gracias a ello, además, existe nuestra profesión).

Aparte de cuestiones de índole particular, ¿por qué tanta confidencialidad y tanto anonimato en el mundo de la corrección?
No lo sé. Personalmente no me gusta que mi nombre aparezca en los libros. Me veo como un eslabón más de la cadena; publicar un libro, aunque no lo parezca y la gente no lo vea así, es un trabajo de equipo. Hay eslabones de esa cadena que son más importantes (obviamente está el autor, pero también son esenciales el traductor cuando lo hay y el editor), pero el trabajo del resto es esencial y aporta calidad (me refiero a maquetistas, correctores...). Hay grupos de correctores que están luchando por la visibilidad del corrector. Y creo que es bueno que la gente conozca nuestro trabajo, porque hay mucho desconocimiento al respecto, pero yo no estoy de acuerdo con la forma en que se está haciendo. ¿Cómo se está haciendo? Pues, sobre todo (aunque no solo), con cacerías de erratas; y señalar erratas es tocar únicamente de puntillas el mundo de la corrección, sobre todo si, como yo, te dedicas a la corrección literaria casi en exclusiva. No solo no comparto cómo se intenta dar visibilidad a nuestra profesión, es que hasta me parece contraproducente. Mucha gente piensa que con no tener faltas de ortografía y aprenderse cuatro reglas ya eres corrector. Y no. En absoluto. La corrección es un trabajo muy complejo, prácticamente artesanal, que implica mucho más que un conocimiento profundo de la lengua (lo cual, por sí mismo, ya es un mundo). Es imprescindible, además de dominar (no solo conocer) todas las reglas ortográficas, ortotipográficas, de puntuación, etc., tener un oído, una sensibilidad, un gusto por escribir, una obsesión por la palabra exacta... que (me apena mucho decir esto) no todos los correctores tienen. Y esto yo lo achaco a que es gente que se ha metido a esto por las razones equivocadas (quizá pensando que, como no suelen tener faltas de ortografía, podían ser correctores: por eso estoy tan en contra de las cacerías de erratas y de corregir a gente que no lo ha pedido; aun así, me gustaría ser más constructiva en esto, pero no tengo ninguna idea mejor). 
En cuanto a la visibilidad en sí, no sé qué puede aportar que el nombre del corrector o de los correctores aparezca en el libro. A mí no me aporta nada, aunque entiendo que haya gente a la que le apetezca ver su nombre en negro sobre blanco. Además, yo no siempre estoy de acuerdo con las normas editoriales que nos hacen seguir (cada editorial tiene las suyas) y, muchas veces, aunque yo estoy haciendo bien mi trabajo, no me apetece que mi nombre aparezca como si yo estuviera de acuerdo con esas normas editoriales (esto no siempre me pasa). Yo me conformo con que mi trabajo no se note, porque eso significa que está bien hecho. 

¿No tendrá que ver con el ego de los escritores, con el hecho de que el corrector es el que finalmente ve que no «escriben» tan bien?
Pues no creo que vayan por ahí los tiros. La verdad es que nunca me he planteado por qué ocurre. Hay una frase del escritor británico Ben Schott que me gusta mucho y suelo traer a colación en estos casos: «Al igual que ningún hombre es un héroe para su mayordomo, ningún escritor lo es para su corrector». Por cierto, y esto lo tengo comprobadísimo: cuanto más importante y grande un escritor, más humilde a la hora de aceptar correcciones y sugerencias; no falla. Supongo que gestionar el ego de los escritores con mucha mano izquierda es fundamental en nuestro trabajo.

¿Reconoces a un escritor por sus tipos de faltas de ortografía o por su sintaxis?
No. Reconozco a autores que tienen una voz muy personal como cualquier otro lector. Desde luego, no reconozco a «mis» autores, soy sincera. Quizá alguno tiene alguna muletilla, pero no destaca en exceso.

¿Y reconoces a otros correctores por sus soluciones?
No, en absoluto. Además, es complicado saber de dónde parte un corrector y hay que tener en cuenta que, después de su trabajo, viene la fase del editing, y eso puede desvirtuar cosas. Sí trabajo para editores que me tienen calada a mí por ciertos cambios que suelo hacer, pero no es normal reconocer a los correctores. Además, como he dicho antes, cuanto más invisible sea nuestro trabajo, mejor.

¿Tienen los correctores, como ciertos traductores y algún que otro reseñista, ganas de dar el salto a la cancha de la obra propia?
Los correctores en general, ni idea. Esta correctora en particular no tiene muchas ganas de escribir. No lo descarto, pero no está sobre la mesa ahora mismo (ni creo que lo vaya a estar en mucho tiempo).

Me dices que es difícil valorar las obras que corriges. Esa deformación profesional ¿acaba condicionando los hábitos lectores?
Sí me cuesta valorar las obras que corrijo porque establezco un vínculo con ellas. A veces las acabo detestando, por los quebraderos de cabeza que me dan o porque no me gustan mucho (no siempre corrijo según mis gustos, solo faltaba); otras veces, las hago muy mías y las voy recomendando (aunque no suelo decir que las he corregido yo; suelo ser muy discreta a la hora de hablar de mi trabajo, en parte por pudor, porque soy una tímida patológica, en parte porque con algunas editoriales tengo firmados contratos de confidencialidad que me impiden hablar de «mis» libros). Lo que corrijo no condiciona mis lecturas posteriores; en todo caso, me permite conocer más autores e, incluso, abrirme a géneros que no son mis predilectos. Por ejemplo, el año pasado corregí mucho ensayo (interesantísimo, como el libro de hoy), género del que yo pasaba de largo en mis visitas a la librería, y gracias a esto ahora también estoy leyendo mucho ensayo. Así que no condiciona, yo diría que enriquece.

Respecto al libro en cuestión. Decimos que en cada sábana se pierde una colada. Dos autores, un editor o corrector en inglés, un traductor, la corrección en español... para el último corrector, el más invisible de todos, ¿es una presión añadida el ser el responsable final de lo que llegará al lector? Las letras de rap de los noventa, tan cargadas de jerga y de dureza verbal, ¿te dieron algún problema?En el caso de DFW, ¿es difícil afrontar esas frases prolongadas y enrevesadas, tan marca de la casa?
Siento la misma presión en cualquier etapa del proceso en que intervenga. Da igual si es una corrección de estilo muy al comienzo o, como en este caso, en la última corrección (hubo una anterior a la mía). Lo importante es hacer bien el trabajo siempre. Y, la verdad, la responsabilidad última es del editor (y hay que recordar que mi trabajo lo controla un editor de mesa o alguien del equipo de edición/redacción). En cuanto a este libro en sí, con las letras de rap y demás, me sentí tremendamente cómoda porque la intervención que ya se había hecho en castellano era impecable. Tanto el traductor del libro, Javier Calvo, como quien realizó la primera corrección hicieron un trabajo sobresaliente, me pusieron las cosas muy fáciles. Fue un auténtico caramelo de trabajo, una gozada. En cuanto a las frases prolongadas y enrevesadas... todo es cuestión de puntuación. Si una frase está bien puntuada, por muy larga que sea, el lector no se va a perder. No suelen darme miedo las frases largas; de hecho, puede ocurrir que en una muy corta aparezca un término problemático y acabes dedicando mucho más tiempo a eso que a la frase larga. Corrigiendo nunca se sabe. Es parte del encanto.

Y si nos puedes decir algo breve sobre el proceso por el que te llega un borrador y tú le das la versión definitiva, si hay diálogo con autor/traductor, etc.
¿Sabéis lo que pasa? Como los correctores podemos intervenir en varias fases del proceso, todo puede variar de libro a libro. A veces trabajamos directamente con los autores, aunque a mí no me gusta hacerlo (ay, los egos). Lo más normal en mi caso es coger el texto en uno de dos posibles momentos. Me pueden pedir, por ejemplo, una corrección de estilo o especializada en pantalla (normalmente con la obra todavía sin maquetar); aquí se suelen hacer muchos cambios y sugerencias. Hay que tener en cuenta absolutamente todo (y si me pongo a dar ejemplos no acabo, porque es todo lo que se os pueda ocurrir y más, y en cada libro es distinto). O también me puede llegar el texto ya en primeras pruebas (o segundas o terceras); aquí se suele intervenir menos, aunque se puede comentar cualquier cosa que se encuentre. 

¿La perpetua crisis de la industria editorial os ha elegido como víctimas propiciatorias?
Muchas editoriales han prescindido de la figura del corrector. La bajada de tarifas es demencial. No obstante, cuando no estamos, se nota, y el lector lo nota. Los lectores no son tontos, no podemos darles un producto sin calidad. Y los buenos editores creo que son conscientes de esto y, siempre que pueden y el bolsillo lo permite, nos llaman. Pero la del corrector ha sido una de las figuras que más ha sufrido la crisis. 

Pues muchas gracias, Mónica, y desde luego nos tomamos nota de tu indirecta de la primera cuestión.

sábado, 15 de abril de 2017

Flora Davis: La comunicación no verbal

Idioma original: inglés
Título originalInside Intuition. What we Knew About Non-Verbal Communication
Traducción: Lita Mourglier
Año de publicación: 1.976
Valoración: Se deja leer

Curioso tema es, al menos a priori, el de la comunicación no verbal. Porque las personas, con más o menos habilidad, utilizamos la oratoria para comunicarlos con los demás pero, si nos paramos a pensar, las palabras van siempre acompañadas de movimientos, gestos, miradas o posturas. Yo creo que todos intuimos que en este repertorio de manifestaciones corporales hay muchos elementos de comunicación hacia nuestros interlocutores, que de forma voluntaria o inconsciente, se trata de mensajes que acompañan a la palabra. Pero no deja de ser una impresión superficial. Los expertos se encargan de llenarla de contenido.

Flora Davis es –o era, no sé- una psicóloga norteamericana dedicada a analizar y desentrañar esa especie de coreografía que acompaña a la comunicación oral. Cuando se publica el libro (1.976) el asunto era plenamente novedoso, ‘una ciencia incipiente’, y esto se deja traslucir a lo largo de sus páginas, donde la autora adopta el tono expectante aunque prudentemente cauteloso de quien presenta estudios o descubrimientos que todavía están bastante verdes. En este sentido resulta loable, por lo profesional, que no se deje llevar por el entusiasmo de lo nuevo.

El libro se distribuye en veintiún apartados de extensión similar en torno a cada uno de los campos analizados, por ejemplo, la cinesis (estudio del movimiento de las personas), los indicadores de sexo, el manejo de las manos o la postura corporal, entre otros. Entre ellos, me parecen de mayor interés el referido a la relación entre el lenguaje gestual y las distintas culturas o idiomas, algunas manifestaciones que parecen tener carácter universal, o el tema de los ritmos humanos. El capítulo que llamativamente se titula ‘El orden público’ no habla precisamente de la patada en la puerta o de la 'Ley mordaza', sino de la forma en que nos desenvolvemos en público, el espacio personal o ciertas convenciones que se acercan a eso que se llamaba ‘urbanidad’.

Aunque se trata de un trabajo elaborado por una profesional, y se remite de principio a fin a experimentos e investigaciones de distintos expertos (psicólogos, antropólogos, etc.), tiene por encima de todo un carácter divulgativo. No se trata de un ensayo, sino de un texto en general bastante sencillo, asequible a cualquier lector, que sobre todo intenta presentar descubrimientos y avances en un campo entonces poco trabajado, y del que los profanos no conocemos prácticamente nada. Davis recurre continuamente a ejemplos y a describir experiencias de laboratorio, intentando captar la atención del lector no iniciado, y hacerle partícipe de investigaciones que son nuevas en su época.

De forma que el libro se lee sin dificultad, resulta entretenido y su interés dependerá enteramente de la curiosidad que tengamos sobre el tema. Si queremos conocer un poco por encima el asunto, entiendo que será suficiente. Eso sí, siempre que no nos importe mucho la antigüedad de la información. Porque tampoco voy a ocultar que, como no podía ser de otra forma, los años se le notan una barbaridad a ‘La comunicación no verbal’. Son ya muchos, pero muchos años (más de cuarenta) los que han transcurrido, y no hay más que ver con qué entusiasmo se refiere Flora al uso que los científicos hacen de algo tan revolucionario como el ‘video-tape’ (¿alguien recuerda lo que es eso?). Y, claro, aunque obviamente no tengo conocimientos sobre el tema, no creo estar muy equivocado si digo que estas materias relacionadas con la comunicación, la gestualidad y todo eso han experimentado un crecimiento brutal en las décadas posteriores. Estamos desde hace ya mucho en una sociedad en la que prima la imagen, cada detalle cuenta, por supuesto en los medios audiovisuales, pero también, y de qué manera, en la propia vida de cada uno de nosotros. Y si no, preguntémosle a un head hunter, o a un simple reclutador de personal.

Y no digamos si hablamos de internet. Todo está en Youtube, en las redes sociales, y esa comunicación no verbal ha cobrado una importancia estratosférica, inimaginable hace unos cuantos años. Pero, en medio de mi ignorancia, me parece evidente que también la palabra –oral o escrita- ha encontrado cauces diferentes, ha ganado inmediatez, seguramente ha perdido profundidad (o no?) y ha adoptado formas diferentes, al son que marcan las tecnologías y las modas. Todo ha cambiado, ha progresado, se ha desarrollado o ha degenerado, según se mire. Y, como en otros muchos campos, también es sano echar un vistazo a tiempos pasados, en los que dominaba la ingenuidad de lo recién descubierto.

viernes, 14 de abril de 2017

Manuel Chaves Nogales: A sangre y fuego

Idioma original: español
Año de publicación: 1937
Valoración: muy recomendable

"La causa de la libertad entonces en España no había quien la defendiera."

Resulta curioso lo socorrido que es el recurso de enmascarar situaciones reales de guerra alterándolas parcialmente.  Cambiando nombres de los que participan en ellas, alterando trazos de personajes sea para difuminarlos sea aportándoles algún rasgo que permita que se adapten mejor al entorno de ficción. Esto ya lo había hecho Chaves Nogales en la excelente El maestro Juan Martínez que estaba allí y aún se justifica más en A sangre y fuego. Porque Chaves Nogales escribió estas siete historias sin que el conflicto que las provocó estuviera resuelto (aunque todo hacía presagiar cómo acabaría) y lo que iba a pasar después aún resultaba algo incierto. Chaves Nogales ya había salido del país y ya había tomado partido no por un bando u otro sino por defender la libertad, que las actitudes de ambos bandos ya habían amenazado por igual aunque por diferentes pretextos. De ahí la frase que encabeza esta reseña, y de ahí ese cierto tono premeditadamente equívoco en algunas situaciones.
Pues los relatos incluidos se sitúan siempre en esas líneas de frente que cambiaban de manos conforme el conflicto evolucionaba. Y cuando cambiaba de manos un pueblo siempre sucedía lo mismo: los nuevos ocupantes se lanzaban casa por casa a acabar con sus enemigos, que harían lo propio cuando las tornas se invirtieran. Un conflicto desigual, y de ahí lo cruel y descarnado que éste fue: un ejército que se subleva contra una población que apenas sabe organizarse cuando quienes deberían defenderles les traicionan y se alzan contra ellos. En eso consistió: en una traición desde la comodidad de la posición de fuerza. Y el rápido surgimiento de los dos bandos en medio de la confusión. Encima, el bando débil en plenas disputas internas. Que si anarquistas, que si comunistas, que si socialistas. Un caos absoluto el que se inició en 1936, un caos cuyas consecuencias aún se arrastran y cuyas heridas no pueden cerrarse mientras el poder establecido en 1939 sobre la fuerza y su purga posterior se vea representado en una solución de continuidad que parece programada para perpetuarse.
Pero eso es harina de otro costal. Los relatos de Chaves Nogales son, otra vez, ejemplares. Casi siempre en entornos rurales, lo cual los hace aún más escalofriantes. Porque los que se persiguen entre ellos para ajusticiarse, para delatarse, para eliminarse, suelen ser personas que convivían poco tiempo atrás. Personas que podían tener diferencias sociales, económicas, religiosas, ideológicas. Pero a las que ese repugnante alzamiento las obliga, a todas, a tomar partido. Esa toma de partido se radicaliza y se hace visceral a medida que avanza el conflicto y se asume su irreversibilidad. Entonces esos cuentos de fugitivos, de personas escondidas, de llamadas a la puerta a deshoras, mutan en auténtica literatura de terror. Las cunetas, las listas, los paseos por el bosque, las delaciones, el rumor, el engaño hacia el que era, anteayer, un vecino o hasta un amigo. Terror, sí. Nogales puede describirlo con ese sentido común y ese pesar de quien ve a sus compatriotas entrar en una espiral de locura. Pero estos relatos son terroríficos por su enorme sentido de la realidad y su estremecedora cercanía. Vemos a los milicianos con sus precarias armas al hombro. Vemos a la maquinaria de guerra italiana y alemana echando una mano en el abyecto plan franquista. Pasados los años, los palpamos y los imaginamos en esos entorno de caos y descontrol. Chaves Nogales, insisto, no se decanta por otra cosa que por lo que cualquier persona cabal y honesta haría. Paz y libertad. Qué lógico y qué coherente. Quién discutiría eso.
Pues tuvo que salir huyendo.

Otros libros de Chaves Nogales en UnLibroAlDía : Juan Belmonte, matador de toros, La agonía de Francia, El maestro Juan Martínez que estaba allí